2 may 2011

Duendes

            Soy Capre, me llaman el duende del bosque por lo difícil que resulta verme. Me he pasado toda la noche ladrando. Ayer, los cazadores lograron separar de mi lado a Preola, mi compañera, y a mi hijo Canos. No sé si habrán conseguido abatirlos o si seguirán vivos.
            No debimos salir del bosque. Pero Canos se empeñó en ir a pastar al campo de cebada que hay entre los dos pinares, sin darse cuenta de que los cazadores nos estaban esperando. Su madre le siguió sin hacer caso a las insinuaciones de peligro que les hacía desde el borde del bosque.
            Nada pude hacer cuando oí los disparos, salvo correr hacia la espesura. No deberían haber disparado, no está bien. Los cazadores deberían saber que si nos acosan Preola puede perder el corzo que lleva en sus entrañas.
            Realmente, cubrí a mi compañera a principios del verano pasado, cuando el pequeño Canos perdió todas sus motas blancas. Sin embargo el embarazo no se hizo efectivo hasta que comenzó el invierno. Este retraso en la gestación, nos proporciona a los corzos mayor éxito reproductor que a la mayoría de los cérvidos silvestres.
            Pero ahora parece que los he perdido, el alba me indica que empieza un nuevo día y que debo encamarme en la espesura del pinar. Al atardecer seguiré buscando, aunque el tiempo corre en mi contra. Todo parece indicar que he perdido a mi familia y que me encuentro solo una vez más.

            Un pequeño grupo de personas desafiaba a la niebla y al hielo del amanecer. Dejaron sus coches en el camino y se acercaron andando hasta el borde del río. El incipiente sol intentaba levantar la niebla sin conseguirlo del todo, lo que provocaba una luz especial en los grandes cortados rojizos y verticales del río. “Seguramente estaremos en uno de los lugares más bellos y desconocidos del Adaja”. Se oyó decir a uno de aquellos individuos.
            Hicieron muchas fotos. El lugar lo merecía. Y decidieron cambiar de orilla para observar el impresionante paisaje desde el lado opuesto, desde el gran pinar. Así que montaron nuevamente en sus vehículos y entraron al corredor del Adaja por las calles de una urbanización fantasma y paralizada. “Esto es una monstruosidad”. Comentó uno de aquellos visitantes. “¿Cómo se puede consentir que se destruya un paraje como este?”.
            Llegaron a una enorme balsa, impermeabilizada con un grueso plástico negro. Los que no conocían el lugar quedaron impresionados. Pero, entre la niebla se distinguía otra diez veces más grande que la anterior, con la escasa visibilidad, no se veía el final. “¿Para qué es esto?”. Se atrevió a preguntar uno de ellos. Otro les respondió que eran balsas para regar los tres campos de golf que estaban previstos construirse en el pinar y en el valle del río que tanto les había gustado y que se hubieran llevado a cabo si la Justicia no hubiera ordenado la paralización de las obras.
            Retornaron a los coches para observar in situ el lugar destinado a los campos de golf y a las urbanizaciones. Discutían vivamente sobre la innecesaria destrucción de aquel paraje tan valioso, sobre la falta de protección del lugar, sobre la desidia de la consejería de Medio Ambiente por no haber intentado acabar con la destrucción antes, siquiera, de que esta hubiera empezado. Que habían tenido que ser los ecologistas los que denunciaran aquella aberración para que la Justicia actuara.
            En estas estaban, cuando un poco más adelante, surgieron dos siluetas entre los pinos cercanos. “¡Son corzos!”. Gritó uno de ellos, al mismo tiempo que se los señalaba a los otros coches. En escasos segundos desaparecieron entre la espesura del pinar. “¡Qué suerte hemos tenido! Los corzos son dificilísimos de observar. Por eso los llaman los duendes del bosque”. Todos se alegraron de aquella fugaz visión.
           
            Preola y Canos se habían encamado demasiado cerca del camino y, al notar la presencia de los coches, huyeron con sus colas erizadas en señal de alarma, aumentando así la extensión del blanco y llamativo escudo anal característico de la especie.
            Antes de verlos, me levanté de mi encame. El aire me traía fragancias conocidas. Salí a su encuentro en silencio. Al rato los vi. Afortunadamente los cazadores no han herido a nadie. Nuevamente estamos juntos. Aunque antes del verano deberé expulsar a Canos del grupo para que se independice. Ley de vida. Mi padre hizo lo mismo conmigo hace tres años.

 En Arévalo, a 26 de enero de 2011.
 Luis José Martín García-Sancho.

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