12 jun 2019

Textos e imágenes del homenaje a Marolo Perotas


El pasado domingo, 9 de junio de 2019, La Alhóndiga rindió un homenaje al Escritor Arevalense Marolo Perotas Muriel, y lo hizo recorriendo en un agradable paseo algunos de los lugares sobre los que escribió.

Estos son algunos de los momentos vividos y los textos que se leyeron:

Juan Carlos López Pascual, presidente de la Alhóndiga, presentando el acto en la explanada del Castillo



Juan Carlos López leyendo a Marolo Perotas en la explanada del castillo.

 Arriba y abajo, asistentes al homenaje en la explanada del castillo.
1.    El puente del Cementerio.
Para subir a nuestra bella y evocadora necrópolis, necesariamente hay que cruzar el discutido y arenoso Adaja, atravesado por un milenario puente lla­mado antiguamente «Puente Plano», por abrazar la planicie la mayor parte del barrio de San Esteban, iglesia desapare­cida en el siglo XVI, y que estuvo situa­do en lo que es hoy matadero municipal; después, se denominó de Valladolid, por ser el camino más recto para ir a la ciudad del Pisuerga, y en los tiempos que corremos le conocemos los arevalenses por el del Cementerio.
      2. El Cementerio.
Desde este arcaico y melancólico puen­te, lleno de lágrimas, de suspiros y de las afecciones más puras, se ve como una grandiosa maceta el Cementerio Mu­nicipal. Sus alineados y puntiagudos ci­preses se asoman por las albardillas de las rebajuelas tapias para recordar a los vivos la eterna mansión de los muertos.
Ricardo Gómez Tobar leyendo un fragmento de Marolo Perotas en la explanada del Castillo.

Fabio López Sanz leyendo junto al castillo.

      3. El puente del Ferrocarril.
Las   obras  co­menzaron  en  junio  de  1863   y  fueron dirigidas todas ellas por el competen­te ingeniero, también  francés, don Santiago  Bergoñé.   La  piedra de sille­ría la trajeron en rústicas vagonetas de las inacabables   canteras   de   Ávila y Mingorría. Los  peones  ganaban  "30 cuartos"  de  sol a sol, equivalentes a 88 céntimos, y "para   descansar" después   del   corte, volvía a pie a sus  respectivos  pueblos,  que lo eran Rapariegos, San Cristóbal, Montejo, Donhierro, Tornadizos, Espinosa y Ór­bita. De Arévalo trabajaron diaria­mente unos 70 jornaleros.
El robusto y distinguido puente consta de cuatro arcos de medio pun­to. Los dos de en medio tienen 31 me­tros de luz por 25 de altura a la su­perficie del agua. Los pequeños de los extremos, 13, y la longitud total de la admirable fábrica es de 127 me­tros aproximadamente.
Segundo Bragado en su primera intervención junto al castillo.

Víctor Coello Cámara leyendo en la bodega de Perotas.

      4. Mi bodega.
La Bodega, tiene catorce metros de profundidad descendiéndose a ella, por una  escalera suave y tendida, ligada a una rampa de veintidós metros de longitud.
La solidez de sus arcos y machones y los techos abovedados y revestidos de cal  y ladrillo, acreditan la construcción del siglo XV a cuya época se remonta -según los arqueólogos- la tétrica y legendaria guarida.
A la muerte de mi señor padre, Don Alfredo Perotas Prado, ocurrida el 9 de Julio de 1.935, el cronista se hizo cargo de la Bodega, manteniendo con la constancia y fuerza de voluntad de que somos capaces, el ritmo acelerado y progresivo que supo impri­mir y sostener mi querido e inolvidable antecesor.

Arriba y abajo, asistentes al homenaje junto a la bodega de Perotas.
Arriba y abajo, un momento del homenaje junto a la bodega de Perotas.

 5. La calle de Santa María a San Miguel.
Esta calle semirrecta y artesana, si­lenciosa y vetusta, está enclavada en el corazón del Arévalo viejo, y tomó el nombre genérico hace muchos años de las ciclópeas iglesias que la escol­tan.
(…)

La calle termina en la iglesia de San Miguel, de cuyo templo haremos la descripción en otra evocadora crónica.
Luis J. Martín leyendo un fragmento de Marolo Perotas sobre la calle de Santa María a San Miguel, junto a la iglesia de San Miguel.

Juan carlos López Pascual leyendo junto a la casa donde vivió Evaristo "el ciego".

