30 nov 2010

El recinto fortificado de Madrigal de las Altas Torres

Si como dice nuestro ilustre paisano Jiménez Lozano "Madrigal de las Altas Torres es un pueblo de hermosísimo nombre; casi como un verso renacentista", el pueblo en sí es como una egregia poesía y las piezas de su recinto murado son los versos más bellos de aquella.
Leemos en el Catálogo Monumental de la Provincia de Ávila de Gómez Moreno respecto al recinto fortificado que “… si no consta cuando se hizo, tenemos al menos la certidumbre de que fue antes de 1302. Para rivalizar en importancia con el de Ávila solo le falta estar bien conservado; pero aun así resulta de extraordinario valor y uno de los monumentos más preciosos de arquitectura militar que tenemos.”
El sistema romano utilizado en Ávila, León o Astorga y en tantas otras ciudades castellanas, cedió aquí ante uno más perfeccionado que nos enseñaron los musulmanes. En él se sustituye la mampostería por tapias de cal y canto, con cintas y rafas de ladrillo; las macizas torres semicilíndricas, por otras cuadradas y huecas; la escarpa, por antemuro y foso; la resistencia pasiva e inerte, por defensas vivas, por organismos de combate. Puro arte mudéjar: procedimientos musulmanes; y formas de gótico primitivo, alternadas con otras árabes, en armónico maridaje.

Según Cervera Vera las murallas de Madrigal debieron levantarse en los primeros años del siglo XIII, a imitación de las de Arévalo, prolongándose su construcción a lo largo de toda la centuria.

Sabemos que en el 1302 las murallas ya estaban construidas, pues en una disposición de Fernando IV se reconocía a Arévalo autoridad para proceder a su derribo porque se habían construido sin su autorización. En documento fechado en Medina del Campo, el 28 de mayo de 1302 se dice entre otras cosas: «et porque estos de Madrigal fueron rebeldes en muchas cosas a los de Arévalo seyendo su aldea, et porque se cercaron sin mandado del conceio de Arévalo e ficieron sello de conceio,.. Otrosi las puertas de la cerca que hi estan agora que sean todas tiradas porque las entradas e las salidas sean desembargadas; et si los de Arevalo quisieren o vieren que es menester que esten hi las puertas alli ho estan agora o en otro lugar de la cerca, que ellos las puedan poner e no otro ninguno, e tengan las llaves ellos o qui quisieren para siempre. Otrosi que los de Arévalo puedan facer alcazar en la aldea de Madrigal, porque se puedan apoderar mas complidamente en el lugar para mio servicio en el lugar que entendieren que mas les cumple, et que puedan tomar para el suelo de este alcazar e para la carcab casas e otras heredades, aquellas que entendieren que les cumplen mas».
Afortunadamente nunca llegaron a cumplirse estas disposiciones por parte de los de Arévalo, al menos en cuanto a que fueran las murallas tiradas.

La existencia de un plano realizado por José Jesús de Lallave, que fue copiado más tarde por Francisco Coello, mantuvo, durante mucho tiempo, la hipótesis de que el recinto amurallado tenía un trazado circular. Estudios posteriores entre los que destaca una obrita titulada “El autentico contorno de la Muralla de Madrigal de las Altas Torres” de Luis Cervera, además de un hecho tan simple como el que nos indica José Luis Gutiérrez Robledo: «Basta con subir a la torre de San Nicolás para comprobar que no es así», han permitido constatar que, en efecto, no se trata de un recinto circular, sino que el trazado se ajustaría a las posibles irregularidades del terreno. Sus muros se levantan de acuerdo con el sistema constructivo característico en las fortificaciones del sur del Duero, con cajones de mampostería encintada con verdugadas de ladrillo. De amplias dimensiones, cerca de 2.300 metros de longitud y ochenta torres, de las que hoy solo se conservan 23 cubos o torreones, presenta un doble recinto, que se compone del muro principal flanqueado por torres de planta rectangular o pentagonal y una antemuralla o barbacana en la que se abren saeteras. Tiene cuatro puertas, cada una de ellas orientada hacia las villas más próximas: Cantalapiedra, Medina, Peñaranda y Arévalo.
El recinto encerraba prácticamente todo el caserío de Madrigal que se organizaba de acuerdo a esquemas de tradición islámica, estaba caracterizado por la tortuosidad del trazado y por los encuentros forzados que aun hoy se advierten en el viario. Ocuparía una superficie algo superior a las 39 hectáreas.
De tradición islámica son la escarpa, el foso, la barbacana, las torres huecas con cámaras en la parte superior y especialmente la existencia de torres albarranas que se disponen a lo largo de todo el amurallamiento, entre las que sobresalen las que protegen las puertas de Cantalapiedra y de Medina.

