MARÍA ANTONIA DEL RÍO ARNEDO
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Iglesia-Convento de Santa Rosa, en
Arequipa, donde
reposan los restos mortales de María
Antonia del Río.
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MARÍA ANTONIA DEL RÍO ARNEDO
-AREVALENSE ILUSTRADA-
-Adolfo Yáñez-
La
amnesia es una enfermedad muy extendida en España y de la que tampoco las
gentes de Arévalo nos vemos libres. ¿Cómo explicar de otro modo el olvido absoluto
en el que tenemos a muchos paisanos que, por lo que fueron o por lo que
hicieron, merecerían ser recordados siempre con orgullo y hasta con afecto?
Hoy
quiero evocar brevemente en estas páginas la figura de una insigne arevalense
que, cuando el analfabetismo imperaba en la sociedad y se cebaba con especial
virulencia en las mujeres, alcanzó notables cotas de ilustración. No sólo
utilizó con soltura el propio idioma, sino que estudió lenguas extranjeras de
las que tradujo obras que aquí obtuvieron luego, gracias a ella, gran éxito
editorial. Dispuso de coraje para enfrentarse a los poderosos. Supo ser
excelente esposa y excelente madre. Reunió una magnífica biblioteca y ese amor
suyo por los libros se lo inculcó a hijos que acabarían siendo gloria de la
cultura española. Uno en particular, Luis de Usoz y Río, gozó de erudición, fue
admirable editor, famoso hebraísta y ferviente cuáquero, colaboró con Jorge
Borrow en la introducción del protestantismo en España y acrecentó la valiosa
biblioteca materna llegando a reunir cerca de diez mil volúmenes antiguos que
hoy se conservan en la Sección de Libros Raros de la Biblioteca Nacional.
María-Antonia
nació en Arévalo el 1 de octubre de 1775. Era hija de Lorenzo del Río y Dávila,
regidor perpetuo de nuestra ciudad (al igual que sus ascendientes los Río
Ungría) y de Martina Arnedo y Ximénez de Antillón. La educación que recibió en
su ciudad natal, como acabo de indicar, era poco frecuente en las mujeres de la
época y la complementó con lecturas en francés, por lo que, siendo todavía
adolescente, se impregnó de valores próximos al ideario ilustrado de pensadores
como Rousseau.
A
la muerte del progenitor, marchó con su madre a Madrid, donde tradujo por
primera vez al español una novela del marqués Jean-François de Saint Lambert, filósofo
y amigo de autores “malditos” como Voltaire, D´Holbach, D´Alembert o Diderot.
Se trataba de un creador liberal, materialista, adicto al enciclopedismo y ateo,
aunque de cara a la galería adornase sus ideas con vagos deísmos. La obra de
Saint Lambert que tradujo María-Antonia (propia de la Francia
prerrevolucionaria) tuvo que ser un tanto edulcorada por ella para que pudiese
pasar la inflexible censura de una España en la que los vetos inquisitoriales
impedían cualquier atrevimiento ideológico. Pero la joven arevalense, que no
había cumplido todavía los veinte años, salió triunfante de esta inicial aventura
literaria y, con posterioridad, acometería nuevas traducciones de Jeanne-Marie
Le Prince de Beaumont. También dio a luz escritos propios.
Casó con José-Agustín de Usoz y Mozi, hijo de un
oficial de la Contaduría General de Indias y graduado en Leyes. El año mismo de
su enlace matrimonial, el marido obtuvo una plaza como Oidor en el Tribunal de la
Real Audiencia de Charcas, en el Río de la Plata, y la pareja se dirigió hacia
Chuquisaca, en el sudeste de la actual Bolivia. A lo largo de doce años, allí
disfrutaron de una existencia apacible en la que María Antonia del Río se
dedicó, ante todo y sobre todo, a ser esposa y madre, pues le nacerían cuatro
hijos: Mariano (que perteneció luego en Madrid a la Junta Directiva de la
Sociedad para propagar y mejorar la educación del pueblo), Luis (del que he
hablado más arriba), Santiago (protestante, como Luis, anglófilo, polígrafo y
catedrático en Compostela) y María-Francisca Usoz y Río.
Nuestra arevalense no volvió a traducir obras de
envergadura, pero efectuó traducciones menores, leyó mucho y publicó artículos
en el primer periódico de Buenos Aires, El
Telégrafo Mercantil, bajo un significativo seudónimo, “La amante de su
patria”. Fueron trabajos en un medio en el que también colaboraban personajes como
Manuel Belgrano, Domingo de Azcuénaga o Pedro Cerviño.
Los
testimonios que nos han llegado sobre María-Antonia por parte de quienes la
conocieron en Chuquisaca nos hablan de una mujer sociable, enamorada de su
esposo al que cuidará con esmero en su deficiente salud, defensora de un modelo
de mujer abierta igual a la honradez tradicional que a la instrucción más
moderna y avanzada, atenta a los avatares políticos de España y a los aconteceres
del Virreinato de la Plata. Cuando el marido cayó en desgracia y fue destituido
por el general Goyeneche, ambos debieron abandonar en 1810 su confortable
posición social y partieron hacia el destierro. Serían ya los últimos años en la
vida de la arevalense, años llenos de penurias, persecuciones y enfermedades.
Recorrerán sucesivamente Oruro, Sicasica, Caracato, La Paz, Paria, Cochabamba y
Arequipa, ciudad en la que María-Antonia murió el 3 de junio de 1815 y donde
fue sepultada en la iglesia de las monjas dominicas de Santa Rosa, junto a la
reja del coro. Allí siguen los restos mortales de esta olvidada paisana que
supo ser inquieta y culta, educadora de hijos que alcanzaron consideración
internacional, una paisana fiel a valores que podríamos considerar eternos y
adelantada a su tiempo en conceptos que, al parecer, ahora acaban de descubrir
con siglos de retraso muchas vociferantes feministas de nuestros días.
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