El vuelo de la avutarda
Las bajas de última hora nos impidieron llegar al centenar para participar en el paseo programado por la estepa cerealista. Al paisaje ondulado se sumó la brisa y así crear el efecto de olas en el mar de cereales, en aquellos que van alcanzando una cierta altura, en un año que se presenta, al menos de momento, con una magnífica cara. Pero por estas tierras, suele decirse sobre la cosecha que no has de fiarte ni cuando está en la era, que de todo se ha visto.
Las encinas (Quercus ilex)
que han sobrevivido entre tanto labrantío, parecen puestas allí por
una suerte de pintor paisajista.
Desperdigadas por las suaves lomas, pequeños cerros y lejanos collados lucen entre las numerosas fincas de una gama cromática con el verde como tema principal, solo rota por los pardos barbechos o el de las tierras esperando simiente, tal vez girasol, y las manchas amarillas de colza. Destacando el renegrido verde de la encina con elegancia y transmitiendo serenidad al observador. Todo ello bajo un cielo velazqueño, inmejorable marco sobre el que vislumbrar los vuelos de una larga relación de aves. Desde el hiperactivo vuelo del cernícalo primilla (Falco naumanni) que cernido, de ahí su nombre, sobre un campo de cebada observa atentamente tal vez una posible presa, a las evoluciones del milano negro, del milano real, del aguilucho cenizo o del aguilucho lagunero. Vuelo más pausado el del águila calzada a más altura, y no lejos de allí el águila culebrera. Las cornejas evolucionan apareciendo como pequeñas manchas totalmente negras.
Desperdigadas por las suaves lomas, pequeños cerros y lejanos collados lucen entre las numerosas fincas de una gama cromática con el verde como tema principal, solo rota por los pardos barbechos o el de las tierras esperando simiente, tal vez girasol, y las manchas amarillas de colza. Destacando el renegrido verde de la encina con elegancia y transmitiendo serenidad al observador. Todo ello bajo un cielo velazqueño, inmejorable marco sobre el que vislumbrar los vuelos de una larga relación de aves. Desde el hiperactivo vuelo del cernícalo primilla (Falco naumanni) que cernido, de ahí su nombre, sobre un campo de cebada observa atentamente tal vez una posible presa, a las evoluciones del milano negro, del milano real, del aguilucho cenizo o del aguilucho lagunero. Vuelo más pausado el del águila calzada a más altura, y no lejos de allí el águila culebrera. Las cornejas evolucionan apareciendo como pequeñas manchas totalmente negras.
En el cerrete donde se encuentra el Torreón de los Piteos, con un gran número de conejeras a un lado y otro
del camino decidimos almorzar. Allí en el alto y al abrigo de los últimos
restos del despoblado medieval, queda apenas una argamasa de cal y canto,
mampostería de la que un ya lejano día fue fortificación, degustamos el
almuerzo mientras conversamos de furtivismo y mezquindad humana, pero eso será
tratado en otra crónica.
Ante nuestros ojos se extiende la llanura casi infinita, estepa cerealista con la visión cercana, por efecto de la luz en el llano, de Rasueros, Horcajo de las Torres, Mamblas más próximo, Madrigal de las Altas Torres un poco más allá, la torre de Castellanos de Zapardiel, Barromán con su imponente iglesia incluso a esa distancia, Cabezas del Pozo, Bernuy y Cisla, y el serpenteo del río Zapardiel encintando todo el paisaje, con su armoniosa línea de esbeltos chopos. A nuestra espalda San Cristóbal de Trabancos, El Ajo y Flores de Ávila.
Pasamos el arroyo
del Calamón cuando ya he dejado de apuntar nombres en la libreta. No quiero
distraerme de la magnífica vista que se muestra generosa y plena de belleza,
sencilla sí, pero deslumbrante. Hemos perdido la cuenta de la gran cantidad de
perdices que salen apeonando a nuestro paso, puede que sorprendidas al ver
humanos que ni las disparan ni las persiguen. Alguna más desconfiada nos muestra
su vigor lanzando un vuelo que la lleva a una ladera más alejada, dejando una
prudente distancia entre nosotros y ella. Hermosos colores los de su plumaje,
encendidos de rojo que destaca con la luz de una mañana tan luminosa. Intento
guardar en la retina y almacenar en mi cerebro luces, sonidos, aromas, colores,
sensaciones, cualquier cosa me sirve con tal de tener algo que ofrecer a Mister Chisp a nuestro regreso, pues sé
que espera ansioso que le contemos la correría.
