3 ago. 2011

DOS EN UNA.(…y no es un detergente)

      Hacer muchas correrías seguidas es lo que trae, que apenas queda tiempo para contar una y ya estamos inmersos en la siguiente. Pero en este caso ha venido bien, pues eran complementarias. La mañana y la noche, ying y yang, el mismo punto de partida, la fuente de los Cuatro Caños, entre san Martín y la plaza de la Villa, que digo yo que no será tanto el gasto de agua y podrían dejar que volviera a correr, pues el ruido del agua sobre la piedra, que por cierto tengo grabado, recordaba el cantarín sonido del agua de un arroyo de montaña, hasta tal punto que convenientemente mezclado con grabaciones y sonidos campestres, sirvió de banda sonora para una de esas peliculitas que gustamos de hacer en la Llanura.es. La primera era con el día recién comenzado, la otra al caer la tarde, cuando el día se despide.
            Bajamos como gangarilla el primer día a ver los restos de la muralla, tal vez cerca, que quedan en las cercanías del Adaja. Como de ellos todavía no se han ocupado, están perfectos; tal y como el trabajo del hombre o mujer y el paso del tiempo les han configurado. Aguas sucias se siguen vertiendo al cauce del Adaja, a la altura del Matadero Municipal, pero nadie pone remedio, pues dicen no verlas. Curioso.
            Volvemos a pasar bajo el puente de Valladolid, Pedro César no está y todas las piedras y ladrillos parecen amontonados sin sus explicaciones, pero resulta fácil emocionarse ante la belleza de este puente. Puente viejo, maltratado por la estulticia de algunos humanos y el paso del tiempo. Resiste la fuerza inagotable e incansable del río, día y noche dejando pasar por sus ojos la corriente. Agua fresca y ruidosa, ahora más calma, no queda lugar para crecidas como antaño, cuando arrastraban maleza, troncos y cuanto encontraban a su paso, hasta casi cegar los ojos del viejo puente.
            Paso por la Junta, la de nuestros ríos no la otra, la de Valladolid, donde deberían bajar al menos una vez en su vida los que gestionan nuestras aguas y cuencas hidrográficas para que viesen con sus propios ojos la diferencia entre la vida que el agua lleva y la muerte a la que se condena a los ríos sobreexplotados y olvidados, y que lo vieran así, en directo. La visión de la quilla del castillo desde este punto resulta altamente recomendable, desde la tupida alameda, donde la ausencia de Luisjo hace que todos los pájaros sean negros y resulten desconocidos para estos oídos y ojos faltos de práctica y saber.
            Nuevo vertido de aguas sucias, esta vez al río Arevalillo, para que lo luego digan que no existe igualdad, y qué curioso resulta que tampoco nadie lo vea y no cabrían en todos los folios que pudiéramos juntar todas las preguntas que se nos ocurren sobre lo que no ven y acaso ven los que algo mandan.
            Puente de Medina, parada y fonda, humildes viandas para reponer fuerzas. Vino de Orbita, verdejo y fresco, y como única exquisitez un licor de arroz con leche y chocolate blanco. Lo siento, pero igual que ocurre con los aromas sucede con los sabores, me resulta imposible trasladar a vuestros sentidos ese dulce aroma y esa sensación única del licorcillo en el paladar. Habréis de venir a alguna de nuestras correrías para degustar estos manjares.
            Rematamos nuestra matinal correría en el puente de los Barros. Si decimos que maltratado por la desidia, diréis que uno mas; si decimos que solamente haría falta imaginación, ingenio y empuje para adecentarlo, conservarlo y mantenerlo y no tanto dinero, diréis que como casi con todo. Aprendemos a distinguir chopos (populus), esos que nos parecían todos iguales, populus alba el blanco, populus nigra el negro de Europa, populus nigra itálica el lombardo, populus deltoides el álamo negro de Norteamérica, populus canadensis el canadiense; Ángel nos enseña a encontrar el origen de las cosas.
            Con la imagen del verde de la alameda, los chopos lombardos, los puentes y la muralla, tal vez cerca, todavía fresca en la retina, llegó la hora de la segunda cita. Caminando, un nutrido grupo que nos hace temer que la masificación impida el normal desarrollo de nuestras actividades, hemos salido de la fuente de los Cuatro Caños, que sigue sin agua; tal vez tengan pensado hacer en ella un Centro de Interpretación de las Fuentes, ahora que no tiene agua.
            Subimos la pina cuesta, todavía calienta con ese calor seco de nuestra llanura. Los rastrojos acompañan nuestro pasar, las pajas suenan como cañas al pisarlas. Vuelos de pájaros que nos hacen echar de menos a Luisjo. Las vistas del Castillo y de san Martín sobre todas las demás nos siguen sorprendiendo, incluso a los que hemos andado este camino tantas veces. De las torres y la figura silueteada de Arévalo nos separa una especie de mar verde que forma la frondosidad de la alameda, en la ladera más próxima a nosotros, la más alejada del pueblo, una pinada sujeta la tierra y aporta una belleza natural y elegante. En la ladera opuesta, la más próxima al pueblo, se acumulan basuras y escombros y por encima de ellos ruinas, casa viejas a medio derruir y a las que nadie se molesta en dar una muerte digna, al tiempo que serviría para adecentar la imagen de tan importante ciudad como es Arévalo.
            Pero la belleza del paisaje, el momento íntimo que es el atardecer, oculta todos los defectos de nuestra ciudad. Amada y como tal, en momentos como estos, todo en ella nos parece bello, inigualable. El rojo círculo bajando lentamente mientras recorta las siluetas de iglesias y torres; las contamos por si alguna faltara, pero no, están todas, y el Castillo. El contraluz produce un curioso efecto, los edificios se vuelven oscuros, casi negros, mientras en el horizonte, allá hacia Madrigal, el de las Altas Torres, parece que un inmenso fuego se extienda por la llanura.
            Este espectáculo es el que, como alguno me recordó, comercializamos mi amigo Antonio y un servidor. No podemos decir que nos vaya mal, todo lo contrario, nuestros clientes se muestran todos ellos satisfechos y ninguno nos puede acusar de venderles un producto ya visto, pues no hay dos atardeceres iguales, tal es así, que los más viejos del lugar los siguen contemplando en un afán por encontrar uno ya visto, y nada que no hay manera, dando fe de ello con sus numerosos testimonios. Bien es verdad que, a juicio de esa corriente neoliberal que manda en la economía, no estamos obteniendo resultados satisfactorios, pues argumentan que nuestros bajos precios así como la manía que tenemos de regalar atardeceres a los que no pueden pagarlos, van contra las sagradas leyes del capitalismo. Cosas de economistas ambiciosos, dice Antonio.
            Cuando la noche se tiende y el relente nos trae el aroma de rastrojos y barbechos, regresamos a la ciudad. Las sombras están claras pues la noche estrellada y con cielo limpio de nubes nos permite caminar sin dificultad. Otro día os hablaré de la contaminación lumínica y del despilfarro alumbratorio de nuestra ciudad, donde el Alumbrado Público es de todo menos racional y sostenible. Mientras, la quilla del Castillo sigue a oscuras y llegamos a la fuente de los Cuatro Caños. Dulce refrigerio únicamente salado por una tierna empanada. Sin Ángel, qué difícil resulta encontrar el origen de las cosas y pasar las viandas por el gaznate, porque nada tiene que ver el agua con el verdejo de Orbita. Somos gente de orden y nos gusta el agua en la fuente y el vino en la  bota, pero ni una ni otra. De esa manera la tertulia que casi sin querer nace, estaría acompañada por el ruido del agua sobre la piedra y el del vino en nuestras bocas.
            Da pereza abandonar tan idílico y sencillo lugar. Lo bueno es que se puede hacer siempre que se quiera, aunque eso sí, nunca será lo mismo.
Fabio López
Fotografías de Juan Antonio Herránz, Jesús Nieto, y Julio Pascual

