20 may. 2011

EULOGIO FLORENTINO SANZ

En diciembre del año 1909, siendo Alcalde constitucional Don Antonio Pérez López del Excmo. Ayuntamiento de Arévalo, ejercía de Secretario Don Florencio Zarza y Roldan, gran amante de Arévalo.
A instancias de este secretario se efectuó un librito o folleto biográfico dedicado a tres ilustres hijos de Arévalo que fueron: EULOGIO FLORENTINO SANZ Y SÁNCHEZ, FABIÁN FRANCISCO GARCÍA-FANJUL Y FERNÁNDEZ Y LUÍS FRANCISCO VARA Y LÓPEZ DE LA LLAVE.

Nació un 11 de marzo de 1822 el que en la pila bautismal de la Iglesia de San Juan Bautista de Arévalo recibió los nombres de Eulogio Florentino.
Fueron sus padres D. Eusebio Sanz Guerra, natural de Olmedo, abogado y Doña Josefa Sánchez Notario, natural de Carrascalino, Obispado de Salamanca, ambos de familias distinguidas.

Hay algunas dudas de cuál fue la casa en que nació, pues quienes hacen mención a la vida de nuestro personaje no se ponen de acuerdo. Dicen unos que el nacimiento de Florentino Sanz, ocurrió en los muros del palacio de los Condes de Villariezo, en la calle de Santa María, número 11.
Dicen otros que fue en la plaza del Real, en el número 17.
Cuando Sanz tenía seis años falleció su madre. En esta fecha, de los seis hijos habidos en el matrimonio, sólo sobrevivían dos: el propio Florentino y Segundo Agustín, de cuatro años.
En los años siguientes, el padre del poeta debió de caer en un proceso de decadencia física o mental, hasta el punto de que hubo de ser ingresado en el asilo de San Bernardino, de Madrid. Huérfano, aún muy niño, y confiado a la tutela de un pariente duro de condición, seco de formas e infiel en el manejo de los negocios, puede decirse que Florentino se crió solo y escaso de recursos.

Vivió en el número 13 de la calle de Abanciques, hoy llamada, en su recuerdo, calle de Eulogio Florentino Sanz.
Muchacho inquieto y travieso asistió á las Escuelas con gran aprovechamiento.
Creció el niño y se hizo adolescente, y la luz de su claro entendimiento ardía de forma que desde muy joven tuvo cosas buenas.

En el año 1843, y por tener Eulogio Florentino un tío canónigo en la Catedral de Salamanca, allí marchó, matriculándose en la Universidad para hacer la carrera de leyes.
Florentino asistió a las aulas dos años nada más, aprendiendo en ellas, entre otras asignaturas, el latín, el italiano y el francés, en compañía de un primo suyo.
No adaptándose nuestro personaje a los estrechos moldes del claustro universitario y reglamentación de la cátedra, abandonó la carrera, la casa en la que su tío le acogía y la ciudad, y marchó a Madrid en busca de gloria y de fortuna.

Llevóle también, al parecer, el noble y cariñoso deseo de volver a ver a su señor padre; que como ya hemos indicado, se encontraba acogido de caridad en un hospital.
Esta fue una de las épocas más terribles de la vida de Florentino. Paupérrimo de bienes de fortuna; pero riquísimo en bienes de inteligencia, vagó y escribió hasta el año de 1849.
De esta penosa y triste gestación vino á la vida literaria pública, una de sus más preciadas y hermosas joyas de nuestra poesía dramática que se conoció en todo el mundo literario con el nombre de Don Francisco de Quevedo.

Florentino Sanz entregó su Quevedo á D. Julián Romea, entonces popular actor dramático, para que le leyera y juzgara.
Cuentan que nuestro protagonista, cansado de esperar que Romea le diera su opinión respecto al Quevedo, le preguntó con alguna exigente impaciencia:
«¿Va usted á hacer mi obra, ó no?» — D. Julián le contestó:—  «Si es buena se hará» —Y Florentino con soberbia altivez y, volviendo la espalda replicó:— «Pues entonces... ¡se hará

Cuatro años después, ya eran dos las producciones notables, bellas é históricas, las que Florentino Sanz había hecho oír, con encanto y aplauso de los espectadores del Teatro del Príncipe; porque ya en 1853 se había representado en él, además del Don Francisco de Quevedo, Achaques de la vejez.

Andrés Borrego le introdujo en la vida literaria llevándoselo de corrector de estilo a El Español, periódico que dirigía. Después colaboró en las publicaciones Semanario PintorescoLa Ilustración EspañolaEl Nuevo MundoLas Novedades, La Iberia y El Museo Universal; fue redactor de La Patria y se cuenta que un soneto suyo que circuló manuscrito por Madrid preparó la revolución de 1854. El caso es que fue diputado liberal en ese año. Le ofrecieron múltiples cargos diplomáticos de los que fue dimitiendo.
Como poeta lírico tuvo muy pocos iguales; aunque por pereza, u otras causas que ignoramos, se encuentran inéditas sus mejores y más hermosas producciones.
D. Marcelino Menéndez Pelayo incluye en su selecta «Antología de las cien mejores poesías líricas de la lengua castellana» la titulada Epístola a Pedro.

Vivió en Berlín entre 1854 y 1856 como secretario de la legación diplomática española. Allí tomó contacto con la literatura alemana. Ese acercamiento le llevó a traducir quince canciones de Enrique Heine del alemán al castellano para el número 9 de El Museo Universal  de fecha 15 de mayo de 1857, bien escogidas entre las mejores del Intermezzo y de El regreso, con alguna otra, como el romance titulado El Mensaje.
El impacto causado por estas traducciones en nuestra poesía influyó de forma notable en diversos autores. Bécquer y Rosalía de Castro, los dos principales poetas españoles de la época, experimentaron la influencia de Heine a través de la forma que le da Sanz. Puede considerársele por esto el padre de la poesía romántica española.

Después de dilapidar su ingenio y no molestarse siquiera en publicar sus obras, murió en Madrid un 29 de abril de 1881 en el más triste olvido e indigencia.

Algunos años más tarde, en marzo de 1918, Nicasio Hernández Luquero le dedicó un hermoso panegírico que terminaba de esta forma: “¡Malaventurado soñador, flor castellana de altivez y escepticis­mo, séate leve el inconsciente desvío de quienes debieran amarte, aunque como discreto que fuiste ya le tendrías incluido, de antema­no, entre las cosas descontadas...!”

De él nos queda una pequeña parte de su obra, una romántica imagen inventada por Félix Pérez Serrano, su nombre en la calle en que algún tiempo vivió y una placa, una placa salpicada de manchones de argamasa, en la fachada decrépita y ruinosa de la casa en la que al parecer le nacieron.

Lección de historia
Radio Adaja - 13 de abril de 2011

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy buena explicación.Días atrás en una tertulia en RNE, se referían al ilustre paisano cómo insigne olvidado.