9 dic. 2011

LAS CRIATURAS DE LA NOCHE

NOTA PREVIA:  Humán: ser humano, hombre o mujer. Plural: Humanes

Lo infrecuente de la hora de la cita nos hizo llegar con cierto retraso, bueno eso y la presencia inquietante de dos jóvenes cachorros humanes. Tras el saludo protocolario y rendición de pleitesía a las autoridades, nos encaminamos hasta nuestro primer destino. Entre San Pascual y El Oso. Pronto pudimos observar hasta un total de quince ejemplares de Milano Real (Milvus milvus) que en una chopera próxima iban tomando posiciones. Pero la actividad de un sufrido labrador con su tractor no dejaba que las aves tomaran reposo. En ese momento una bandada de cientos de grullas comunes (grus grus) captó nuestra atención.
Podemos verlas en la llanura inmensa mientras picotean en busca de alimento. Con los aparatos que acercan las cosas que estas gentes raras manejan, podemos observarlas sin molestarlas. Captamos todos los mínimos detalles, calculamos a qué distancia se encuentran de nosotros, entre seiscientos y ochocientos metros, y podemos distinguir con claridad los miembros de una familia por la descripción que Luisjo nos facilita.
Alguien deja caer, mientras el nutrido grupo no deja de observar a las grullas, que se cumplen trece meses del nacimiento de la “criaturita”, esto es, las andanzas y correrías por la Moraña y la Tierra de Arévalo. ¡Cómo pasa el tiempo! ¡Qué atrás queda la raquítica constitución de aquel primer grupo! Hoy, trece meses después, tiene de todo. Estamos incluso pensando en incorporar a un astrónomo o en su defecto a un aficionado a la astrología, pues vamos necesitando aclarar ciertas dudas que nos van surgiendo en nuestras correrías.
Mientras observamos con minuciosidad a las grullas, de fondo podemos contemplar un maravilloso atardecer. Nubes jaspeadas que van tomando tonalidades malvas, mientras el sol en su declinar va dejando todas las variedades de rojo y naranja posibles. Más al fondo y a nuestra izquierda la silueta de las lejanas montañas, frente a nosotros un solitario sauce. Las grullas levantan el vuelo para dirigirse a la cercana laguna para pernoctar. No tiene precio la imagen de la formación en uve que recorta su silueta, casi a ras de suelo, sobre el atardecer que nos ofrece la llanura. Muchas personas pagarían por poder disfrutar de estos momentos. Hacer un alto en su ajetreada vida urbana y poder contemplar un espectáculo semejante, aunque mentes pesimistas y obtusas no lo vean, a poco más de una hora de Madrid, la gran urbe del solar patrio.
Tal vez por esto mismo, el atardecer y el vuelo sosegado de las grullas, es por lo que la contemplación de la luna inoculó a los menos románticos una buena dosis de sensibilidad. Viendo la luna por un aparato que todo lo acerca, nos parecía estar a punto de tocarla con los dedos. El cielo empedrado con nubes blanquísimas y rotas, la luna en cuarto creciente y junto a ella una luminosa luz, satélite humano o estrella, nadie me dijo nada cierto. Ahora comprenderéis la necesidad de contar con algún experto en la Didáctica de las Estrellas.
Al tiempo de recoger aparatos e impedimenta, Luisjo nos comunicó nuestro siguiente destino: íbamos al encuentro del Cárabo común (Strix aluco). Yo, que únicamente había leído lo de “correr el cárabo” en la novela de Miguel Delibes “Los santos inocentes”, no acertaba a comprender muy bien cual iba a ser nuestro papel llegado el momento.
La luna ilumina la llanura, quedan pocas noches para que se vea la luna llena, por eso, una delicada claridad se desparrama sobre todas las plantas que rompen la horizontalidad del suelo llano. Las imágenes que resultan no siempre transmiten confianza. Sombras y luces tenues, figuras difusas, sonidos desconocidos. Nos salva, pues nos transmite confianza, la presencia de Luisjo. Seguros de nuestras posibilidades con él a nuestro lado, nos guía en tan inquietante marcha, en busca de las criaturas de la noche.
Atrás en el tiempo han quedado los milanos reales, que ahora estarán durmiendo en sus ramas. Seguros de que nada les ocurrirá durante la noche. Felices de haber sobrevivido un día más a la bárbara estupidez humana.
Llegamos al pinar. Todo negro en un principio. A poco, la claridad de la luz de la luna va dejando entrever siluetas, he de reconocer que inquietantes. Nuevamente viene a mi recuerdo la descripción que de la fraga hace Wenceslao Fernández Flórez en su novela “El bosque animado”. Entre las sombras del pinar, con algo de bruma en la lejanía, parece paisaje propicio para la aparición de la “Santa Compaña”, pero según me cuentan, está haciendo el Camino de Santiago, pues el año pasado con ser año Santo Jacobeo no pudieron hacerlo con tranquilidad. Queda patente que el daño que en mí ha causado la lectura resulta irreparable.
