Simpatías mudéjares


sabel fue consciente desde su infancia del hecho diferenciador musulmán. Había vivido en la Corte de su hermano, Enrique IV, que tenía gran simpatía hacia muchas cosas árabe-andalusíes: había adoptado su modo de vestir, sus comidas, su forma de sentarse y de cabalgar. Cuenta José-Luis Martín, en Enrique IV, que sus enemigos le acusaban de montar a la jineta, como los árabes, y no a la brida como era habitual entre los cristianos, asunto que irritaba a algunos porque ese “ejemplo era seguido por muchos de los nobles”. Isabel vivió en ese ambiente simpatizante con lo andalusí y comprensivo con ‘la imagen del otro”, que estaba viva en la literatura y en la cultura populares.


No es de extrañar que mostrara cierta inclinación y aprecio por las manifestaciones culturales de origen mudéjar, como observa Ladero Quesada en Isabel y los mudéjares de Castilla. Según revelan las cuentas de la Reina y el inventario de sus bienes, en la vida cotidiana solía usar piezas de vestido de estilo mudéjar. Ella y sus acompañantes se ponían camisas o alcandoras, labradas y bordadas o con adornos y guarniciones de pasamanería que solían representar letras árabes; utilizaba tocas de camino, llamadas almaizares o albaremes , que protegían la piel del viento y del sol; vestía quezotes, sayos moriscos, marlotas y almolafas —vestiduras talares para las diversas estaciones— y albornoces y capelares, mantos con sus capuchones, a modo de abrigo o sobretodo. Utilizaba calzas moras, cómoda babucha andalusí de aspecto ancho y arrugado, aparte de borceguíes y botas de marroquinería.


De marroquinería eran también las almohadas, cojines, guadamecíes de pared; parte de sus joyas, armas blancas y guarniciones de caballo era de origen granadino. Esto por no hablar de las comidas y de sus postres: buñuelos, mantecados, almojábanas, almendrados, polvorones, alfajores, alfeñiques, almíbares, torrijas, mazapanes y turrones, típicos dulces andalusíes. Y, por supuesto, asistía a torneos y fiestas en los que los caballeros de la Corte montaban caballos árabes a la jineta y utilizaban con destreza el arco y la lanza al estilo árabe.
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Además, tuvo la percepción directa de las minorías mudéjares esparcidas por las poblaciones castellanas que ella frecuentaba: Madrigal, Arévalo, Medina del Campo, Ávila, Segovia, Valladolid... Allí escucharía su música, presenciaría sus fiestas, oiría a sus recitadores, conocería sus condiciones de vida y, progresivamente, se enteraría de su importancia económica.

Referencia: La Aventura de la Historia.

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