Llegaron en un carromato destartalado movido por dos caballejos más ruines que briosos. Hablaban, entre ellos, una jerga compuesta por vocablos de mil dialectos, derivados del romance, esclavón y ario, aprendidos por sus antepasados en su incesante deambular por los caminos de la Esperanza . Su patrimonio, visible y material, consistía, aparte de rocines y carromato, en una vieja trompeta abollada y reluciente, un pandero resobado y unas telas descoloridas, otrora multicolores, que colgaban del carruaje a modo de tapices. El otro patrimonio, el que no se ve, era esa Palabra Sagrada que solo los Hijos del Viento son capaces de disfrutar y conservar desde la cuna hasta la muerte; esa Palabra que, siendo inalienable, los Hijos de la Materia retuercen y desfiguran en el uso y excusa para hacer sus guerras y revoluciones cruentas, imponer sus leyes en las que se habla de Igualdad haciendo a unos más desiguales que a otros, esclavizar y escla...