13 dic 2010

El arrabal de Gómez Román

Firmada por S. B. L., he recibido una atenta carta en la que me dice: «Soy montañesa y mi abuelo, que era de Arévalo, solía contarme anécdotas, costumbres y tradiciones de esa im­portante ciudad caste­llana. Usted como cronista de ella, ¿ten­dría la amabilidad de darme a cono­cer algo de La Lugareja?»
Con mucho gusto, señorita; ya que se trata del lugar donde nació y se crió mi feliz compañera y del que tantísimos y tan gratos recuerdos se recrean jubilosos en lo mas recóndito de mi alegre e infatigable corazón.
A dos kilómetros aproximadamen­te del casco de la población, y sobre una dilatada y arenosa colina, se alza aún, orgullosa y soberbia, la iglesia del antiguo arrabal de Gómez y Ro­mán, reedificada, al decir de algunos eruditos, sobre las ruinas de un convento que poseían los Templarios allá por el siglo VII y que floreció esplen­doroso en la época de los godos. Si es usted aficionada a las narra­ciones históri­cas seguramente habrá leído que en lo antiguo, los pueblos castellanos se iban desarrollando al impulso de las victorias guerreras, dándose a erigir los héroes nuevos al­tares al Dios de los cristia­nos y, como quiera que los hermanos Gómez y Ro­mán Narón, ilustres hijos de Arévalo, aunque de procedencia francesa, sen­tían gran entusiasmo y fervor religio­so, fundaron en la primera década del siglo XIII el Arrabal que usted de­sea conocer y que conserva el nom­bre y apellido de tan distinguidos arevalenses. Gómez fue Abad del Mo­nasterio de Nuestra Señora de la Asunción, y en virtud de la devoción que sentía por la citada imagen, la colocó en el altar mayor del santua­rio, costeando el culto y propagando la dulzura y los milagros de la In­maculada Reina. Román fue capitán de los Tercios Castellanos, y se ase­gura que luchó heroica y denodada­mente en las Navas de Tolosa el 1212. Huelga decir que los hermanos Narón reconstruyeron el convento, esta­bleciendo en él monjas Bernardas o Cistercienses, Le rodearon de casuchas, molinos y huertas, hasta for­mar un lugar, del que nació el remo­quete de Lugarejo y su Virgen Luga­reja.
En el amplio y severo monasterio vivían más de un centenar de religiosas abnegadas y misericordiosas, venerando el sepulcro de los hermanos Narón como si de santos se tratara, hasta que el oscuro y discutido alcalde Ronquillo solicitó del Emperador Carlos V el Palacio Real que disfrutaba su majestad dentro de murallas, el cual le fue concedido como recom­pensa a los muchos servicios que Ron­quillo había prestado al rey, petición que hizo don Rodrigo quizá por ase­gurar más la vida de la madre aba­desa y de otras monjitas pertene­cientes a la familia del halagado e iracundo arevalense.
En 1524 las monjas bernardas fueron trasladadas del lugarejo al palacio que Don Juan II mandó edificar en la plaza del Real, Transformando el viejo alcázar en interesante convento, este tomó desde entonces el nombre genérico y peculiar de San Bernardo el real. Llegaron a él sesenta y siete religiosas de coro, quince legas y cuatro capellanes, juntamente con los restos de los fundadores.
Sabedores don Diego y don Toribio Sedeño, a la sazón regidores perpe­tuos de la villa, de que las monjas esta­ban pesarosas de haber dejado en Lugarejo a la Virgen de la Asunción, propusieron al Clero la traída de la soberana imagen a la casa monacal. Protestaron los vecinos del lugar, ba­sándose en que la Madre y Señora era la que intercedía y velaba por aquella gañanía tosca, laboriosa y bue­na, acordando la Hermandad que ya que las monjas por su clausura no podían Ir a ver a su amantísima Vir­gen, que lo hiciera ésta siquiera una vez al año y precisamente el domingo después de la Ascensión.
Esta piadosa visita de fe constante y sincera, se convirtió en alegre ro­mería sobre el 1540, romería que se cele­bra en torno de la iglesia en ho­nor de la imagen y a la que usted, señorita comunicante queda invita­da. Las fiestas empiezan el sábado por la tarde y terminan el lunes por la noche.
Si acepta la invitación y se decide venir, verá usted cuarenta y dos cofrades con su traje dominguero, su corbata encarnada y su vara de hojadelata, trayendo y llevando proce­sionalmente a la santísima Virgen de la Asunción, del Lugarejo al Real y del Real al Lugarejo, haciendo un alto en la ermita de la Ca­minanta para rezar una salve mientras el tambor y la dulzaina repiten el estribillo de

La Caminanta.
La Lugareja,
La Caminanta,
niñas y viejas,
mozos y mozas
forman pareja
etc. etc.


Fiesta campestre. Muchedumbre reidora y jaranera entregada de lleno, sin distinción de clases, al retozo, a las libaciones, al bailoteo. Meriendas, muchas meriendas en la verdosa pradera y abajo, en los molinos, entre flores silvestres, árboles copudos, arroyuelos paralíticos y trinos de ruiseñores, tende­retes, puestos de frutas golosinas, juegos, diversiones, ocu­rrencias de cosecha propia y euforia y rego­cijo en todos.
Es de ritual en estos días estrenar los trajes vaporosos, comprar las ave­llanas a la novia y acompa­ñarla a la desafiadora iglesia declarada hace unos años monumento nacional, y de la que dice el notable arquitecto don Vicente Lampérez que «su construcción es de estilo re­gional castellano que hay que separar del mudéjar, considerándolo por modo franco y resuelto como una trascripción esen­cialmente española de los estilos románico y gótico».
La torre, como se ve en el grabado, es cuadrada, de ventanas de medio punto y agra­ciada en sus convexidades exteriores con tres, diminutos ábsides.
En 1947, don Andrés Reguera com­pró la finca que nos ocupa, construyendo un magnífico hotel e introdu­ciendo en ella importantes mejoras. En la actualidad es propiedad de don Alejandro San Román, quien ha em­prendido diversas obras de producción y embellecimiento.
Siguiendo por la carretera de Aré­valo a Noharre, a la diestra mano y unos ciento cincuenta metros del caserío se alza la casa de labor de mi señor padre político, don Cipriano Hernández Sáez. Levantada el 1923 so­bre los restos de un muro que todos hemos conocido y denominado el «Torrejón», restos que pertenecieron a una imponente atalaya que existió en aquel paraje y en la que también los hermanos Narón ejercieron durante su venerable y azarosa vida, poder mili­tar y jurisdicción señorial.
Marolo PEROTAS
Mayo de 1955

3 comentarios:

Mario Gonzalo dijo...

... esa romería
¿la volveremos a disfrutar?
Yo creo que, después de leer este precioso texto, todos queremos ir de romería.

Anónimo dijo...

Una pena de la situación de La Lugareja. Valla entorno precioso para poder presumir de el ante los turístas. Esos molinos, tan antiguos como la propia Iglesia, restaurados y dando un servicio a Arévalo y sus visitantes. Que joya del turísmo se crearía con esos entornos naturales tan bonitos. ¡Que orgullo para las personas que lo gestionaran!

Anónimo dijo...

Qué interesante escuchar el tipo de cosas y actividades que se hacían en esa época. Los juegos que se realizaban eran muy divertidos y alegres. Es raro pensar que hoy en día son los juegos de PC las estrellas. Pero bueno, me imagino que es como todo, y a veces uno se tiene que acostumbrar.
Saludos
Jenny