20 abr 2010

UN GALLO EN EL MULADAR

Me encontraba leyendo una selección de cuentos de don José Jiménez Lozano, lectura que me atrevo a recomendar porque en sus cuentos destaca el valor de lo cotidiano; consigue ser la memoria de los pequeños seres; cuenta la vida que subyace a la gran historia, la que cuentan los grandes. Y de repente, surgió la noticia: dos águilas imperiales habían aparecido envenenadas en la Moraña. Algún ser humano, si así podemos llamarle, había envenenado unos cebos, y al comerlos, habían causado la muerte a dos individuos de una especie amenazada de extinción.
Por la noche, mientras dormía, soñé que era pino. Un gran pino albar, con una enorme y redonda copa. Firmemente enraizado a la tierra, de la que me sentía parte, a la que sentía en mi propia entraña. Mis ramas gruesas y nudosas llevaban la savia de vida hasta la última de mis hojas. Me encontraba en cierto modo solo. Los de mi especie estaban a una cierta distancia, formando una masa espesa, asemejando una enorme nube de color verde oscuro, asentada sobre miles de patas marrones y en el fondo, el azul del cielo. A través de mis raíces sentía que no lejos se encontraba el río, me llegaba el rumor de sus aguas, sentía que discurría entre los míos, mis compañeros del alma, los que todavía sobrevivían a la devastación de los hombres.
El viento trajo hasta mí rumores de una conversación; pude ver a dos águilas que volaban en lo alto del cielo. Dominaban con su volar pausado, sin agitar apenas las alas, planeaban sobre toda la superficie de terreno que su vista abarcaba. Por encima de la espesa masa de pinar, hacia la llanura labrada, sobre el río y su alameda. Pude distinguir que se trataban de una madre y su cría, en majestuoso vuelo disfrutando de la bonanza de la mañana. Ella, la madre, enseñaba a su vástago, un macho joven, lo que ella misma aprendió a su vez hace ya mucho tiempo. Le estaba enseñando a vivir.
Como el viento insistía en traerme su conversación, podía escuchar con claridad la misma. Madre, decía la joven cría, quisiera ser como el gallo del muladar, el que vive con los hombres. Con sus bellas plumas rojas como el fuego que rodean su pescuezo, y esas más oscuras que cubren su pechuga; con su cola tan elegante de plumas irisadas de verde y de negro, con su cresta que parece una corona. Hijo mío, tus plumas ahora no te parecen tan bellas pero serán hermosas y fuertes, con ellas podrás elevar tu vuelo hasta donde la vista del hombre no alcanza. Te llevarán por campos lejanos y con el tiempo tendrán una belleza sin igual, ten paciencia.
Madre, quisiera, como él, tener toda la comida al alcance con solo escarbar la basura con las patas, en lugar de volar todo el día sin saber lo que comeremos. Hijo, comerás lo que la naturaleza te ofrezca, el gallo tiene siempre las patas llenas de basura y come gusanos, insectos y granos que encuentra picoteando en el muladar, recuerda que los águilas no comen moscas.
Madre, quién será mi pareja cuando sea adulto, el gallo puede cubrir a todas las hembras de su especie que andan picoteando por el corral. Hijo, encontrarás sin duda alguien como tú, no sabrás ni quién es ni cómo hasta llegado el momento, y tendrás descendencia como yo y les enseñarás a vivir y les alimentarás y te llenarán de felicidad.
Madre, me gustaría cantar al amanecer cada mañana, cuando el sol despunte en el horizonte como hace el gallo sobre su muladar, con su hermoso canto y no este feo piar que ahora tengo. Hijo, llegará el día no muy lejano, que cuando tu voz suene lo hará con tanta fuerza que todos allá abajo en el llano sabrán que estás volando por encima de ellos. Sabrán de tu presencia y de tu fortaleza, el viento la extenderá por toda la llanura y hasta los pinos y las encinas se estremecerán al escucharla.
Madre, la vida del gallo es placentera, no le falta comida ni hembras; no pasa frío ni calor y las mañanas de primavera cuando el tibio sol de abril calienta su cuerpo, limpia sus plumas para que aparezcan más bellas. Tú, hijo mío, volarás sobre los pinos y las encinas y el sol calentará tu espalda; sentirás la brisa durante tus vuelos y la plenitud de energía que transmite y tu plumaje lucirá hermoso; cuando encuentres un árbol dominante te posarás sobre sus ramas más altas y limpiarás tus plumas con tu fuerte pico.
Madre, el gallo no tiene que temer al hombre, vive en su casa y éste le cuida y alimenta, no es su enemigo. Hijo, antes de que el gallo sea viejo, el hombre le sacrificará para comer su carne aún tierna y sabrosa, y en ese su momento postrero te preguntará: águila, ¿qué es la libertad?, y tú le dirás que hable con el viento.

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