18 feb 2012

Acontecimientos familiares tradicionales

Podemos hoy, salirnos un poco de lo habitual y tratar sobre lo que podríamos llamar acontecimientos familiares tradicionales, acontecimientos que, no por ser habituales ya que se repetían de forma general todos los años, perdían su carácter de ordinarios en tanto que, al menos desde la perspectiva de las mentes infantiles, eran verdaderos y exclusivos eventos festivos.
De algunas de esas evocaciones de la infancia queremos hablar hoy. La primera de ellas era el “Ir a lavar a las balsas”.
Las balsas eran unos pilones grandes de agua que estaban cerca del río. Allí iban las familias, todos los años en primavera a lavar la ropa de la casa. Mantas, sábanas, colchas, cortinas y visillos se llevaban en repletos cestos de paja blanca. Se iba en carro. En carro de ruedas altas con llanta metálica en el que se amontonaban los cestos de ropa, los cubos, los tajos de lavar, los cepillos y el jabón; jabón casero que se hacía con los restos de manteca de cerdo de las matanzas y con sosa.
Se salía muy temprano de casa. Iban todos: los abuelos, los padres, los tíos, los primos. Mayores y pequeños. Era, para casi todos, como un gran día de fiesta. Los mayores, hombres y mujeres iban a pie a los lados y detrás del carro. El abuelo, sentado en una de las varas, conducía al mulo o al burro y los más pequeños dormitaban inquietos en los rincones libres del vehículo, repleto este de cestos, cubos y otros útiles.
Algún púber, a veces, queriendo hacer gala de su incipiente hombría, se colocaba sentado en la vara contraria a la que ocupaba el abuelo.
Una vez se llegaba a las balsas los hombres se encargaban de bajar la carga y las mujeres comenzaban su tarea. Arrodilladas frente al tajo de lavar, frotaban con energía la ropa, enjabonando sabanas y colchas, mantas y cortinas, mientras charlaban animadamente.
Los hombres recogían algunos trozos de leña para el fuego que había de servir, más tarde, para hacer la comida. Luego metían sus callosas manos en los huecos de las orillas del río. Buscaban coger algunos cangrejos, entonces aún los había, que iban a servir para aderezar un exquisito arroz.
Los críos jugaban a esconderse entre los juncos y tras los chopos hasta que llegara la hora de la comida y, si el tiempo era bueno, aún podían darse algún que otro chapuzón en el río, ya que, todavía en esa época, tenía su caudal de agua.
Un poco antes de comer la ropa se había tendido al sol entre juncales y zarzas.
Y después de la apetitosa pitanza procedía echarse bajo alguna sombra y dormir una pequeña siesta que permitiera recobrar fuerzas. A la caída de la tarde, volvían a llenarse los cestos de paja blanca, ahora ya con ropa limpia, se cargaban de nuevo al carro y se volvía a casa. Los críos, subidos en el carro, cansados del azaroso día, pensaban ya en el día en que, al año siguiente, habría que ir nuevamente a “lavar la ropa a las balsas”

Han pasado los meses. Son los primeros días de julio y el carro trasiega los haces de cebada a la era. Ha terminado la siega y hay que empezar la trilla.
También en esta actividad participa toda la familia. El abuelo, los padres, los tíos, los primos. Los hombres extienden los haces de cereal formando un amplio círculo y al poco, mejor a segunda hora de la tarde, una vez ha caído un algo el sol se engancha a la pareja de mulas al trillo. Ambas bestias llevan sendas colleras que soportan el yugo. Este se engancha mediante el estrinque al trillo. Y comienza la faena. El hombre sujeta firme las riendas obligando a los animales a seguir girando sobre la parva.
Los niños se encargan de mantener activo el tornadero, un garfio de hierro que, colocado en la parte de atrás del trillo, remueve la paja al paso de este.
Después de muchas horas de vueltas y vueltas la trilla ha terminado. Hay que recoger el grano. Se recoge todo con rastrillos y escobas, teniendo buen cuidado de separar las grancias o granzones.
Se amontona de forma separada la paja y el grano. Este último se aventa. Mediante palas y bieldos se lanza al aire para que los últimos restos de paja vuelen con la brisa de la tarde y así termina el grano por limpiarse.
Una vez todo terminado, el grano en su montón, la paja en el suyo, se llenan los sacos, sacos de yute, se atan y quedan amontonados y listos para ser cargados en los carros.
La paja se carga con garios en otros carros habilitados al efecto. Se les han añadido los estacones, largos palos de madera que casi triplican su altura y en estos se colocan los baluartes, que son unas redes de sogas que soportan una mayor carga de paja. Los hombres suben arriba del carro y pisan la paja para que se comprima y así poder llevar cuanta más mejor.
Al final del día llegan a casa los carros cargados de cereal. Los hombres con sus camisas polvorientas echan sobre sus hombros los sacos de trigo o cebada y los dejan en la panera. Con suerte este año la cosecha se venderá bien y el invierno será un poco menos duro, un poco más llevadero que otros inviernos. 

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