27 oct. 2012

Simpatías mudéjares


sabel fue consciente desde su infancia del hecho diferenciador musulmán. Había vivido en la Corte de su hermano, Enrique IV, que tenía gran simpatía hacia muchas cosas árabe-andalusíes: había adoptado su modo de vestir, sus comidas, su forma de sentarse y de cabalgar. Cuenta José-Luis Martín, en Enrique IV, que sus enemigos le acusaban de montar a la jineta, como los árabes, y no a la brida como era habitual entre los cristianos, asunto que irritaba a algunos porque ese “ejemplo era seguido por muchos de los nobles”. Isabel vivió en ese ambiente simpatizante con lo andalusí y comprensivo con ‘la imagen del otro”, que estaba viva en la literatura y en la cultura populares.


No es de extrañar que mostrara cierta inclinación y aprecio por las manifestaciones culturales de origen mudéjar, como observa Ladero Quesada en Isabel y los mudéjares de Castilla. Según revelan las cuentas de la Reina y el inventario de sus bienes, en la vida cotidiana solía usar piezas de vestido de estilo mudéjar. Ella y sus acompañantes se ponían camisas o alcandoras, labradas y bordadas o con adornos y guarniciones de pasamanería que solían representar letras árabes; utilizaba tocas de camino, llamadas almaizares o albaremes , que protegían la piel del viento y del sol; vestía quezotes, sayos moriscos, marlotas y almolafas —vestiduras talares para las diversas estaciones— y albornoces y capelares, mantos con sus capuchones, a modo de abrigo o sobretodo. Utilizaba calzas moras, cómoda babucha andalusí de aspecto ancho y arrugado, aparte de borceguíes y botas de marroquinería.


De marroquinería eran también las almohadas, cojines, guadamecíes de pared; parte de sus joyas, armas blancas y guarniciones de caballo era de origen granadino. Esto por no hablar de las comidas y de sus postres: buñuelos, mantecados, almojábanas, almendrados, polvorones, alfajores, alfeñiques, almíbares, torrijas, mazapanes y turrones, típicos dulces andalusíes. Y, por supuesto, asistía a torneos y fiestas en los que los caballeros de la Corte montaban caballos árabes a la jineta y utilizaban con destreza el arco y la lanza al estilo árabe.
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Además, tuvo la percepción directa de las minorías mudéjares esparcidas por las poblaciones castellanas que ella frecuentaba: Madrigal, Arévalo, Medina del Campo, Ávila, Segovia, Valladolid... Allí escucharía su música, presenciaría sus fiestas, oiría a sus recitadores, conocería sus condiciones de vida y, progresivamente, se enteraría de su importancia económica.

Referencia: La Aventura de la Historia.

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