9 abr 2011

El mes más traicionero

Aunque parezca mentira, me acuerdo yo de abriles peores que éste; incluso si caía la Semana Santa ya muy alta. Me acuerdo yo de haber visto las flores de los almendros convertidas en ceniza de un día para otro, y una helada la noche del Jueves al Viernes Santo, con una luna alta y reluciente como un hacha, que parecía el mes de enero. "Que Dios nos libre de quedarnos sin amparo y de una mano airada", me acuerdo yo que dijo mi madre aquella noche cuando volvió del establo de por un poco mas de paja para la lumbre, recién caído el sol, con el cielo ya raso y un cierzo que cortaba.
Al día siguiente, cuando mi madre nos despertó, de madrugada, para ir al sermon de la Pasión, todo estaba blanco por la escarcha como un sudario, aunque parecía Navidad; y como si amaneciese sangre, de rojo que salía el sol. Me acuerdo que tiritábamos de frío al levantarnos y que nos tuvimos que poner un jersey encima de otro. Pero así nos fuimos a la iglesia sin darnos siquiera una calentada con las tamujas, que hacen tanta llama y, luego queda una brasa tan calentita, como hacíamos otros días cuando nos íbamos a la escuela, porque ese día de Viernes Santo no se encendía la lumbre en nuestra casa, ni tampoco se comía caliente.
Todavía la estoy viendo a mi madre sentada en una silla baja delante del hogar, dando vueltas con la badila a la ceniza de la noche antes para que se apagase del todo, y a mi hermanilla y a mí mismo allí a su lado, señalando con el dedo los rescoldillos que todavía quedaban y brillaban, tan rojos, durante un momento, hasta que se los mataba con las tenazas: "¡Anda, anda, calentaos un poquillo!", decía mi madre antes de golpear en ellos. Y poníamos allí nuestras manos ateridas un instante y luego nos las frotábamos muy fuerte, y mi madre nos las ponía entre las suyas. Pero era como si no nos calentásemos, porque sabíamos que ese día no nos teníamos que calentar porque había muerto Dios. Y mi madre metía en seguida esas ascuillas entre la ceniza muerta, y, cuando ya no se veía relucir ni una chispita como si fuera un ojo muy pequeño, iba amontonándola contra el humero: era como una sepultura, y nos parecía que Dios estaba allí enterrado. Tenía la misma forma que la tierra de la sepultura de mi padre en el camposanto; aunque no sabíamos a ciencia cierta en que parte y mirando hacia donde estaba enterrado, y, entonces, habíamos hecho un montón de tierra contra la cruz de hierro que le habíamos comprado y en la que estaba escrito su nombre.
Mi madre rebanaba bien toda la ceniza del hogar, y luego pasaba la escobilla; y, al final, mi hermana Rosa y yo hacíamos con el dedo una cruz sobre el montón. Ella hacia el trazo de arriba para abajo por ejemplo, y yo el atravesado. O al revés, ya no me acuerdo. Y mi madre decía: "Ya está ¡Pobrecito!". Y se la saltaban las lagrimas. O también decía a lo mejor: "Si Dios mismo murió, como no vamos a morir nosotros?". Y nos santiguábamos los tres, lo mismo que ante la tumba de mi padre.
Luego, nos lavábamos y nos poníamos la ropa de los domingos, y mi madre, su vestido negro de siempre, desde que yo la he conocido y tengo uso de razón; y desayunábamos deprisa unas cuantas aceitunas negras y un poco de queso con un trozo de pan, y nos íbamos al sermon de la Pasión. El viento era como si te clavaran alfileres en la cara, y sólo ya casi al mediodía, con el sol ya algo fuerte, se oía cantar al cuco, que no la gustaba nada a mi madre su cu-cú, porque decía que era como si el maldito pajarraco se estuviera riendo de todo y de nosotros mismos.
Ese día no salíamos a jugar y nos sentábamos los tres allí a la lumbre muerta, quietecitos y en silencio, hasta que era la hora de comer otras cuantas aceitunas y un poco de pescado, y luego ya al anochecer, teníamos que ir también al sermon de la Soledad y a la procesión del Entierro, con las velas encendidas que llevábamos, que era muy bonito. Y al volver a casa, nos despedíamos de la lumbre persignándonos y rezando un Padrenuestro, y nos acostábamos en seguida, tan contentos, después de haber ayudado a mi madre a traer la paja y las tamujas y unos cuantos cándalos pequeños para la lumbre del sábado de Gloria. Y mi madre decía entonces: "¡Si viviera vuestro padre!"; porque al día siguiente íbamos a desayunar sopas de ajo con torreznillos o chocolate con picatostes, no sabíamos bien cual de las dos cosas, que eran las que más le gustaban a mi padre en este mundo.
Pero de todas maneras mi madre se ponía luego también contenta, porque ya nos las arreglaríamos, si Dios quería, iba diciendo, mientras se quitaba el pañuelo de la cabeza y sonreía. ¿Cómo no me voy yo a acordar de aquellos marzos y abriles? Que no he conocido yo que por aquí hayamos tenido muchas primaveras, y sobre todo el mes de abril es el más falso y traicionero.
José Jiménez Lozano

2 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Qué preciosidad! ¡Cómo a cambiado el mundo! O quizás no tanto.

Un beso

Luis dijo...

Tamujas, cándalo, badila, qué palabras y cuánto han cambiado nuestras costumbres en poco tiempo. Creo que pocos jóvenes sabrán lo que es un cándalo o para que sirve una badila. Ciertamente nuestra sociedad ha cambiado, nos hemos apartado definitivamente de la naturaleza. Por eso nos estorban los pinares y queremos que desaparezcan, porque ya no los utilizamos como antes: Resina, leña, tamujas, piñones, piñas, serojas, roñas, teas… Antes se utilizaba todo del pinar y por eso tenía valor, ahora nos estorban y queremos convertirlos en urbanizaciones, graveras, campos de golf, cualquier cosa menos conservarlos como lo que son: bosques llenos de vida.
Lo que no ha cambiado es que en abril sigue cantando el cuco y que es un mes traicionero. Gracias señor Jiménez Lozano por recordarnos que esas palabras existen y que forman parte de nosotros.