En la plaza del
Arrabal, lugar habitual de nuestros encuentros, dispusimos las caballerías una vez
contados los efectivos. Al llegar a San Cristóbal de Trabancos, después de
haber ponderado la magnífica mañana, por climatología y expectativas se
refiere, que ante nosotros se nos presentaba. En este pueblo nos estaba esperando El señor de los Infiernos, esta vez
acompañado por su señora María Diablesa.
Grandes personas, de una humanidad imposible de cuantificar. Allí junto a la
iglesia mudéjar del pueblo antes llamado Cebolla, nombre que personalmente
prefiero pues me recuerda no solo al bulbo que tanto bien hace a los guisos y ensaladas y que tanto hambre ha mitigado acompañada de un "coscurro" de pan en un tiempo no tan lejano como a veces nos parece,
sino que además me recuerda a las nanas que compusiera el poeta alicantino y
cantara un catalán, el hijo de Josep y Ángeles; allí, digo, esperaban con dos cernícalos
primilla que ya habían estado observando y que tienen su nido en la cubierta de
una iglesia de bello ábside mudéjar o románico de ladrillo como le gustaba
decir a un viejo amigo mío, y a la que perpetraron una reforma no hace tanto tiempo que debería
figurar en los anales de las barbaridades que los técnicos más cualificados son
capaces de realizar. Pese a ello, merece la pena disfrutar de la armoniosa
disposición de los arcos de su cabecera, la elegante decoración de los frisos
en esquinilla, disfrutar de la sencilla belleza del rojo ladrillo y la cal, de la justa proporción de los volúmenes, incluso fijándose con más
detenimiento se puede apreciar el lugar exacto que ocupaba la primitiva
cubierta y hacernos una más ajustada idea de las dimensiones originales del
templo. Pero no es el único de la zona que merece la pena ser visitado. Es algo
que podemos alternar en nuestra visita a estas tierras: Arte y Naturaleza; pues
de todo ello hay.
De allí nos
encaminamos hasta las proximidades de una vaquería, para sorpresa de su
propietario al ver llegar a tan nutrido grupo. Intercambiados los correspondientes
saludos que la cortesía y la buena educación hacen obligatorios, comenzamos a
instalar los aparatos de observación. Pues en la loma más cercana, en la ladera
orientada al este y calentada por los rayos primeros del día, un grupo de una
treintena de avutardas caminaba por la misma, atentas las hembras a la
evoluciones de dos machos, que en un alarde propio de su sexo, haciendo la
rueda amatoria para exhibir su plumaje y convertirse en casi perfectas bolas de
plumas, intentaban captar su atención. No muy lejos de allí un joven macho,
inexperto por otra parte, intentaba en vano hacer lo propio, pero la
ubicación no era la más correcta y las dos o tres hembras que estaban más
cercanas a él, decidieron buscar algo más interesante. Las hembras deciden.
Y hablando de
fidelidades al nido, como le sucede a la cigüeña, o de fidelidades a la pareja
como ocurre con la golondrina vamos caminando de forma pausada mientras
observamos en el suelo las huellas de algún zorro, de una garduña, animal de
tamaño similar al gato y con un babero blanco, incluso aparecen las de un joven
jabalí a juzgar por el tamaño que sus pezuñas han dejado en el suelo embarrado
fruto de las recientes lluvias, todo ello por indicaciones de Luisjo el de los Bichos y de El señor de los Infiernos que se las
saben todas; mientras comienzan a mostrarse las primeras perdices, que
sorprendidas salen apeonando delante de nosotros y se pierden en los barbechos y sembrados. Una
liebre salta de la cuneta asustando a más de uno, pues nunca sabes por dónde va
a saltar este lepórido.
Y de pronto,
sobrevolándonos a escasa altura una avutarda con su majestuoso vuelo, pleno de
elegancia, pese a su enorme peso. Un batir de alas pausado pero enérgico,
rebosante de vida. Si bello resulta ver sus evoluciones en tierra, sobre todo a
los machos realizar la rueda, no lo es menos presenciar el vuelo de cualquiera
de ellas a esa distancia, con ese tamaño. Ya nos podíamos volver a casa después
de lo que habíamos podido ver apenas comenzado el día, pero nos quedaba toda
una hermosa mañana de primavera entre el río Trabancos y el río Zapardiel para
disfrutar de ella, y nosotros educados, no nos gusta despreciar lo que la
Naturaleza tan generosamente nos ofrece.
Fabio López
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