12 feb 2011

Restaurar, reconstruir

PATRIMONIO HISTÓRICO


Románico romántico (4).  Restaurar, reconstruir
Por José Miguel Lorenzo Arribas

Dejamos las cuestiones filológicas y de historia de la terminología estilística de las anteriores entregas, pero continuamos dentro de un ámbito que dota de sentido al sintagma que da título a esta pequeña serie. Entre las tendencias históricas más pujantes de la restauración arquitectónica destacan, grosso modo, dos: la restitucionista y la conservacionista. Esta última la encabezó el escritor y crítico inglés John Ruskin (1819-1900), mientras que de la primera fue adalid el francés Viollet-le-Duc (1814-1879), arquitecto e historiador del arte. Abogando el primero por la mínima intervención en el edificio, el segundo optó por la reconstrucción sin piedad según los presuntos modelos que el arquitecto «original» habría seguido, y que el arquitecto restaurador rescataba.

Si Ruskin defendió el concepto de «ruina romántica», tendente a la consolidación simplemente de la obra arquitectónica tal como había llegado hasta nosotros, a fin de no adulterarla, de documentarla y legarla sin engaño, el francés se afanó en llenar su país de lo que hoy llamamos en el argot «falsos históricos». Como quiera que la ruina arquitectónica seduce y traslada a un mundo donde la imaginación se desata (como bien lo explotaron los poetas y novelistas románticos: Bécquer, Gil y Carrasco y compañía), se acuñó el concepto de «ruina romántica» como una opción restauradora, en el sentido ruskiniano: intervenir para frenar el deterioro, pero manteniendo el encanto de la arquitectura descarnada, eviscerada, abierta en canal. La misma que Caspar David Friedrich se esforzó en plasmar en sus lienzos, consolidando un arquetipo de lo medieval del cual hoy seguimos siendo deudores. Por ello, muchas restauraciones arquitectónicas actuales, que respetan la biografía de un edificio románico ruinoso y se encuentran en un paraje natural sugerente, podrían considerarse «románico romántico», mezclando términos y categorías tan distintas en una hormigonera conceptual que produce un pastiche que quizá exprese bien, aunque por camino anfractuoso y discutible, el valor que se quiere rescatar una vez terminada la obra.

En los jardines románticos, la ruina (románica, o mejor gótica) fue especialmente valorada, aunque fuese una falsa ruina, construida, inventada. Así se procedió en la Casa del Ermitaño sita en el parque madrileño de El Capricho, revestida de trampantojos y cubierta de vegetación para parecer ruinosa desde su propia construcción a finales del xviii. La cosa llegó a más, incluyendo el traslado en 1897 de una ruina románica real, como se hizo en El Retiro con lo que quedaba de la iglesia abulense de San Pelayo y San Isidoro, elevándola sobre un promontorio artificial construido ad hoc. Un testimonio desubicado (y desorientado, pues el ábside mira al Sur, no al Este como era preceptivo) que hoy puede visitarse, no sin cierta perplejidad.

«Románica romántica», por otro lado, y en el peor sentido de la palabra, podría considerarse toda esa literatura que tiene cabida bajo el permisivo rótulo de «novela histórica» que, ambientando el desarrollo de la acción en la época románica, siglo xii por ejemplo, prescinde de prácticamente toda referencia contextual (salvo los detalles tópicos de rigor) para presentar un culebrón muy del gusto romántico. Lo mismo da que costumbres, creencias, procederes y hasta decorados fueran otros, góticos o directamente barrocos. Importa más vender que afinar. Y, en ese sentido, el argumento romántico sigue gustando, y el románico se ha convertido en un talismán que todo cuanto bajo su paraguas acoge, lo hace atractivo. Románico, romántico… y vendible, que al fin y a la postre, de eso se trata.

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