31 may. 2012

LOS VERDES PRADOS


Se recomienda la audición del concierto para violín en re mayor Opus 35 de Piotr Ilich Tchaikovski; antes, durante y después de la lectura de esta sencilla crónica de una correría por las tierras de Aldeaseca.


“Que por mayo era, por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor…”

     La propuesta para el mes de mayo de Luisjo, Eldelosbichos, era una visita multidisciplinar, que viene siendo una suerte de visita enciclopédica. Como en aquellas enciclopedias, que nuestros hermanos mayores utilizaron en la escuela, que recogían un poco de todas las materias y a todas se les prestaba atención. Pues esa era la propuesta, visitar un lugar de anidamiento de cigüeñas blancas (Ciconia ciconia), la posterior visita a un prado convertido, gracias al tesón de unos pocos, en un campo de golf sostenible y perfectamente integrado en el medio y para finalizar una frugal merienda campestre.
      El tiempo agradable y los módicos precios permitieron que la sugerente propuesta tuviera gran eco. Ya no llama la atención la gran cantidad de personas que, ávidas de aventuras, se dan cita en nuestras correrías. Son más llamativas, por sentidas, las ausencias. Para mí hubo dos por encima de otras, la de Mario, elOjoquetodolove, que se encontraba de celebración familiar, pues la pequeña Paula recibía su Primera Comunión; y la de Ángel Ramón, el Querubín que sabe latín.
    El punto de vista del primero, siempre sorprendente, nos aporta imágenes que durante la visita nos han pasado desapercibidas, permitiéndonos recorrer nuevamente y de forma única y diferente el mismo camino con lo que su ojo ha captado. Consigue sorprender y emocionar, al menos a mí, con sus imágenes, tomadas por los mismos senderos y veredas que juntos hemos recorrido y sin embargo no había ni reparado en esos detalles.
     En cuanto al segundo, el Querubín que sabe latín, necesito de sus explicaciones. Desde el origen del nombre de la cigüeña blanca (Ciconia ciconia) a cualquiera de la más insignificante de las inquietudes que atormentan mi conocimiento. Con él la Vida resulta más comprensible, se nota su gran capacidad pedagógica, me permite aprender sin esfuerzo, conocer el porqué de las cosas y de sus nombres, resolver dudas y recibir su serenidad de ánimo. ¡Señor, qué buen maestro!
    Llegada pues la hora, la comitiva se puso en marcha. Parecíamos una boda, dijo alguien, o tal vez dijera una boa, por la larga fila de vehículos. Ya no llamamos ni la atención. Cuando nos vieron por la C-605 dirección Madrigal, el de las Altas Torres, a tan numeroso acompañamiento en la larga recta que anuncia la llegada a Aldeaseca, tan solo acertaban a decir: “¡Ande irán!”.
    La primera parada, quiso Eldelosbichos, que fuera en El Lavajuelo. Precisamente junto a una parcela que ha sido propiedad de mi familia desde los tiempos de mi abuelo Fabio. Allí, casi una treintena de milanos negros (Milvus migrans) picoteaban insectos del suelo. Nunca lo había visto. Les observamos con detenimiento y respeto. Me vino entonces a la memoria todo lo que mi padre me ha enseñado sobre los parajes del término de Aldeaseca. Allí en El Lavajuelo, en tiempos, se formaba una enorme laguna, de ahí el nombre de lavajo, donde llegaban las aguas de lluvia que los caces traían desde el prado de Sanahuebras o el prado de El Regajal. Me contaba que no se secaba durante todo el año, y todo el bajo que aparecía ante nosotros no se podía labrar.
     Con el tiempo y las perforaciones, el consumo de agua para el riego agrícola hizo descender la capa freática y con ello desaparecieron esos lavajos, que proporcionaban un lugar para vivir a un gran número de especies animales y vegetales. Como consecuencia el paisaje cambió. El labrantío ganó terreno y aun cuando la mayor parte de los cultivos en esta zona eran de secano, resultaba impresionante contemplar toda la llanura salpicada de aspersores, que aquí y allá semejaban interpretar un ballet de agua y luz. Aún recuerdo cómo le gustaba ir, al atardecer, a un amigo mío gallego, a ver el espectáculo de las “lluvias” regando en un llano que a él, acostumbrado a su tierra, le parecía infinito.
    Cuando nos pusimos en marcha, tres avutardas (Otis tarda) levantaron el vuelo, espectáculo que no deberíamos perdernos ninguno de nosotros. Dejábamos a nuestra izquierda la ladera de Horneros, donde todos mis tíos y mi padre tenían fincas. Me aprendí de memoria la ubicación de cada una de ellas, tarde ya, pues hasta bien entrado en la treintena, mi contacto con el campo de labrar se había limitado a esporádicas visitas.
     Dejamos el camino de El Lavajuelo para coger a nuestra derecha el Sendero de la Piedra –no dejará de sorprenderme la sencillez con la que se ponía nombre a las cosas antaño- o también llamado Camino de las Monjas. Próximo a éste hay un camino que le llamaron el Camino Perdido, tal vez porque moría en el pinar de Rogero, junto a la Fuente de los Lobos. Y también un paraje, donde la peor calidad del terreno es evidente, que le llaman el Rincón del Diablo. Por no hablar del que llaman Deshonrrayugueros, El Fiel Amigo, el Alto de las Gallegas, La Portuguesa, La Laguna del Lavajo del Obispo, Aguasal, Pinar de los Tomillos y tantos otros.
