17 abr 2013

Un domingo con los vetones

Este domingo, 14 de abril, la salida mensual fue hacia el sur, en busca de la historia y de la primavera. Debíamos salir de nuestro entorno natural, las tierras llanas, la llanura sedimentaria de nuestros parajes  agrícolas y pinariegos para buscar, siguiendo siempre el curso de nuestro “padre” Adaja, las faldas montañosas del sistema central, próximas al valle Amblés, y junto a las estribaciones de la sierra de la Paramera.

El día amaneció espléndido, de esos que prometen disfrutar de la naturaleza, con mucha luz, buena temperatura y ambiente totalmente primaveral. Como de costumbre partimos desde la plaza del Arrabal; esta vez con nuevas caras y mayor concurrencia. Nos dirigimos por la carretera de Ávila hacia Tiñosillos (“la senda del tumut”). El suelo del pinar verdeguea como si se tratara de una inmensa pradera. Las abundantes lluvias del mes de marzo prometen una  fértil primavera, rica en pastos y en panes.

Con poco tráfico a esas horas mañaneras del domingo, nuestros conductores y sus acompañantes disfrutamos del paseo. Tierras encharcadas tras las últimas lluvias, donde el color del cereal verde o amarillento nos señala las zonas donde el encharcamiento ha sido más perjudicial. Atrás queda Tiñosilllos, El Bohodón, Villanueva, Hernansancho, Gotarrendura, Las Berlanas…. Al llegar a Ávila, la carretera nos conduce hacia el Oeste, siempre siguiendo el curso del Adaja, hasta que lo cruzamos por un humilde puente, acorde con  su caudal y su cauce que por estas tierras no ofrece grandes dificultades.

Llegamos a Solosancho y enseguida a Villaviciosa, en cuyas proximidades hay que abandonar los vehículos para emprender la subida al castro por un sendero, que en algunos tramos se muestra abrupto y escarpado. Pero  nuestros guías nos anuncian que no se trata de una competición para ver quién llega el primero, sino de una subida pausada que permita contemplar un nuevo paisaje al que nuestros ojos no estaban acostumbrados. Dejamos atrás el valle y ascendemos por una empinada cuesta, hasta llegar al acceso al castro por la puerta occidental de su muralla. Enormes sillares graníticos nos revelan la importancia de la fortificación y el emplazamiento del poblado nos hace pensar que se trataba de un castro totalmente inexpugnable. Lo que los romanos llamaban un “oppidum”. Contamos con un experto en arqueología abulense, Juan Antonio Sánchez, que incluso hace años colaboró en tareas de prospección y excavación de este yacimiento: el famoso castro de Ulaca, uno de los más importantes de la provincia juntamente con el cercano de Sanchorreja o el de la Mesa de Miranda, todos ellos próximos al valle Amblés. Tampoco está lejos el famoso castro de Las Cogotas o el de la Tejada, éste, de la Tierra de Arévalo, totalmente inédito, y también buscando la protección defensiva de las escarpadas cárcavas del Adaja.


El castro tiene una antigüedad, como mínimo, de 25 siglos y fue habitado por los vetones, una de las tribus más importantes de la meseta central que estaban en la península ibérica cuando llegan los romanos en el siglo III a.C. Tras la conquista de los romanos este lugar se abandona y jamás volvió a ser habitado, por lo que se convierte en un yacimiento fosilizado, al aire libre, de una gran extensión, que nos presenta al desnudo sus restos, con una mínima reconstrucción. Cruzamos el poblado por sus calles, y nos detenemos frente a uno de los monumentos más emblemáticos, que le da a este yacimiento un relieve excepcional: “el altar de los sacrificios”. Allí sacrificaban animales en honor a sus dioses (divinidades astrales)  y la sangre de las víctimas correría por los canalillos de la roca, para luego, en comunión, consumir las ofrendas. Allí realizarían sus plegarias a los dioses para conseguir  cosechas abundantes tanto en la agricultura como en la ganadería, que era la base fundamental de su subsistencia. Avanzamos hacia la llamada “sauna”, una estancia excavada en la roca, que conserva intacta la boca del horno en forma de arco de medio punto. Según nuestro guía, esta peculiar estancia no tenía una finalidad higiénica, sino más bien ritual; algo tal vez reservado para ceremonias de confirmación o iniciación de los jóvenes guerreros que se preparaban para la guerra al entrar en la edad adulta.

