1 ago 2013

Los pobres de pedir

    Muchas veces cuando ya habíamos jugado a todo, jugábamos al final a los pobres que era lo más difícil, porque a lo mejor nos entraba de repente la compasión.


    Nos poníamos unas ropas viejas y cogíamos un saco para echárnosle a los hombros y salíamos a pedir. Hacíamos como que llegábamos a la puerta de una casa, y decíamos:

    – ¡Una limosna por amor de Dios!

    Y entonces a veces nos decían:
    – ¡Dios le ampare, hermano! –y no nos daban nada.
    Pero en otras casas nos daban un botón o unas recortaduras de patatas, o unas ortigas, que eran como si fueran berzas, y las mondajas como si fueran recortaduras de tocino. Y entonces decíamos:
     – Dios se lo pague.
     Y, cuando ya teníamos unos cuantos botones y muchas ortigas o mondas de patatas, íbamos a la posada y preguntábamos si podíamos acostarnos allí. Y decía la posadera:
     – Vale dos duros.
     Y la dábamos dos botones. Y luego preguntábamos:
     – ¿Y podría usted guisarnos estas viandas que traemos?
     Pero la posadera decía:
     – Ésas son porquerías para los cerdos.
     Y nos las cogía y las tiraba. Así que entonces sacábamos otro botón para pagar la cena, y la posadera nos ponía un plato en una mesa y comíamos al pozo. Y ella decía:
    – Antes de comer, se reza.
    – Sí, señora –decíamos nosotros.
    Y nos poníamos a rezar. Pero cuando ya estábamos rezando, se presentaban los guardias y decían:
    – Quedan ustedes detenidos.
    – ¿Qué hemos hecho? –decía unos de nosotros.
    Y respondía un guardia:
    –Porque son ustedes pobres, y resultan peligrosos.
    Entonces intentábamos escaparnos, pero decía la posadera:
    – Eso no vale. Os tenéis que dejar llevar a la cárcel como los pobres de verdad, que es como es el juego.
     De manera que los guardias sacaban del bolsillo una cuerda y nos ataban las manos, y así nos llevaban a interrogarnos que es lo más bonito porque contábamos la vida de pobre que teníamos y el hambre que pasábamos, y de dónde éramos, y el frío de los inviernos sin un techo donde guarecernos y sin tener a nadie en este mundo que nos amparase. Pero a veces, ya digo, nos entraba a lo mejor entonces, la compasión, y los mismos guardias decían:
    – ¡Bueno, bueno! ¡Que no se vuelva a repetir, y a ver si dejan ustedes de ser pobres!
    Y nosotros contestábamos:
    – ¡Sí, señor! ¡A ver! 
José Jiménez Lozano

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