La de Cantalapiedra es excepcional. Gómez Moreno la vio así a principios del siglo XX: “esta puerta es, quizá, uno de los más ingeniosos edificios militares de la Edad Media; pero tal como se ve hoy, arruinada y soterrada en gran parte, no enseña bien la razón estratégica que la informa. Toda su fuerza de resistencia converge en la gran torre del flanco derecho, de las que llamaban albarranas (una torre albarrana es una torre exenta, separada, por tanto, de la muralla y las que se accedía mediante un puentecito que podía ser derruido en caso de que la torre fuera tomada. Posee además la particularidad de que al estar adelantada con respecto a la puerta, si los atacantes acceden a esta última, pueden ser contraatacados por su retaguardia). Esta es de gran saliente, y además espolonada, o sea, formando ángulo de unos 70° por su delantera, sistema bien notable y genuinamente castellano… Dicha torre se desgarra del recinto en su parte baja, atravesándola un espacioso cobertizo, con bóveda de cañón agudo, que franquea el tránsito de la barrera, antemuro o albacara. En lo alto forma un vasto aposento, separado en dos naves por pilares y cuatro arcos y cubierto con bóvedas de cañón apuntado; doce ventanas miran hacia el exterior, con sus pretiles, arcos redondos —a diferencia de todos los otros, que son agudos—, arquivoltas dobles y alfiz; y corona el edificio una plataforma con almenas cuadradas.
En cuanto a la puerta, es un gran arco agudo, con dovelaje alternativamente relevado y deprimido, a uso árabe…. Un peine o rastrillo le cerraría, y en lo alto se ve el parapeto con almenas puntiagudas y tres modillones, quizá para apoyar una garita o cadahalso de madera. …

Por la fachada interior se rastrea bien el sistema de circulación, para acudir rápidamente a la defensa y encastillarse hasta el último extremo en sus reductos. El adarve de la muralla, hoy destruido por aquella parte, llega delante de la torre albarrana, y mediante ancha gradería, penetra en su interior por dos grandes arcos…. Para subir al adarve superior o plataforma de la torre, se apoyaría una escalera de mano contra un arco avanzado y al aire, sobre el que prosiguen escalones en diversas idas, fácilmente defendibles… Dicho arco daba también acceso, mediante otro que se voltea sobre la puerta, a la plataforma de la segunda torre, cuyo transito se interceptaba con una especie de puente levadizo. Por el lado contrario se iba al aposento de la dicha torre, y se salía a las defensas exteriores con entera independencia de los reductos altos.…
La puerta, en la actualidad, presenta un aspecto que no corresponde enteramente con la descripción de Gómez Moreno ya que fue objeto de una restauración poco afortunada, de la que milagrosamente se salvó el arco de entrada. Una desafortunada intervención que afectó tanto al tratamiento de los paramentos como a alguno de los elementos constructivos.

En cuanto a la puerta de Medina nos la describe así: “es algo más sencilla: la forma un arco agudo con su alfiz, y a la derecha, otra torre albarrana, igual; pero aquí sí esta visible la barrera que ciñe su base, a la que se entraba por el cobertizo de la torre misma, en cuya bóveda se distinguen troneras, y esto para defender la poterna que allí hay, alfeizarada y con doble arco, el uno de medio punto y el otro agudo. También son agudas las ventanas del piso alto, al que se subía por una escalera secreta muy pequeña, embebida en el macizo de la torre. Se reconoce que esta puerta fue desmantelada o aportillada antiguamente, y que se reparó después con tapias de tierra. Las defensas accesorias han desaparecido todas.