    Todas estas enseñanzas de mi padre venían a mi recuerdo mientras nos desplazábamos por la llanura. Mister Chisp, como mi señor don Quijote, se niega a abandonar su cabalgadura, por lo que solemos compartirla y el rocín en cuestión, obedece al punto las órdenes de su señor; y éste a su vez las maniobras del vehículo que nos precede, de tal modo, que cuando Luisjo, Eldelosbichos, se detiene, porque acaba de ver una pareja de cernícalo común (Falco tinnunculus) que debe tener su nido en el brocal de un pozo que hemos dejado a nuestra derecha, mister Chisp, también, y con ello toda la comitiva. A veces no sabiendo muy bien la razón. Si se desciende de su montura Luisjo, todos le imitamos y, prismáticos en ristre, empezamos a escrutar el paisaje en la misma dirección que él, esperando encontrar algo que desconocemos. Como debe ser que siente pena por nosotros, nos aclara lo que debemos buscar, dónde fijarnos y nos ofrece una explicación completa de los usos y costumbres del bicho observado. Con gran capacidad pedagógica por su parte, los alumnos, todos nosotros, nos empapamos de sus enseñanzas. Bueno, todos no, mister Chisp, sigue viendo solo pájaros negros; que yo creo que ya es más cuestión del oftalmólogo que otra cosa.
    Paramos cerca de los pinares de El Nigal, donde más de veinte nidos de cigüeña se nos muestran. Es la cigüeña (Ciconia ciconia), un ave de largo pico con el que crotora sacudiendo rápidamente la parte superior sobre la inferior. Ave de paso que anida en las torres de las iglesias y palacios y árboles elevados, y dicen que se alimenta de sabandijas. ¡Cuántas cigüeñas necesitamos!
    Su cuerpo blanco con las puntas de sus alas negras, sobre unas patas largas y rojas, rosadas dicen algunos. No resulta difícil diferenciar el cigüeño de la cigüeña, el primero es blanco y negro, y la segunda es blanca y negra. Los cigoñinos en los nidos son fáciles de reconocer, pues sus picos de color negro se diferencian del color rojo del de sus progenitores.
     Fieles a su nido durante años, vuelven a él al regresar de su migración. En otoño vuelan dirección sur, hacia África y regresan en primavera; aunque tengo un amigo, que es pintor de profesión y monje Trinitario de vocación, que dice que las cigüeñas ya no son como antes, que las de ahora ya ni se van en invierno.
   Allí junto a los pinares de El Nigal, contemplamos un macho de avutarda (Otis tarda) que en el cerro de Cavollas, junto al Rincón del Diablo, se muestra en todo su esplendor. Con los modernos visores que portamos se le pueden apreciar hasta las bigoteras. Como la distancia a la que nos encontramos le da seguridad, se muestra orgulloso y luce su bello plumaje sin importarle nuestra presencia, más bien al contrario.
    Contemplando toda la llanura que se extiende ante nosotros recuerdo lo que mi padre me contaba de sus tiempos de juventud, cuando venía junto a sus hermanos a realizar las labores propias de su oficio: acarrear, aricar, arar, segar,...; y el campo todo, estaba lleno de gente laborando y cantando. Miles de anécdotas tantas veces contadas sobre estos mismos parajes, que se han fijado en mi memoria con nitidez, casi como si las hubiera vivido propiamente. Hoy solo queda mi padre con vida y en el campo no se ven labradores que canten.
      De El Nigal nos fuimos a una zona en la que varios prados: Los Ejidos, El Mullidar, La Torca y el de Los Tejares; forman un enorme, para estos pagos, prado natural, con laguna y todo. Aunque en cuanto el calor apriete se secará hasta que en invierno, si el otoño viene lluvioso, vuelva a tener agua. Un bando de patos se eleva al llegar nosotros, mientras varias cigüeñas sestean en la fresca y todavía alta hierba que conservan estos prados. Veo junto a ellos las tierras que fueron de mis tíos, ahora concentradas. Gaudioso, Neuterio, Heraclio, Carlos y Adrián. Parajes y paisajes, que como podéis comprobar me resultan muy familiares, pero que descubro ahora lo poco que sabía sobre lo que atesoraban.
     Regresamos a Arévalo para visitar el Prado de la Velasco, donde un prado ha sido convertido en un campo rural de golf, gracias al trabajo y esfuerzo de César, The President, que nos recibe y nos muestra a todos los visitantes lo que han conseguido. Amojonado por centenares de árboles que lo delimitan, las junqueras naturales y una hierba fresca y verde, nos proporciona un placentero paseo al atardecer, mientras tratamos de golpear a una bola de golf con palos de nombres desconocidos. Todo un privilegio para la comarca disponer de un lugar así, siempre que no se aparten de esta línea que me parece acertada.
     Nos llaman desde el pinar cercano, la frugal merienda nos espera. Pero por el buen hacer y la calidad humana de Julio y de David entre otros, allí aparece la pantagruélica cena de una suerte de Ogro. Paella y todo un muestrario de pecados en forma de viandas pasadas por la parrilla, y no la de san Lorenzo precisamente. Desde morcillas a panceta, entrañas y secretos, chorizos y tierno pan. Decido que sea lo que mi dios quiera y... peco. Pruebo de todo, sin abusar, sé que la penitencia será dura, pero una cena en buena compañía y su posterior sobremesa bien merecen ser purgadas más adelante.
      A nuestro Presidente, ¡oh Capitán, mi Capitán!, hemos tenido que echarle de comer aparte, como consecuencia de sus reticencias y reparos culinarios. Mal camino lleva ahora que se acerca la Asamblea.

