2 mar. 2010

EL CAJÓN DE CHEMA



UN TORO SOLO EN LA RIBERA LLORA
En una conocida carta enviada por Miguel Hernández a Federico García Lorca, fechada en 1933, recién aparecido en las librerías "Perito en lunas", el poeta de Orihuela, entonces un perfecto desconocido, le dice al de Granada, ya todo un personaje de la poesía de su tiempo: «Usted sabe bien que en ese libro mío hay cosas que se superan difícilmente; que es un libro de formas resucitadas, renovadas; que es un primer libro y encierra en sus entrañas más personalidad, más valentía, más cojones -a pesar de su aire falso de Góngora- que todos los de casi todos los poetas consagrados, a los que, si se les quitara la firma, se les confundiría la voz». Poco antes, en esa misma carta, confiesa haber «maldecido las putas horas y malas en que di a leer un verso a nadie», y poco después, siempre quejoso, se asombra por el escaso eco que éste, su primer libro, había tenido en la prensa de Madrid; sólo Alfredo Marquerie, en "Informaciones", habló de la opera prima de Miguel Hernández, y no precisamente en términos elogiosos...

Elegante, como solía, Lorca respondió a Hernández a vuelta de correo, diciéndole: «Tu libro está en el silencio, como todos los primeros libros, como mi primer libro que tanto encanto y tanta fuerza tenía (...) No se merece "Perito en lunas" ese silencio estúpido, no. Merece la atención y el estímulo y el amor de los buenos (...) Los libros de versos, querido Miguel, caminan muy lentamente...»

De algo debieron servirle las palabras de Federico, pues a pesar de considerarse en su propia casa como «el cristo de los cinco sampedros», permanentemente negado por sus padres y sus tres hermanos, a causa de su desmedido afán por la poesía, Miguel Hernández siguió escribiendo con la misma fuerza y con la misma fe en sí mismo que ya demostraba en su primer libro. Cuando don José María de Cossío, su mentor hasta el día de su muerte, le contrató como redactor para su enciclopedia de "Los toros" en Madrid, supo que sería capaz de valerse por sí mismo, y que sería poeta hasta las últimas horas de su vida.

Pocos poetas, como Miguel Hernández, han sabido integrar la cultura del pueblo llano y la mejor herencia del alto lenguaje de los clásicos. Como en una égloga clásica o como soñara en sus últimos días Don Quijote, de retiro espiritual por los campos de España, el pastor poeta rumiaba los versos de Virgilio y de San Juan de la Cruz mientras su grey pastaba pacíficamente. Por eso podía combinar después endecasílabos como «un olor de herramientas y de manos» con otros versos suyos tan conocidos como ése de «la cebolla es escarcha cerrada y pobre». Para él, la sacudida casi testicular de la poesía, tantas veces encarnada en la figura del toro, era perfectamente compatible con la ternura ante las personas y las cosas sencillas. Mano de hierro en guante de terciopelo. «Un toro solo» que «en la ribera llora, / olvidando que es toro y masculino». Y así incluso en sus versos menos afortunados, por más excesivamente ligados a la militancia del momento. Fuera de polémicas estúpidas, lo mejor que puede hacerse en este año hernandiano es volver a leer la obra de Miguel Hernández. En su verdad profunda y en su contexto. Como dejó escrito Pablo Neruda, «recordar a Miguel Hernández que desapareció en la oscuridad y recordarlo a plena luz, es un deber de España, un deber de amor».

Carlos Aganzo, escritor y periodista, es director de El Norte de Castilla.
26 Ene 2010

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