12 nov 2008

Maximiliano Clavo "Corinto y Oro"

EN RECUERDO AL AREVALENSE MAXIMILIANO CLAVO

La noticia del fallecimiento de nues­tro admirado e ilustre paisano Maxi­miliano Clavo, ''Corintio y Oro", nos produjo al conocerla, tardíamente, hondo y sincero pesar. Fue un areva­lense muy destacado en varios e im­portantes sentidos para que su óbito pase envuelto en la vulgaridad y la turbamulta de los hechos humanos.
Recordemos, con exclusividad, a Maximiliano Clavo arevalense, en pri­mer término; después, autor destaca­dísimo en una labor periodística espe­cializada en la crítica taurina.
Era un hijo de Arévalo excepcional. Nuestra ciudad constituía para él uno de sus amores apasionados. Quería a su pueblo con frenesí desbordante.Ornaba sus piedras, sus plazas, sus ca­lles, sus ríos, sus alamedas, sus cos­tumbres, sus características, el aire y el sol que envuelven a la ciudad, el ámbito entero y sin limitaciones, y también a las gentes nacidas en este lugar, no sin eludir, con elegancia, distingos de categorías sociales o de otros encasillados específicos.
Cuando una vez me entrevisté en Ronda con el que fue muy popular matador de toros Cayetano Ordóñez, “El Niño de la Palma”, inmediatamen­te después del saludo, el rondeño me elijo encendido en la remembranza:
—Usted es de Arévalo, ¿verdad? Conocerá, por supuesto, a "Corinto y Oro”.
—Mucho—respondí.
—No he visto —agregó Cayetano— un hombre tan amante de su pueblo; para él, Arévalo es lo mejor del mundo.
Esto bastó para reafirmar la creen­cia que ya tenía yo, por supuesto, del profundo y ardoroso arevalensismo de Maximiliano Clavo. Y no sólo lucía este amor a la tierra nativa en su voz tan aderezada siempre de atractiva elocuencia, singular euforia y conta­giosa simpatía, sino por imperio de su pluma, en cuanto la menor ocasión le era propicia. Es más, a pesar de larga ausencia del lugar nativo, conservaba los giros, frases y modismos de la conversación, dichos y palabras de peculiaridad arevalense, y en cuanto advertía ciertos desfallecimientos hacía una escapada a Arévalo, porque, él de­cía, y no sin razón, que nada sienta mejor al cuerpo y al espíritu decaí­dos que el aire natal —al decir "aire" no sólo se refería al fluido elástico que respiramos, y sí también al am­biente en general, gentes y cosas do­tadas de exclusivas particularidades—. Esta fidelidad natural y sentida le sal­va de esa deslealtad de otros hom­bres, que en cuanto el menor viento propicio les eleva sobre la masa multíciple de los mortales pierden la vis­ta, en las alturas, hasta de lo que fue razón y principio de su existen­cia.
Maximiliano Clavo, en su dualidad de nombre y seudónimo, "Corinto y Oro", fue, a su debido tiempo, el re­vistero taurino de mayor solvencia y popularidad. Esto de ser cima pre­ponderante en una profesión tan ardua y trabajosa cual es la periodística, de­mostrando brío victorioso, inteligencia extraordinaria, luz y personalidad pro­pias, es un mérito que no está al al­cance de todas las personas y para cuyo ensalzamiento personal son ne­cesarias muchas dotes que no es pre­ciso especificar. Lo cierto es que nues­tro paisano fue un verdadero maestro en la, crítica taurina y en el periodis­mo español en general. Ello basta.
Arévalo, tan sensible siempre a sus propios y aun extraños aconteceres, sabe que perdió un hijo dilecto. Y que otro nombre, entre los que fueron arevalenses destacadísimos, pasa a ocupar su puesto en la eternidad de la Historia.
Descanse en paz nuestro querido paisano. A él —y a nosotros— le hubiese cumplido más el reposo perpetuo bajo la tierra amorosa del campo santo de Arévalo, frente a la antigua y mo­numental proa de la ciudad adorada, con la vigilancia, en armas de verdo­res esperanzados, de los firmes cipreses perfilados por el fino y claro ambiente de la meseta castellana en libertad absoluta de inmensidades.
Julio Escobar
Diciembre de 1955

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