6 oct. 2011

El negocio de las sábanas blancas


JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO
Hace bastantes años, unos periodistas norteamericanos decidieron echarle una mano a una tribu de indios en cuyas tierras iba a instalarse una gran industria más bien polucionadora, y se las prometieron muy felices con su proyecto de una serie de emisiones televisivas en las que se diese la palabra a esos indios. Estaban seguros esos reporteros de que las gentes comprobarían la racionalidad de la oposición y su superioridad ética. Pero esto es soñar despiertos, como luego averiguaron.En esta transmisión, aparecieron, pues, unos jefes indios, vestidos a su usanza naturalmente, que razonaron e incluso hicieron un canto lírico de una gran belleza en torno a la sacralidad de la naturaleza y al respeto que había que tener a sus leyes; y, a seguido, vinieron también los promotores de la famosa industria, unos señores perfectamente vestidos al estilo altos managers o ejecutivos, con sus carteras de cuero negro, que siempre impresionan mucho, y mucha sonrisa, un montón de tolerancia, comprensión y amistad hacia los indios, y otro montón de deseos y proyectos de mejora en el nivel y la calidad de vida de las gentes no indias y mayoritarias del entorno, con la inevitable promesa de trabajo abundante y bien pagado; y naturalmente convencieron en una proporción de ciento a uno a los telespectadores. Especialmente porque es imposible -y además no puede ser, como decía El Gallo- que reflexiones de cierta entidad espiritual pasen por la pequeña pantalla, ya que no pueden encarnar el mundo al que se refieren en imágenes sugestivas, mientras que los partidarios de los proyectos en cuestión bajaban de flamantes coches, y mostraban casas relucientes con toda la última chismería técnica, útil o inútil, y gentes que vieron la emisión televisiva de la que vengo hablando votaron a favor de la industria polucionadora, porque significaba progreso y bienestar. Los indios perdieron el pleito de la opinión pública y los periodistas bienintencionados comprobaron que el tiro les había salido por la culata.Nuestro discurso público, y no solo en el ámbito de la política, funciona enteramente como el retablillo de Maese Pedro de Cervantes. Tal retablillo consistía en una sábana blanca, pero Maese Pedro iba contando la historia que allí debía verse, y, si alguien no lo veía, eso era porque era hijo de no buena madre o venía de casta no limpìa; y el invento parece que venía funcionando. O funcionó por lo menos hasta que un rústico, en un momento dado, se lió la manta a la cabeza, y dijo allí mismo, en el corral de comedias, que él sería todo lo que quisieran Maese Pedro y los demás, pero no veía nada. Solamente una sábana blanca. Y el negocio se arruinó. 

Pero lo que ocurre ahora es que se nos educa para que veamos en la sábana blanca lo que nos dicen que tenemos que ver, y, si no lo vemos somos anti-modernos, que es lo peor que se puede ser, y un síntoma terrible de tener el equilibrio psicológico descompensado.

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