      6.  Evaristo, “el Ciego”.
De repente retumba en el rebajuelo techo la voz potente y alargada de Evaristo “el Ciego”: ―¡Aprovechen, caballeros, que les va a tocar el gordo! 
Una perrita negra, de raza indefinida, tira de la cadenita ligada al collar y, sorteando sillas y veladores, sin tropezar en ninguno, lleva a su dueño hasta el mismísimo trono del “bebercio”. La perrita lame unas cascaras de gambas y olfatea y rebusca los restos de las tapas que suelen caer los consumidores nerviosos. Evaristo, limpio, aseado, con sus gafas ahumadas y su gancha colgada en el brazo izquierdo sigue repitiendo insistentemente: ―¡A ver señores, a quién le doy la suerte! 

7. La calle Ramón y Cajal

Es una calle relativamente moderna. Se abrió al público en diciembre de 1913 para dar paso al hectómetro número seis del kilómetro 120 de la carretera de Madrid-Coruña, y se abrió porque por la angosta calle de San Miguel apenas si cabían los carro­matos y los de yugo cargados de mies, formándose los días de mercado tales atascos y embotellamientos, que se hacía materialmente imposible la circulación de carruajes, teniendo ne­cesidad los pobres conductores de re­currir a la irrisoria autoridad de un "enérgico" y bigotudo alguacil, para­petado en la esquina, para poner en movimiento la interminable fila de vehículos.
Fabio López leyendo junto a la iglesia de San Juan.

      8. La calle de San Juan.
El nombre se le dio la iglesia; esa iglesia de una sola nave, larga y estrecha, que se construyó en el siglo XV sobre la antigua ermita de San Juan, a expensas del rico linaje de los Sedeños, por cesión de la Reina Católica, y que, para construirla, tuvieron que romper un lienzo de la muralla, abriendo un pequeño arco al costado del templo que daba acceso a la villa por el sector del poniente; arco que, según la tradición, derribóse el siglo pasado por orden de Isabel ll para dar paso a su espléndida carroza, cuando fue a Galicia en busca de una nodriza que amamantara a su hijo Alfonso XII.

María José Pérez leyendo uno de los fragmentos de Marolo Perotas junto a la iglesia de San Juan.

9.  La calle Principal de la Morería.
Un enjambre de musulmanes forma el barrio mahometano, y por ser esta calle la más importante y animada del pintoresco y extravagante paraje, el vecindario la denominó la principal de la morería.
Isabel la Católica gusta de oír misa en San Andrés. Don Baltasar Briceño, de la más distinguida nobleza arevalense, manda construir en el siglo XV, su casa-fuerte, a la que adosa unas pequeñas covachuelas, formando con ellas la irregular plazuela, que lógicamente tomó el nombre de San Andrés.


En el cruce entre las calles principal de la morería y Figones.

10. La calle Figones.
Esta calle, en aquella época, se la conocía por la de «La Peña Talaverana», creyendo algunos cronistas que recibió este nombre de una peña blanda y arcillosa que se asentaba en la cumbre derecha del rio «Arevalillo», precisamente en la desembocadura de tan vetusta y pintoresca vía.
En los siglos XVII y XVIII, se denominó de los Montalvos, por haber edificado en ella, su casa solariega, don Pedro Montalvo y haber vivido durante muchos años infinidad de descendientes de tan ilustre familia, poniéndole los vecinos, hacia el 1825, el nombre de «figones», por estar allí establecidos el de la «Isabelita» y el del tío «Vitorino», figones con pretensiones de taberna, en los que se guisaba todo cuanto compraba en el mercado el caprichoso comensal.

11. La calle Larga.
Esta calle estrecha y oscura tiene su entrada por la del Teniente García Fanjul y sale a la embellecida y adornada plaza de San Francisco
En lo antiguo, tomó el nombre del Mentidero, porque, antes de construirse las casas que forman encrucijada con la de San Juan a San Andrés, había una irregular plazoleta donde se reunía a la solana la gente ociosa y desocupada dispuesta a embrollar las vidas ajenas con maliciosos chismes, suposiciones infames y voluminosas mentiras.
A medida que crecía lo que entonces resultaba ser arrabal de la villa, la vía se fue prolongando, y tanto se prolongó, que los vecinos comenzaron a llamarla la calle Larga, denominación que luego paso a ser oficial, porque, en realidad, ha sido y sigue siendo la más larga de nuestra ciudad.

En las cuestas del Arevalillo, leyendo el romance sobre el puente de los Barros.