En el más absoluto silencio del grupo comienza el ritual de llamada del cárabo. Responde pasados unos minutos. Cuando me preguntan por lo que hacemos en estas correrías, intento explicar que además del desplazamiento geográfico al punto que Luisjo nos marca, hay una especie de viaje interior en cada uno de nosotros. En la noche oscura, en silencio, comenzamos una especie de regresión a la infancia vivida, a nuestros propios recuerdos, al animal interior que todavía pervive en nosotros.
Hace apenas sesenta años, cualquier niño sabía imitar y reconocer los sonidos de los distintos animales que poblaban nuestros campos. Sabían también el nombre de cuantas plantas y flores se encontraban. Hoy puede que nos manejemos con cierta soltura en el entorno urbano, que dominemos el movimiento en un gran centro comercial, que sepamos reconocer un buen lugar para estacionar nuestro vehículo en el estacionamiento del gran supermercado; pero en la naturaleza “duraríamos un telediario”.
Todos los ruidos resultan desconocidos y extraños. Menos mal que con nosotros estaban los chicos raros, que tienen tanta luz en sus cabezas que si te miran de frente te deslumbran. Poseen además el secreto del sonido de todos los animales posibles. Saben realizar el exorcismo preciso para convocar a cada animal en concreto.
Después de un buen rato de experiencia natural profunda, siento el ruido de mis tripas, que me recuerdan el chocolate con bizcochos de soletilla y churros calentitos que la organización había puesto a nuestra disposición y que yo rechacé por los restrictivos preceptos de mi nueva religión. Siquiera unos bizcochos “Sancho Panza”, que evocan mis dulces recuerdos infantiles cuando profesaba una religión más amable con las cosas del comer, me había podido llevar a la boca. Tragué saliva, que eso sí me está permitido, y traté de aguantar el tipo en un entorno tan silencioso.
En tanto me cuentan, que estas rapaces que hemos venido a escuchar, engullen sus presas enteras y acabada la digestión, regurgitan unas bolas de pelo, huesos y todo aquello que no pueden digerir y que reciben el nombre estas bolas, de egagrópilas.
Abandonamos las sombras del pinar con cierto alivio, pues tanta silueta difusa, tanto ruido de ramas que crujían, disparaban mi imaginación hacia criaturas menos simpáticas que el cárabo.
Llegamos a un cruce de caminos donde empezaron a convocar al mochuelo común (Athene noctua). El éxito fue tal que llegamos a contar tres. Uno lo suficientemente cerca como para poder observarlo sobre el tejado de una construcción próxima a nosotros. Otro en la chopera cercana de nuestra derecha y un tercero más alejado, en la llanura que se extendía a nuestra izquierda, tal vez sobre un mojón, tal vez sobre una cerca. De fondo se escuchaba el incesante kruu-kruu de las grullas en la cercana laguna de El Oso.
Antes, habíamos tenido que pasar por una zona embarrada, momento que aprovecharon los que quieren hacer carrera, para ofrecerse para portar a la leche a nuestro Presidente. Está visto que cualquier momento es adecuado para los que solo piensan en medrar.
Además del sonido del mochuelo, llegó hasta nosotros el nítido rebuzno de un dulce y tierno burro. Inevitable me resulta también dejar de asociarle a “Platero y yo”. Animal en serio peligro de extinción, pese a sus múltiples imitadores que en estos tiempos proliferan entre los humanes. Desconozco cómo fue que respondiera a la llamada el pollino, pues no abrí la boca en ningún momento ni emití reclamo alguno.
No reparamos en mamíferos, roedores o no, y otras aves que viven de noche. Tampoco vimos rastro alguno de vampiros, hombres-lobo, demoníacas hadas, duendecillos necrófagos, muertos vivientes, basiliscos y demás ralea. Algún urbanita sugirió lo inadecuado del reclamo empleado para convocar a estas criaturas de la noche, proponiendo la banda sonora de la película Crepúsculo para una próxima ocasión, que parece según los entendidos, que funciona a las mil maravillas.
Así que, cada mochuelo a su olivo y nosotros levantamos el vuelo para dirigirnos al encuentro con el búho real (Bubo bubo), pero las obligaciones del bonus páter familias me hicieron abandonar la expedición. De lo que sucedió a partir de ese momento con nuestros compañeros de correría nada sé y no puedo contarlo. Alguien lo hará en algún momento. Lo que sí puedo contar, fue el rato de ocio acuático con los cachorros humanes en la charca cubierta de propiedad municipal. Bajo la luz de la luna con el ruido de nuestro chapoteo, un relajante baño antes de retirarse a dormir. La noche sigue su curso, los humanes descansan pero gran cantidad de criaturas viven las horas de mayor actividad de su jornada. Es necesario no perder el contacto con las demás especies con las que compartimos la Biosfera. Las criaturas de la noche no descansan pero se acabó el duro.
Fabio López