6 comentarios :

chispa dijo...

Primero; ya era hora, y no se me olvida que debes una...es lo que tiene la fuerza de la costumbre...
Segundo... un poco blandengue le veo a Ud. amigo Sancho, con estos piltrafillas que faltan a estas correrias. En lo que tienes razón, es que se les echa en falta; pero además... hay que ponersela, y nuevamente tendrán que justificarla debidamente.
Y tercero... lo del frugal almuerzo; aquí, tengo que perdonarte, por que ni
un "berebere" de estos radicales, podría haber evitado el pecado.
Y cuarto, gracias por dejarnos enseñaros el prado. A partir de ahora, ya sabeis donde está y que sereis debidamente tratados todos.

Anónimo dijo...

Lo siento Fabio, Chispa y compañía.
Sirva como justificante que hasta el lunes no me enteré de nada. Ya sabéis que los fines de semana los paso en el pueblo y a veces me queda poco tiempo para conectarme.
De todas formas se agradecen estos reportajes de Fabio donde se le ven sus raices más profundas.
Ángel Ramón

Juan C. dijo...

En mi descargo tengo que decir que estuve haciendo fotos a los asistentes, cortando el pan, poniendo el vino en la mesa, distribuyendo la paella, acompañando a David y a Wepy mientras ellos preparaban la barbacoa, y otras cosas así. Cuando llegué a la mesa nadie se dignó apartarse un ápice para hacerme sitio. Visto que todo el mundo agachó la cabeza y se puso a mirar distraidamente su plato y sus viandas, decidí habilitar una mesita, allí, al fondo, donde me senté, me serví y me comí lo poco que habíais dejado; a saber: unas bandejas de panceta, un plato de excelente morcilla, otro plato de secretos, tan solo unas diez o doce barras de pan y dos botellas de tinto de verano fresco. Unas fruslerías de nada para reponerse después de una paseata como la que nos habíamos dado.

Luis dijo...

Buena crónica Fabio. Al introducir los recuerdos de tu padre has explicado a la perfección cómo se pierden hábitats tan valiosos como lagunas y lavajos por la sobrexplotación del acuífero. Igual pasa con los pastos, escasos pero muy importantes para diversificar la flora y la fauna local. Concretamente la escena del alcaraván que relato en "el sisón loco" de la última llanura, tuvo lugar eb el prado mullidar que visitamos.

Anónimo dijo...

Señor presidente, no es que no le dejáramos sitio en la mesa grande, según creo recordar usted huyó del pollo....... Como me gustan estos paseos y estos "despueses". Chispi, me gusto agarrar el palo aunque fuera de una manera tan poco golfista. Par< cuando y con que tema la próxima??? Pili.

David Martín Fernández dijo...

Magnífica crónica como siempre. Os añado a La Llanura en Facebook una foto de un alcaraván, que vi cerca del pinar de las cigüeñas, hecha cuando empecé en esto de las fotos, es de mala calidad pero bueno, es testimonial.
Un saludo