17 feb 2011

Mamerto Pérez Serrano

No tenemos muchos datos biográficos de este arevalense ilustre, los pocos que nos han llegado proceden de la mano del que fuera cultísimo secretario del Excmo. Ayuntamiento de Arévalo y de una carta de don Miguel de Unamuno, del que fue alumno en la Universidad de Salamanca. 
Del primero, de Don Florencio Zarza Roldán, reseñamos lo siguiente: 

«El día 24 de septiembre de 1887 se tomaba por la ilustre Corporación municipal de Arévalo, entre otros, un acuerdo admitiendo como alumnos gratuitos del colegio de segunda enseñanza denominado de «San Luis» a Juan Gómez Rovidardt y a Mamerto Pérez Serrano, que, con otros tres compañeros (Emilio Garriga Martin, Pedro Pajares Gallego y Ángel Sánchez Maroto), lo solicitaban.»
«Hizo, con este noble anhelo, sus estudios del bachillerato de tal manera, que mereció siempre calificaciones honrosas mensuales y de fin de curso; y por estos innegables y reconocidos méritos pidió y obtuvo que el título de bachiller en Artes se lo costeara el citado ilustre Ayuntamiento, acordándolo en sesión de 30 de junio de 1892, fundándose para ello en que, aunque no tuviera derecho a lo que pedía, era indudable que la Corporación se honraba protegiendo al talento, y que así honraba también a la localidad.»
«El día 17 de diciembre del mismo año, el Municipio arevalense, considerando triste que se quedara sin proseguir sus estudios, le concedió la pensión de cincuenta céntimos de peseta diarios para ayuda de su estancia en Salamanca, adonde iba a matricularse en la carrera de Derecho.»
Para mengua y desgracia de nuestra amada Patria, se encendió por entonces la guerra de Cuba. Mamerto en ella tomó parte. De las razones que para ello tuviera, de qué manera logro entrar como recluta en el ejercito expedicionario y de los sufrimientos atroces en esa azarosa página de su vida…poco sabemos»
Minada su existencia por los citados sufrimientos físicos, pronto empezó a dar señales de próximo fin.
No se hizo nunca ilusiones respecto a su él: le veía acercarse sereno, le miraba impávido, le esperaba tranquilo.
Y, sin embargo, su prodiga imaginación le dictaba concepciones abundantes, variadas y delicadísimas, que se traducían en trabajos literarios de todas formas y estilos, que veían la luz pública en periódicos tan ilustrados y populares como «Blanco y Negro», «Nuevo Mundo», «El Diario de Ávila» y otros. Ahí están, para atestiguarlo, sus charadas y entretenimientos de este género: sus artículos, sus cantares, sus menudencias, sus «Gotas»... Cada una de estas indica claramente el estado de espíritu del escritor: desengañado por una cruel y para él inolvidable pasión...»
Mamerto Pérez Serrano murió en la noche de un 11 de marzo de 1910.

En cuanto a la carta de Don Miguel de Unamuno se detalla en los siguientes términos:

«Para mí, su recuerdo viene unido a los más dulces de mi vida: a los de la iniciación de mi profesorado. Llevo veinte años pasados ya enseñando, y fue en uno de los primeros cuando, después a unas oposiciones a una beca, vino a dar en mi clase de griego aquel muchachito inquieto y vivaracho. Comprendí muy pronto que casi todo lo cogía a oído, que fuera de clase estudiaba la asignatura mucho menos que otros que siempre estaban tras él.
«Adiviné que había de ser lo que otros muchos hemos sido: un autodidacta, un sediento de ciencia y de vida dejado a su propio albedrío.
Fuera de clase le vi poco; no supe de él después que se licenció, hasta que tuve noticia de su muerte. Y yo que tengo la desgracia de haber olvidado a tantos de los que por mi clase han pasado, me acordé al punto de aquel mozo vivaracho y despierto que atendía con los ojos, no solo con los oídos, y que tantas veces me recordó mis primeros años de carrera. Porque me parecía, por no sé qué presentimiento, ver en él uno de mi misma raza espiritual. Sólo que el pobre no tuvo suerte.
Para mí, el nombre de Mamerto Pérez Serrano significa, pues, un pedazo de los más frescos de mi vida, el recuerdo de una esperanza. Y cuando supe su muerte pensé que, de no haberse muerto tan joven, habríamos vuelto a encontrarnos, habríamos resucitado el viejo recuerdo, nos habríamos vuelto a relacionar y podría haber dicho: he aquí uno de los que dirán mis mejores cosas, las que ni yo sé que llevo dentro.»

Los que siguen son algunos de sus versos:

Es mi voluntad sincera 
que tan pronto como muera 
encarguen al pregonero 
que grite ante el mundo entero: 
¡Ya es feliz quien no lo era!

No me quieras si no quieres, 
que no quiero que me quieras 
como quieren las mujeres 
cuando no quieren de veras.

Antes de escribirlo yo, 
Seneca ya nos decía: 
«Lo que más se deseó
en poco se considera
después que se consiguió.»

Mamerto, ilustre hijo de nuestra  ciudad, dio nombre a una calle de Arévalo. La placa que decía “Calle de Mamerto Pérez Serrano” desapareció. Ahora se llama de otra manera. Es seguro que ese cambio en el callejero fue motivado por la ignorancia y la dejadez con que, a veces, “tratamos” nuestras cosas.
La Llanura nº 14 de julio de 2010

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