5 comentarios :

chispa dijo...

Pues Fabio, te perdiste lo mejor.. el reclamo del Buho Real (pajaro negro que por lo visto es grande), dió resultado, y se nos apareció a todos nosotros... casi pudimos tocarlo con las manos, el colorido de su plumaje era impresionante, y sus resplandeciente ojos llegaron a deslumbrarnos tanto, que algunos ni lo vimos, no sé si por la impresión, o por lo de las dioptrias. Por lo que me cuentan merece tanto la pena, que te recomiendan que vuelvas allí, para apreciarlo en vivo y en diresto.... yo que tú, iria.
Y respecto a lo del Chocolate con soletillas, debió ser en uno de esos momentos de extasis, que aveces tenemos ante tanta grandiosidad; pero yo tambien me lo perdí...(es por si te consuela) y yo no pertenezco a tu religión, ni a ninguna parecida

Luis dijo...

Gracias Fabio, por una crónica preciosa y precisa. Sólo añadir que el búho real también se dejó oir en el corredor del Adaja, concretamente don individuos.

Juan C. dijo...

Bueno, bueno. Mi buen amigo Chispa empieza a dejar su descreimiento y ya ve cosas que antes no veía. Dentro de poco va a terminar por ver avutardas cuando antes solo veía "pájaros".

Chena dijo...

Cómo dice Juan Carlos, ensimismado
en vuestras ensoñaciones literarias podéis confundiros. Una fraga gallega
no tiene nada que ver con un pinar. La metáfora cómo otras debe de ir al pelo de la noche mágica, del disfrute de las aves y dela naturaleza, lo cual sólo puede producir en mí una metáfora maligna que da en pura envidia.

Anónimo dijo...

Fabio, como pudiste comprobar de vuelta a casa, gracias a la excursión ya hay dos niños de ciudad que se han iniciado en el ritual de llamada del cárabo. Muchas gracias por cuidar tan bien de mis cachorros, y sobretodo por los ratos de descanso que me han dado vuestros ratos de ocio acuático.
La madre que parió a los cachorros humanes