20 may 2010

Bajo el Scriptorium

La mentira, hablando con propiedad, es la ignorancia, que afecta al alma del que es engañado;
porque la mentira en las palabras no es más que una expresión del sentimiento que el alma
experimenta; no es una mentira pura, sino un fantasma hijo del error.
(Platón-La República o el Estado)

Como al nervioso mono, aquel de la fábula, al que pusieron un sable afilado en cada mano, y, azuzado por gritos e improperios, acabó destrozando hasta su propia jaula, así podemos decir de aquel a quien ponen pluma en la mano y, al poco, la rompe, por apretar tanto en su escritura y por su poca maña en esas lides. Termina garabateando con un pobre carboncillo, un carboncillo que le sirve para emborronar resmas de forma descuidada, desmedida.
Concluye escribiendo cualquier cosa. Sin orden, sin concierto, sin ideas, sin normas. Ensimismado, tan sólo, por su “ego” insaciable. El “yo” es su palabra perfecta y más usada. Nada escapa a los conceptos de lo “mío”, “a mí”, “por mí”.
Nada dice, nada aclara, nada añade. Y con su mediocre nihilismo aparenta simular una inope sapiencia. Incardina frases sin sentido; palabras inconexas, mal escritas; retóricas de tópicos preñadas; historias sin luz, sin armonía, sin final, sin moraleja. Arrastra entre su verbo viscosa adulación, invento artificioso y anodina fanfarria.
Pertenece, pues, a esa insubstancial nada, que nada nos aporta y que a nada nos lleva.
Al final, allí queda. Él sólo y apartado; amigo de sus vicios, amigo de su espejo. No atiende razones, no escucha consejos. Se alimenta tan sólo de su propia ignorancia.
Dejadle allá en su mundo, en su mundo sinuoso, oculto, insulso, endeble. Nada podemos hacer por redimirle, es su forma de ser, es… su destino.
Juan C. López

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