8 ago. 2011

En su memoria


Pestalozzi


El ambiente altamente simpáti­co que se va formando en Arévalo en favor de la Escuela y de la educación, nos llevan a escribir unas líneas a propósito de un acto celebrado en Madrid, en el Pala­cio de la Música, el pasado domingo, conmemorando el centenario de la muerte de Juan Enri­que Pestalozzi.
Los no iniciados en Pedagogía es casi seguro que desconozcan quién fue este hombre, pues a pe­sar de la gran trascendencia que su obra tiene, por ser de educación y referirse a niños, ha perma­necido desconocida, y sólo hoy, cuando una corriente regenerado­ra y sincera en favor del niño va infiltrándole por todas las clases sociales, es cuando se empieza a hacer justicia y a levantar del pol­vo del olvido la memoria de los grandes hombres de la historia de la cultura.
J. E. Pestalozzi nació en Zurich (Suiza) en 1746 y murió en 1827. Su juventud fue azarosa; creció en contacto con las luchas sociales de aquella época; fue estudiante y a la par era considerado como revolucionario; leía con afán a Rousseau en el «Contrato Social» y en «Emilio»; su espíritu estaba agitado por un soplo de libertad; estu­vo preso y fue multado; defendía con ardor las ideas nuevas en las que latían gérmenes de rebeldía... y de todas estas luchas sacó Pestalozzi una fe democrática ciega que le hizo infatigable defensor de la clase menesterosa y desgra­ciada y le señaló el rumbo de su vida apostólica y ejemplar, todo para los demás, nada para él. En una ocasión decía: «He vivido co­mo un mendigo para enseñar a los mendigos a vivir como hom­bres
Su vocación como maestro era ciega. Influenciado por Rousseau, Pestalozzi ve todo lo que hay de bueno y aprovechable en la obra del filósofo francés sin dejar de notar las utopías y comienza a hacer ensayos pedagógicos con su hijo Jaqueli. En su presencia ob­serva, duda, vacila, se mueve entre los principios de autoridad y de libertad, pero enseguida toma la Naturaleza por guía, rechaza las palabras que no responden a ideas precisas y respeta la libertad del niño. «Toda instrucción no vale un céntimo, dice, si hace perder al niño su optimismo y su alegría.»
El calvario de este pedagogo tuvo cuatro etapas: Neukoj, Stanz, Burgoloy e Iverdón. En todas partes fue padre, maestro, compañero, amigo, hermano de sus discípulos.
Los pobres, los desgraciados, los desgenerados tenían todo con Pestalozzi, cuya vida entera fue un completo darse a los demás, dejando de paso por la vida pedazos de su corazón, rasguñándose con las espinas del mal que a su paso le colocaba la vida, no desmayó nunca; confiaba en si mismo, confiaba en los que le rodeaban, confiaba en Dios... Y así fue de fracaso en fracaso; fracasos pedagógicos, morales económicos ¿que importa? Dentro de él arde inextinguible la llama genial de su amor, y al fin vence; vence por su corazón, por su gran corazón.
Su obra lleva en germen toda la Pedagogía moderna; lecciones de cosas, enseñanza intuitiva, escue­las de trabajo, escuelas de anor­males, granjas de educación profesional... Fue un vidente: "Las formas de mi método, escribía, pe­recerán pero el espíritu que le anima, el espíritu de mi método, sobrevivirá.”
Y así ha sido. Su nombre acompañado de sus ideas ha dado la vuelta al mundo.
Escribió varias obras donde ex­puso sus ideas: «Leonardo y Gertrudis» y "Como Gertrudis enseña a sus hijos", son las principales.
Su gloria más grande fue la de no desear en el mundo otra pro­fesión que la de maestro de escue­la. Ya viejo y enfermo, decía: «Quiero que se me entierre bajo el alero de una escuela; que se inscriba mí nombre en la piedra que recubrirá mis cenizas; y cuando la lluvia del cielo la haya desgastado y roto por la mitad, entonces, tal vez los hombres se mostraran mas justos para mi que lo han sido du­rante toda mi vida
Que estas líneas que han servi­do para dar unos cuantos detalles (muy pocos) de la vida de aquel grande hombre que se llamó Pestalozzi, sirvan a la par como homenaje rendido a su memoria por el pueblo de Arévalo.

(Colaboración de Daniel González en La Llanura, en su segunda 
época, publicada en Arévalo entre los años 1926 a 1929)

En memoria de Daniel González Linacero al que sacaron de su casa de Arévalo el 8 de agosto de 1936 para llevarle a una cuneta de la carretera de Valladolid y allí fusilarle sin juicio ni contemplaciones. Luego le enterraron deprisa y corriendo en un indeterminado lugar del que sólo sabemos que se halla entre Bocigas y Olmedo y en el que todavía siguen ocultos sus restos mortales.

2 comentarios :

Luis dijo...

En Suiza Pestalozzi fue represaliado: estuvo preso. 109 años después, en esta España nuestra, González Linacero fue asesinado por practicar la libertad de enseñanza o una enseñanza libre. Que su memoria, al menos, nos sirva para aprender algo.

DESDE LA LUGAREJA dijo...

... malditas guerras

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