El largo trecho que sigue dando vuelta hasta el arco de Arévalo ha sufrido gran estrago: queda primero una torre medio cubierta, con bóveda de cañón a través y una ventana de arco agudo, con dovelas alzadas y rehundidas alternando; después, el núcleo informe de otra torre albarrana; y mas allá, entre argamasones y pedazos de la cerca, una torre casi entera, con pasadizo interior, hueca y con ventanillas de arco apuntado, como saeteras.

Sigue luego la puerta de Arévalo, diametralmente opuesta a la de Cantalapiedra, pero mucho más sencilla. Se reduce a una torre cuadrada y hueca, sin bóveda, y en medio de su fachada un grueso arco apuntado, con alfiz, friso de facetas y ventanilla encima. Se cerraba con rastrillo. Dos arcos en las gualderas daban paso al antemuro, hoy completamente destruido; pero delante se mantiene abierta la cárcava o foso. La fachada interior de la torre, donde habría una segunda puerta, no existe.
En esta puerta el friso de facetas o esquinillas del que tenemos constancia por las fotografías y dibujos de Manuel Gómez Moreno desapareció tras la restauración.

«El tramo de la cerca que se halla después hacia mediodía, es el más importante y el mejor conservado, y sus torres son muy grandes y habitables. Todas ellas tienen al pie el pasadizo de la albaraca, con bovedita aguda en derretido y foso delante. Además, a nivel del adarve, un arquito apuntado introduce en un pasadizo a través, en cuyo frente otro arco lleva a la cámara, abovedada en cañón agudo; desde el mismo pasadizo se alcanzaba, mediante escala de mano, a la subida de la plataforma, que ciñe un pretil con almenas cuadradas: así las tres primeras torres. La cuarta esta medio arruinada, y las otras tres que le siguen se diferencian en carecer de pasadizo y ostentar desde fuera vasto arco agudo y con alfiz, de su habitación, cuya bóveda es semicilíndrica; a la derecha y a mucha altura, se abre el arquito de la escalera de la plataforma. La última de estas torres, conserva ante sí la escalera del adarve, cabalgando sobre ancho arco, para aligerar la construcción, y en su costado se advierten ventanas correspondientes a tres pisos: las del primero muy pequeñas y de arco redondo, la del segundo apuntada, y al tercero dan luz los arcos de herradura muy agudos, con sus alfices correspondientes y separados entre sí por un pilar. A su vera estuvo la puerta de Peñaranda o arco de los Caños, enteramente arrasado»
Los lienzos de esta muralla presentan hoy un lamentable estado, habiéndose reconstruido sin mucha fortuna el meridional. Las restauraciones llevadas a cabo en 1964-65 y en 1979 han sido, y esto es triste, muy poco afortunadas. La primera, efectuada con excesiva, libertad anuló el carácter de albarrana a la torre de Cantalapiedra al añadir un cuerpo central que nunca había existido y en la de Arévalo, como ya hemos apuntado, se eliminó el friso de esquinillas de su alfiz.

Como en otros casos, la firma del restaurador dejó trazos irreparables en los monumentos restaurados. Quizá un día, en el futuro, seamos capaces de entender y, sobre todo, de hacer entender, que la prioridad debe ser conservar antes que restaurar. Casi siempre, el proceso de restauración lleva consigo una cierta aniquilación de la propia esencia del objeto repuesto. La puerta de Cantalapiedra en el recinto fortificado de Madrigal de las Altas Torres, es un buen ejemplo de cómo una perversa reconstrucción llegó a quebrantar uno de los más ingeniosos edificios militares de la Edad Media.
Lección de historia
Radio Adaja - 17/noviembre/2010
Fotografías cortesía de madrigal-aatt.net

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