8 may 2011

Memoria de mis ríos

(Dedicado a los amigos de RADIO ADAJA)

            Abrazada por ellos, que lamen prácticamente los muros del Castillo, se alza enhiesta y orgullosa mi ciudad y abajo, uno por cada lado, discurren desde siempre en la memoria mis dos ríos, ambos presentes en mi vida plena de recuerdos cada vez más lejanos pero, no por eso, menos intensos.
            Quizá haya empezado esto que escribo con tintes de lirismo y cierta nostalgia ¡que menos! Pero mi propósito es ir a la realidad que fue, narrando como pueda mis relaciones personales con ellos, físicas a veces y contemplativas otras muchas. Mis ríos, ADAJA y AREVALILLO. Naturalmente, la modestia de este último, su escasa o nula importancia hídrica para Arévalo, da poco que contar, pero algo diremos.
            Allá por un paraje que no sé si es de Arévalo o está fuera ya de su jurisdicción, llamado El Soto, entre La Canaleja y Vista Alegre, fluyen mis primeros recuerdos –muy difusos, eso sí- relativos a aquél. Parte de ahí, pues, mi recorrido. Fue aquella presencia creo que única y, además, cuando aún era muy pequeño,  mas no se me ha borrado de la retina (parece imposible) esa zona frondosa y húmeda a la que me llevaron –quizá un día de fiesta- en tiempo inmemorial, cuyo estado actual desconozco; por allí pasaba el Adaja, claro. Había entonces un tramo, puede que largo, hasta llegar al primer hito del recorrido: el puente de San Julián o de la Estación como lo conocimos toda la vida, me refiero al antiguo, naturalmente, pues el nuevo que se hacía perentoriamente necesario, no ha ocultado, afortunadamente, la permanencia de ese entrañable y -por qué no llamarlo así- pequeño monumento que franqueaba la entrada a la ciudad desde el sureste. Bueno, pues esa leyenda, tradición o indudable realidad de los “peces incorruptos” tiene aquí, en este punto, el comienzo de tal singularidad, al margen de lo que se dice –suponemos que sin fundamento- de la circunstancia de que vadeara el río San Teresa de Jesús. Luego volveremos sobre esa “incorruptibilidad”.
            Seguimos el curso sosegado y apacible a partir de ahí y echando la mirada atrás, muy atrás en el tiempo, extraemos de nuestro archivo cerebral, un tanto empolvado ya, imágenes inimaginables hoy día pero que responden a una época en que el Adaja quería parecerse a esos otros grandes ríos que tantas veces han asolado -muy recientes están los hechos de ahora- vastas extensiones de muchos puntos de la Península pero, claro, Arévalo está muy alto y afortunadamente le era imposible causarnos daño alguno; sí lo hacía desbordándose por su ribera este, anegando las entonces famosas huertas de Morera. Los chicos mirábamos asombrados desde el antepecho de las Cuestas de Foronda ese espectáculo dramático y acongojante cuando el río arrastraba con violencia toda clase de objetos, enseres y hasta animales de cierto peso, como cerdos o cabras; espectacular, pero triste. Quizá queden ya apenas unos pocos paisanos que vivieron aquellos años en que sucedía lo que cuento.
            Pero me he saltado el orden geográfico y debía haber escrito antes de eso de las avenidas, sobre una zona muy importante y masivamente utilizada por los arevalenses desde tiempo inmemorial: me estoy refiriendo a La pesquera, El Canal y  La Balsa, así como a la antigua Fábrica de electricidad y la Isla. Todos estos lugares, enclavados en lo que bien se podía llamar el espacio fluvial fundamental en la ya pretérita pequeña historia de Arévalo (discúlpenme la redundancia). El primero de ellos era como un pequeño salto de agua que, remansándola, vertía en torrentera por un lado sobre la plataforma que formaban la playa de arena en las dos riberas del cauce natural del río y, por la parte alta entraba en el recinto canalizado conocido por el Canal; en él y en la contigua Balsa que alimentaba las turbinas (o algo así) productoras de la electricidad, se bañaban multitud de hombres –las mujeres todavía no- que se deleitaban practicando la natación, pues tenía aquello suficiente fondo para hacerlo. Un triste suceso ocurrió en La pesquera hace años, pero no tantos (debió de ser en las Ferias de 1940/45): un muchacho hijo de unos feriantes, tuvo la infausta idea de bañarse sumergiéndose en esas aguas procelosas y uno de esos clásicos remolinos que esa zona padecía, lo absorbió de tal forma que no fue posible recuperar su cadáver. Bueno, pues, justamente en esas playitas que he mencionado, capturé, siendo un niño aún, el primer pez que todavía  conservo, absolutamente incorrupto, por supuesto, tras setenta años más o menos transcurridos.
            Y llegamos, pasado el matadero, al puente de Valladolid, de tanta actualidad por haber sido incluido en la Lista roja del patrimonio. Lógicamente, esas tremendas avenidas del río que ya he comentado, tapaban por completo sus ojos, ciertamente de poca altura, y las aguas pasaban violentas por ambos extremos, ante el atasco formado por la maleza y obstáculos diversos arrastrados. El puente resistió esos embates. Y ahora, el final: la “proa” del Castillo preside desde arriba la acogida del Arevalillo por el Adaja, esa expresión que ha quedado esculpida para siempre en el alma de los arevalenses, LA JUNTA. Muchos recuerdos permanecen en mí de esa zona donde acaba el “privilegio” de la incorruptividad de los peces, entre ellos, para acabar, uno curioso: Ya en la posguerra, aún quedaban en Arévalo algunos restos de las tropas que entraban y salían de la ciudad, concretamente los moros. En aquella ocasión me impactó ver un precioso caballo andando por el río sujeto por las bridas por un mocetón supuestamente marroquí, totalmente desnudo él y el caballo también, claro está. Era un lugar preferido por mucha gente y lo será siendo, sin duda. Acompaño un testimonio gráfico de los años 45/50 de ese lugar, cuatro jóvenes y bellas amigas de la época de mi adolescencia.
            Del Arevalillo dije al principio que algo comentaría pero, como quiera que el otro, el principal de los dos ríos, me ha ocupado demasiado espacio, me limitaré a citar que los cangrejos que se cogían el aquél eran extraordinarios, que desde tiempo inmemorial se había difundido la idea de que sus aguas no eran precisamente muy saludables y que el viejo Molino de Valencia, tras el incendio que sufrió, ahí está, medio abandonado y sin que existan, que yo sepa, indicios de que vaya a ser aprovechado para algo.

                                                           Jesús GONZÁLEZ FERNÁNDEZ
La Llanura nº 20
Enero de 2011
(Fotografías de Jesús González Fernández y Manuel González Marinas)

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