12. EL PUENTE DE LOS BARROS. 
Podemos asegurar
sin temor a equivocarnos
que uno de los monumentos
más viejos y despreciados
de nuestra hidalga ciudad
es el Puente de los Barros.
Su antigüedad se remonta
a cientos y cientos de años:
Dicen algunos arqueólogos
que es obra de los templarios,
otros, que si de los godos
es su ejecución y ornato;
de lo que no cabe duda,
porque así está demostrado,
es que su traza y estilo
es puramente romano.
El puente que nos ocupa,
histórico y olvidado,
fue tuerto toda su vida,
mas al nacer le adornaron
con dos puertas ojivales
protegidas por dos arcos.
La de la parte de fuera
daba al silencioso campo,
y la de dentro, se abría
para cobrar los portazgos,
las prebendas, los impuestos
y otros derechos de «paso».
Cerrábanse los portones
para repeler asaltos
en las epidemias graves
portadoras de contagios,
en las traidoras sorpresas,
en los feudales agravios,
y cuando daba la «Queda»
el reloj de los milagros.
El puente, por su estructura,
tomó el nombre de los Arcos,
y al guardián de aquella mole
que era un astuto criado
de la iracunda nobleza,
la gente llamaba «El Diablo»,
por su rara vestimenta
y por su picudo casco.
El sujeto se ocultaba
siempre en el rincón más alto
del lienzo de la muralla
por almenas flanqueado,
y desde allí vigilaba
los caminos del Oraño.
He ahí por qué al rincón
que hay detrás de casa Hurtado
el pueblo, por tradición,
le llame «El rincón del Diablo».
En el transcurso del tiempo
desmoronaron los arcos,
desapareció el portillo,
los muros, el subterráneo,
la garita, los machones,
y hasta el rústico vasallo.
Una brecha en la muralla,
de ignominioso tamaño,
dio entrada a los de Medina,
Madrigal y Sinlabajos,
por lo que el antiguo puente
quedó apenas transitado...
En cuanto caen cuatro gotas
o surge cualquier chubasco,
la tierra arcillosa y suave
que se extiende en el barranco
se pega como la liga
a la suela del zapato
y se cogen..., sin querer,
unos amigables «zancos».
Esa tierra pegajosa,
ese lodo y ese fango
es el que dio nombre al puente
que llamamos de los Barros.
Ruinas, soledad, silencio,
un molino abandonado
que se puede aprovechar
y puede ser destinado
al desarrollo de industrias.
Chopos, verguerones, álamos.
El mezquino «Arevalillo»
vierte chorros plateados
por la incipiente pesquera.
La ermita, en el altozano
acurrucada y ascética
abre sus augustos brazos
a la fecunda llanura
del buen pan y el buen garbanzo.
Un arco de medio punto
retador y solitario.
Golondrinas y vencejos.
Cardonchas en el ribazo.
Ovejas rebuscadoras.
Sol poniente, sol dorado.
Visión admirable y pura
de un paisaje castellano.


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En la plaza de San Andrés junto al Palacio de Osorio.



Algunos de los asistentes en la plaza de San Andrés.

En el cruce entre las calles Larga, Tercias y Avanciques.
13. El espacio comprendido entre las Cuatro Calles y la plaza de San Francisco se llamó dos o tres años de Mamerto Pérez Serrano, e ignoramos el porqué no sigue evocando la memoria del inspirado vate, autor de aquellas sentimentales cuartetas que dicen así:
Igual que creo en mi madre,
lo mismo que creo en Dios,
creía yo en su cariño,
y la infame me engañó.
Campanas de mi parroquia,
campanas de San Martín,
no está muy lejano el día
en que doblaréis por mí.
Y, en efecto, a los pocos días doblaron las campanas por el alma del insigne y malogrado poeta arevalense.

Finalizando el acto de homenaje en la plaza de San Francisco junto a la Taberna de Perotas.


14. La plaza de San Francisco.
El 8 de septiembre de 1905, mi señor padre inaugura dos trinquetes; obtienen lisonjeros éxitos Amalio «el de Adanero»,  el  «Zurdo de la Vega», el «Perrera» y Jerónimo  Bragado. En  el hotel de los señores Barrado-Osorio se habla de política, de verbenas y de fiestas íntimas.
El fútbol se empieza a cultivar  un poquito en serio y a cobrar la entrada al campo de detrás del frontón el año 1925. Don Baldomero Sanz Casas organiza dos becerradas  a  beneficio  de «La Gota de Leche»,  centro  benéfico infantil que se quedó en proyecto por rivalidades políticas.
(…)
La  empresa de transportes «La Unión» construye su casa-garaje y almacén de mercancías. La desidia de un alcalde y la torpeza  de  un  arquitecto dejan que la intransitable travesía siga siendo un  foco de infección y un atentado contra la moral.

La recaudación de Hacienda, la «Unión Territorial de Cooperativas del Campo» y la casa del que suscribe, hacen desfilar por la antañona y polvorienta plaza cientos  de  personas  pertenecientes a la industria, al comercio y al sacrosanto agro castellano.

El escritor arevalense, Segundo Bragado, despidiendo el acto de homenaje a Marolo Perotas Muriel.



Arévalo, nueve de junio de 2019.





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