15 mar 2010

LA LLANURA.

Pardo es el paisaje en otoño, ya casi invierno, cuando los primeros fríos llegan a la Tierra de Arévalo. Sobre todo en las madrugadas, ya contra la mañana, cuando ya se intuye que el sol está próximo a asomarse por el horizonte.
En esos momentos el frío penetra en los cuerpos, en las plantas y en todo cuanto esté esparcido por la llanura y queda una fina capa blanca, que se tornará en finísimas gotas de agua que harán brillar la hierba y los matojos en cuanto el sol, ya seguro en el horizonte comience a calentar el llano; en dura pugna con los sombríos, que como si guardaran un tesoro, luchan por conservar durante el mayor tiempo posible la fina capa blanca de hielo, y hay días que consiguen quedarse con ella durante toda la batalla que pareciera mantener con el sol, hasta que la llegada de la noche, su mejor aliado; saben ganada y comienzan una lenta pero progresiva reconquista del espacio. Y así día tras día, en una lucha perpetua en la que las victorias son momentáneas, o parciales, porque al día siguiente u otro más adelante, se perderá lo conquistado por cualquiera de los bandos, según la época del año, los vientos, las nubes y todo lo que entre ellos se mueve.
Más tarde, a veces mucho más tarde, llega toda la fuerza del invierno, y casi sin llamar la atención, un día, un buen día, la nieve comienza a cubrir la llanura, oculta todas las pequeñas hierbas, hace como de cristal los matorrales; cubre los surcos, hace aún más llana, más uniforme la enorme llanura. Y a lo lejos las montañas y los montes, aparecen con su eterno traje invernal, el gorro blanco sobre sus crestas, y faldones oscuros, rodeados de nubes grises, que parecen darles el fondo que el fotógrafo antiguo utilizaba en su estudio al capturar con su cámara a aquellos abuelos tan antiguos, a los soldados vestidos para guerras ya olvidadas y a aquellas familias tan numerosas que guardaban el recuerdo de papel, para que en el futuro sus sucesores se preguntaran con inquietud si aquellas caras eran consecuencia del momento de enfrentarse al objetivo o eran máscaras perpetuas de otro tiempo. Como si los antepasados fuesen de otra raza o que la vida que les tocó vivir les dejara su huella en el rostro, un rostro a la vez de asombro y de miedo, de seriedad, como si el sonreír estuviese prohibido o que no hubiese motivos para ello.
Luego, cuando el invierno deja paso a una anunciada primavera, y lo es, por las plantas y animales que en el campo habitan y en los que los hombres que saben fijarse, no todos, adivinan cuan próxima está la esperada estación. Es una eclosión de luz, color y vida. Y es más que una explosión pues surge por todas partes a la vez. Pero no como las explosiones que el hombre provoca. Pues la de la primavera nace de dentro de las cosas, de debajo de la tierra y se manifiesta en plantas y animales; las unas crecen casi a cada momento, cambian de color, tienden su calidez por la llanura, rebosan vida; los otros desde sus entrañas, mudan pluma y pelaje, aumentan sus trinos y sus muestras de vigor, de vitalidad.
Y es cuando el hombre de la llanura, lo siente; pero a la inversa, de fuera hacia dentro. Cuando la vitalidad, el optimismo y la alegría le rodean. Es cuando su corazón, su ánimo más íntimo recibe una descarga y parece resucitar de una larga hibernación, con lo que sus sentidos aprecian con mayor nitidez, perciben los matices más insignificantes, reparan en cosas, que en otra época del año pasan desapercibidas para él. Las fragancias aumentan en número y en intensidad, casi embriagadora. Los colores pugnan por sobresalir unos sobre los otros y los ruidos son más melódicos, rodean toda la extensión; batallan con la luz que todo lo inunda por llegar al más recóndito de los rincones.
Ahora es cuando la llanura muestra un inmenso abanico de color, de sonidos y de fragancias en toda su extensión. Es cuando el aire limpio y luminoso permite ver las montañas con la máxima proximidad, casi ofreciéndose a ser cogidas o más bien acariciadas por la mano del observador; que por encima de su cabeza encuentra un cielo tan despejado y tan limpio que se podría decir que es de un azul perfecto.
Pero la primavera, como todo en la vida del hombre de la llanura, no es eterna y deja paso o más bien avanza hacia el verano, cuando el ambiente muestra una sensación de ser la puerta de un gran horno, donde el calor impregna toda la llanura, agosta las plantas, acarra a los animales, que se pegan al suelo, y que parece que quisieran adentrarse hacia el centro de la Tierra, para poner distancia entre sus cuerpos y el sol abrasador que todo lo inunda y que solamente deja paso, sobre todo al atardecer, a grupos de nubes oscuras, grandes como montañas y que parecen portar en su interior una promesa de todos los males posibles y avisan con sus destellos y sus retrasados truenos de la carga que llevan. Como si fuesen amenazas de lo que podrían hacer con la llanura y todo lo que en ella habita.
Parecen decir que la destrucción más absoluta sería posible si ellas descargasen todo lo que llevan en su interior en ese momento. Y a veces lo hacen, creando el caos y la destrucción. Donde el agua, que es vida, se convierte en muerte para plantas y animales desprevenidos. Y la luz del relámpago calcina, y los estruendosos truenos asustan, inmovilizan la vida. Pero pasada la demostración de poder del grupo de nubes, que fueron creadas por el calor que el sol derrochó sobre la llanura durante la mañana, se retiran y vuelve el sol con fuerza limpiadora, se convierte en dueño y ocupa el cielo que se avista, tímidamente acompañado por pequeñas nubes retrasadas en su retirada. Y entonces el agua que fue muerte vuelve a ser vida y con el calor del sol se convierte en aroma que acaricia todo aquello que momentos antes sufrió su ira. Y el hombre del llano piensa que una gran mano que todo lo cubre, pasa de la ira al cariño y asiste perplejo a esa demostración de la naturaleza. Y si se fija detenidamente, puede ver cómo las plantas más pequeñas muestran su agradecimiento a la caricia recibida y los animales agradecen igualmente el calor húmedo que les entrega la naturaleza. Llega incluso el hombre a percibir en su cuerpo ese agradecimiento, se reconforta con el aroma húmedo que todo lo impregna y ese calor incipiente que reciben sus sentidos.
Transcurren los días y las noches hasta que llega el momento en el que las plantas empiezan unas a morir y otras a perder vitalidad. Quedan los animales abandonados por sus congéneres más viejos y ven que sus crías, que apenas hace un tiempo se asomaban a la vida, ya se defienden por sí mismos y comienzan a no necesitar de su ayuda protectora.
Mientras la llanura recobra su pardo aspecto, tan bello, tan íntimo. El hombre se pliega sobre sí mismo y al atardecer la llanura asiste a una demostración de todo el poder que la naturaleza tiene para maravillar. Comienza un espectáculo de explosiones de colores en el horizonte que parecen reflejarse en el cielo y en la tierra, cambian los colores y las nubes juegan a crear las más increíbles formas, como si de una representación de todas sus capacidades tuviese lugar. Con todo eso, el hombre del llano, solamente tiene que sentarse y disfrutar. Mirar en todas direcciones para llenarse de todo lo que sus sentidos perciben y que le hacen sentir el más firme convencimiento de ser parte de la llanura, y cuya misión no sólo es disfrutar de lo que en ella sucede, sino procurar cada día mantener las condiciones para que todo ese espectáculo del que disfrutar, pueda seguir así para él y para el futuro, y que sus hijos hagan lo mismo para sus sucesores y así hasta el final de los tiempos.

Fabio López

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