Llegado este momento, nuestros guías deciden que es la hora del almuerzo. Aprovechamos la circunstancia de que muy cerca tenemos un conjunto de  viviendas que aún conservan sus muros de piedra hasta una altura de unos 70 centímetros, de que la parte superior de sus muros sería de arcilla y la cubierta sería de ramas  o arbustos, y por tanto ha desaparecido.  Las puertas, que serían de madera, tampoco están. Nuestra expedición es gente de orden y de paz, por lo que intuimos que nuestros antepasados, los vetones, nos recibirían hospitalarios en sus bancos de piedra corridos, para compartir con nosotros nuestras humildes viandas y nuestro estimulante verdejo de Montejuelo y la Tierra de Arévalo.

Después del almuerzo proseguimos la marcha hacia el lugar llamado de “las canteras”.
Allí descubrimos el lugar de donde extraían la piedra para levantar sus fortificaciones, los muros ciclópeos con que construían las murallas y los torreones del castro. Allí ha quedado sobre el granito la señal de sus punzones de hierro o de madera. Allí han quedado cortados los bloques de piedra que no llegaron a trasladarse hasta su destino. Un trabajo inacabado, cuyas circunstancias concretas ignoramos.

Seguimos por las calles del antiguo poblado hasta el extremo norte, el punto de máxima altura (1508 m.) Allí se abre a nuestros pies un enorme foso natural por donde discurre el rio Picuezo que drena las aguas de la cara norte de la Sierra de la Paramera y donde vierten torrenteras procedentes de las últimas nieves. Si miramos hacia el sur contemplamos cómo emerge el pico Zapatero (2.158 m.), con nieve en su cima. Si miramos hacia el norte y el noroeste observamos la placidez del valle por donde nace y penetra el Adaja  y después serpentea con sus suaves meandros. Hacia el nordeste contemplamos la ciudad de Ávila, la antigua Óbila, hacia donde, según dicen algunos historiadores, tuvieron que emigrar a la fuerza los habitantes de Ulaca, tras la conquista romana, por prohibir estos a las tribus indígenas que siguieran ocupando los castros fortificados. Todo un lujo de naturaleza salvaje, de recuerdos del pasado, grabados en la sólida roca desde hace más de 25 siglos. Nos sentimos habitantes de un mundo mágico, irreal, misterioso. Una vaca nos contempla incrédula y desconcertada haciendo frente a uno de los dos caniches que nos acompañaban. Una manada de caballos pasta tranquilamente en la pradera en el lugar donde, según nos cuenta nuestro guía, se asentaba el centro político y administrativo del  “oppidum”, lo que podríamos llamar “la acrópolis”. La abundancia de bloques pétreos, la calidad y perfección de los sillares graníticos nos revela la nobleza de su origen y su función.

Desde allí descendemos hacia la puerta sur de sus murallas. Seguimos cruzando sus vías. A veces tenemos que saltar por encima de las piedras de construcción que se interponen en nuestro camino, la extensión de las ruinas de sus casas nos revela la desigual importancia de sus moradores. En algunos casos se puede apreciar el desgaste de la roca al ver la marca que dejan las ruedas sobre el pavimento. Por fin llegamos a la puerta sur del castro vetón, bien flanqueada por las ruinas de los entonces torreones que la protegían de sus asaltantes.

Resumiendo, una excursión muy completa. Por la combinación de elementos paisajísticos y naturales, por el contenido histórico cultural de la visita, por el ejercicio físico tan saludable de la marcha, por la buena organización y el alto nivel de los guías que nos acompañaron, por la agradable compañía de la nutrida concurrencia, por el reconfortante almuerzo entre ruinas y praderas. Tan sólo un “pero”. No estaba entre nosotros Chispa, que nos habría interpelado, con su habitual duda cartesiana, sobre el fundamento de alguna de nuestras rotundas afirmaciones. Tampoco estaba entre nosotros Juan Antonio, ni otros “cámaras” ya consagrados, pero que estén tranquilos, que no se lo tendremos en cuenta. En fin, hasta la próxima.

GONZÁLEZ GONZÁLEZ, Ángel Ramón

3 comentarios:

chispa dijo...

¡¡¡¡ Como si hubiese estado allí¡¡¡¡. Gracias Angel Ramón, y a todos los fotógrafos.

Anónimo dijo...

Una crónica maravillosa de un gran día.

¡Enhorabuena al autor que no se le paso una!

Los acompañantes nos deleitamos de lo lindo.

¡Felicidades a los organizadores!

Luis dijo...

Gran crónica de una gran persona. Gracias Ángel Ramón