28 nov. 2011

Los tiempos precipitados

Dada la confusión que siembran quienes mueven la sartén sin soltar nunca el mango, sacudiendo para sus intereses el revuelto en que vamos deviniendo, he decidido que, en la medida de lo posible, decidiré mis tiempos. No el Tiempo, caprichoso avatar que ni ellos ni yo podemos someter, al menos en eso estamos igualados.
He decidido, por lo tanto, que hoy es Navidad. Y, ya puesta, Nochevieja y Reyes.
No esperaré otras luces de adorno que aquellas que todavía se encienden en mi interior. Colgaré los regalos de mis buenos deseos en semáforos y farolas del corazón, y no necesitaré de señores de rojo con barba y reno, ni de bebés en pañales en portales y pajas, para cerrar los ojos y desearme a mí misma, y a los míos -los nuestros-, todas aquellas pequeñas cosas que, ahora más que nunca, se asemejan a un jardín de los frutos prohibidos.
Para empezar, no tendré prisa. Me detendré tantas veces como sea necesario para apreciar un repentino perfume que se abre camino entre la mierda, o para valorar un gesto de bondad que refulge entre la estulticia; de igual modo, acortaré el paso y otearé a mi alrededor para detectar los engaños, reconocerlos y rechazarlos en la medida en que me sea posible.
Cuando los gritos y las amenazas y los mensajes agoreros, y la misma cruda realidad quieran ensordecerme, elegiré una tormenta de música, un mar embravecido narrado por un genio en 1887, tan lejos como eso: el coro Una vela! Una vela!, de Otello, de Verdi. Contra la vulgaridad y la zafiedad cotidianas, y contra el ruido y la furia de la codicia y la insensibilidad que quiere instalarse en nuestras vidas, contra todo eso, arte, y cultura, el mismo arte y la misma cultura que se nos quiere arrebatar. Y coros: Va pensiero, coño, haz algo. Vuela, pensamiento, y elévanos por encima de esta barbarie con traje de Armani.
Nada fundamental está perdido -en el sentido original: lo que nos funda y nos sostiene- si existen la música, los libros y la belleza, a nuestro alcance aunque sea con las uñas. Demos gracias si la ignorancia todavía no nos ha arrasado; y sintamos piedad por aquellos a quienes no se permitió salir de la ignorancia. Incluso por aquellos que se encerraron en ella. Qué desperdicio de vidas.
Al cierre de museos responderé con los cuatro catálogos que tengo en casa y, muy por encima, muy por las cumbres, con el catálogo de mi memoria, mientras -junto con la gratitud por haber recibido tanto- memoria me quede. Y, cuando no tenga más remedio que gritar, en uno de esos días en que las injusticias se hacen puntuales y dolorosas -ese día, por ejemplo, en que una persona muere a causa del desmantelamiento de la Sanidad pública-, gritaré como el personaje de Munch, gritaré para adentro con la conciencia y el dolor, para que mi grito no se confunda con el estruendo de voces vanas que claman por sus beneficios. Para que no se diluya entre fútiles truenos de manipuladores.
Inocentes banderolas de deseos cuelgan de farolas y semáforos que puntean mis calles interiores, esas que puedo empedrar con palabras que las vacían de coches y les ponen parterres y papeleras, y perros alegres y niños sanos que juegan y viejos sabios que dormitan, y mujeres vivaces que cotillean. Puesta a vaciar mis avenidas, impediré el paso a los hombres livianos que gritan por teléfono: "¡No lo dudes! ¡Eso te va a beneficiar más de lo que imaginas!". Y también a los hombres vencidos que desconectan el móvil y se sientan en un banco, las espaldas caídas, más hundidos que los ancianos que toman, que tomarán el sol en mi plaza de adentro.
Me pertrecharé en fechas, en recuerdos, en deseos y esperanzas. Para esta Navidad y esta Nochevieja y esta noche de Reyes que es hoy porque me da la gana, me regalo la voluntad que no podrán quebrar y el ánimo que no lograrán anegar con sus sollozos de papel y sus agonías de caja fuerte.
Llega el tiempo de encontrarnos.
Que ya está bien de que nos abran alcantarillas las propias ratas. Ah, y feliz Navidad.

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