3 comentarios :

Anónimo dijo...

Os dais ahora cuenta, por que hay que ser inflexibles con estos "Capitanes Araña", que embarcan las tropas y se quedan en tierra?... pues eso; que todos los pajaros son negros, que las piedras se amontonan formando puentes, y que "el Verdejo", tan necesario para recuperar los esquilmados acuiferos, brilla por su ausencia. Luisjo, deberias hacer algun escrito, al que corresponda para solicitar el mantenimiento de un caudal ecologico en este sentido. Menos mal que habia chorizo.
Respecto a los beneficios de la venta de atardeceres, tranquilo fabio... que Dios proveera

chispa dijo...

Todos sabemos Fabio, lo dañino que puede ser un chorro de agua golpeando contra las piedras; con el tiempo las acaba destrozando; sin duda, es ese el motivo de que las fuentes no manen agua... simplemente la defensa de nuestro maltrecho patrimonio. Hay que conservarlo.

Anónimo dijo...

Yo recuerdo cuando este caño estaba en plena vitalidad, con ese aspecto fachendoso y perdonavi­das de los seres imprescindibles, cuando ayudaba a vivir a medio Arévalo y era la doña Brígida de la mayor parte de las parejas amorosas de los barrios de San Nicolás y San Pedro. De esto hace un periodo de años corto, pero trascendental.