21 dic. 2011

Jacinto Herrero Esteban

Estaba la noche del pasado lunes preparando la lección de hoy cuando me llegó, a través de un correo enviado por el profesor Gutiérrez Robledo, la triste noticia de la muerte esa misma mañana de Jacinto Herrero, sacerdote, profesor de literatura, escritor y poeta.
Dejadme hoy dedicar el tiempo de la habitual lección de historia para hacer una pequeña reseña que le sirva como humilde homenaje.

Jacinto Herrero Esteban nació en Langa en 1931. Es por tanto de esta tierra, de la Tierra de Arévalo.
Se licenció en Filología Románica en la Universidad Complutense de Madrid. Vivió en Perugia (Italia) y en Nicaragua, donde conoció y entabló amistad con escritores como Thomas MertonPablo Antonio Cuadra y Ernesto Cardenal.  Durante gran parte de su vida ejerció como profesor de literatura en el Colegio Diocesano en Ávila capital.
Sus principales referencias literarias fueron la Biblia, la literatura española del Renacimiento, los clásicos grecolatinos y la poesía italiana. Ha traducido poemas de Giacomo Leopardi y Salvatore Quasimodo.
Recibió, entre otros, los premios Anthropos de poesía, Jaime Ferrán, Rocamador y Fray Luis de León.
José Jiménez Lozano, Premio Cervantes y amigo personal de Jacinto Herrero dijo de él: “Podrá no haber recibido los honores del público, pero sí de los lectores pues no es un poeta censado en Corte, sino un clérigo que escribe poesía. Sus poemas llevan la singularidad del yo, de ahí que no sea un producto de multitudes, porque la multitud siempre se equivoca”.
Fue fundador y director de la colección de poesía "El toro de granito".
El pasado año, por estas fechas, en el acto de presentación del libro “Heterodoxos y Olvidados” de Adolfo Yáñez en Ávila, se propuso que Jacinto Herrero fuera Premio de Castilla y León de las Letras 2010. No le concedieron ese galardón.
Falleció en Ávila en la mañana del pasado lunes 19 de diciembre de 2011.

Su obra poética se resume en las siguientes obras:

El monte de la loba (1964)
Tierra de conejos (1965)
Ávila la casa (1969)
La trampa del cazador (1974)
Solejar de las aves (1980)
Los poemas de Ávila y Solejar de las aves (1982)
Noche y día (1985)
La golondrina en el cabrio (1993)
Analecta última (2003)
La herida de Odiseo. (2005)
Grito de Alcaraván. Antología. (2006)

Y su prosa está en:
Aproximación a Robles Dégano (1987)
En Ávila sin ira (1991)
Ávila en el 98 (1998)
Escritos recobrados (2007).


Apegado a estas tierras nuestras y suyas, deja buena muestra de ello en sus escritos.

Nos habla de Arévalo:
A la entrada de Arévalo, unos viejos molinos a orillas del Adaja evocan un pasado de industrias primitivas. Son edificios de ladrillo y cal. Aquí el románico se adaptó a estos materiales humildes que los alarifes moriscos trataban con primor.

San Martín con sus torres gemelas. Una de las torres del de Arévalo lleva un ajedrezado de ladrillo que si recuerda el gusto árabe por lo geométrico, contrasta con el pórtico románico, en piedra, de la fachada.

Y sobre todo el puente sobre el Arevalillo, a la salida para Madrigal y Medina. Merece la pena bajar al río y contemplarle en su dimensión verdadera; se diría una catedral mudéjar sobre el agua.

Y la Lugareja: Nunca el románico más puro de líneas se ha amalgamado con la sensual curvatura de lo islámico como en este templo inacabado. Para ir hasta él bajaremos al rio Arevalillo y unas choperas junto al agua nos servirán de guía.

Aunque a principios de nuestro siglo, todavía se elevo Arévalo como adelantada cultural de su entorno. Periódicos como La Voz de Arévalo, El Despertar, El Faro del Distrito, El Heraldo de Arévalo, La Llanura, dan idea de que no siempre ha sido la ciudad de las discotecas para mozos de los pueblos aledaños y el mercado obligado de los martes.

Nos habla también de Langa:
De pequeño, en vacaciones, yo llegaba a mi pueblo y conocía todos los ruidos de la noche. El resoplido de las mulas en el corral, comiendo cebada verde. Las ranas croando en las lagunas cercanas de los prados de Narros, de la Fuente, del Juncal. Los perros que se avisaban unos a otros ladrando bajo la luna. Los gallos a media noche. El llanto del chiquillo de un vecino. La conversación a voz en grito de algún que otro trasnochador bebido. Y algo tan misterioso como el machacar el ajo de la cigüeña sobre la olma.

De Madrigal:
La tarde calurosa había dejado un rojizo resol en el poniente que, ya anocheciendo, se teñía de violeta al otro lado de Madrigal de las Altas Torres. La imagen de la Villa se recortaba plomiza, sin volumen, plana y erguida, sobre este fondo de cambiante color. Recordaba los dibujos de Felipe Doyagüez, siempre silueteados, cuya técnica parecía haber aprendido contemplando su pueblo, y, un poco mas cargados de color, pero siempre planos, los esquemáticos trazos de Domingo Emilio. Veía la tierra horizontal, el cielo horizontal y levemente unido al polvo por las torres del pueblo que yacía en su sueño gris y azuloso descansando del peso de su nombre.

En los versos de su obra:
                       ¡Ay telar de Fontiveros,
ay hogar del hermanito,
posado entre cielo y nava
donde no canta ni un hilo
de agua, tan solo la alondra
sobre la mies en estío! (*)
....

Ruinas perdidas en campo
que lecho de mar fue antes de hombres,
tus cubos mordieron el polvo,
Madrigal de las Altas Torres.(*)
….

En tu poca belleza, no yaciente,
erguida, Langa, estás en la llanura,
celeste para mí, con tu basura,
lejana en mi memoria adolescente.
….

Vuelvo a la tierra que nacer me viera
y se aviva el rescoldo de la brasa
del alma. Madre vive. Nuestra casa
tiene las mismas puertas. En la era

un muelo habrá de trigo. No se muera
esta paz de la tarde que traspasa
mi vida a mi recuerdo. Ya la masa
dará su pan. Ya habrá otra sementera.

Quiero dejaros, antes de terminar, estos versos de un poema navideño suyo que viene a cuento por las fechas en que estamos:

En Belén, esa villa, la casa de David,
no le dieron posada al que está por venir;
decía el hostalero que los pobres allí
íbanse a un cobertizo en la noche a dormir.

Mano a mano que fueron al establo llegados,
hallaron un pesebre para el asno cansado;
había por acaso un buey enamorado,
cuyo aliento tenía el heno escalentado.

En la noche cerrada vieron lumbres arder,
cual vemos por agosto en los cielos correr;
supieron los pastores estos signos leer,
que un niñuelo entre el heno habría de nacer.

Ayer lo enterraron en Langa y ayer mismo decía de él José Jiménez Lozano: “Sobre la tristeza de su desaparición incluso, podemos destacar la alegría de que haya escrito su poesía «porque sí» y también que se nos haya entregado a todos tan generosamente.      
Ambas realidades son un don que se nos ha hecho.”
(*)  Nueve poemas de Unamuno 
en el libro En Ávila:Sin ira
Radio Adaja - Lección de historia
21 de diciembre de 2011

2 comentarios :

chispa dijo...

Y yo, no le he conocido. Lo siento.

Juan C. dijo...

Si lees su obras podrás conocerle un poco.