24 ene. 2016

El puente de Valladolid, del Cementerio o de San Pedro

Para subir a nuestra bella y evocadora necrópolis, necesariamente hay que cruzar el discutido y arenoso Adaja, atravesado por un milenario puente llamado antiguamente «Puente Plano», por abrazar la planicie la mayor parte del barrio de San Esteban, iglesia desaparecida en el siglo XVI, y que estuvo situado en lo que es hoy matadero municipal; después, se denominó de Valladolid, por ser el camino más recto para ir a la ciudad del Pisuerga, y en los tiempos que corremos le conocemos los arevalenses por el del Cementerio.
El puente, sencillo, romano y de arcos desiguales y bajitos daba paso a la cañada de Toledo, y a pesar de su consistencia no pudo aguantar la espantosa riada del 1778. El Adaja se salió de madre, rebasó con creces su cauce habitual, invadió las riberas en proporciones inusitadas y la fuerza de las aguas arrastraron dos machones y un pretil contiguo al ruinoso y reseco Caño de la Sarna.
Sus siete ojos chiquitines y ciclópeos manifiestan claramente la inexistencia de esa galena, o camino longitudinal que muchos ignorantes creen, y hasta aseguran, que se comunica con el castillo de Coca, cuando en realidad no es otra cosa que una pequeña e ingeniosa bóveda que en el antiguo arte de la guerra servia de defensa y maniobra para impedir la entrada de quienes osaran asaltar nuestra atrincherada y vencedora villa.
Por los destrozos del desbordamiento del Adaja, quedaron incomunicados muchos pueblos de las provincias de Segovia y Valladolid. Entonces, los regidores y corregidores de Arévalo y su tierra acordaron reconstruir y reparar el puente de tal manera que desafiara incólume el ímpetu de las aguas. 
Los trabajos se llevaron a efecto sin demora ni descanso, y en el dintel del arco ojival que había a la entrada del puente sostenido por la muralla, se leía esta inscripción: «Reinando Carlos III y siendo su corregidor de esta villa don Juan Antonio Sigüenza (Abat) se reedificaron estas obras a las que contribuyeron los pueblos de treinta leguas en contorno. Año de 1781.»
Durante muchos lustros, la estrechez del arco dificultaba el paso de los carros cargados de mies. El Común de Labradores formuló repetidas quejas al Concejo, a la sazón presidido por don Marcelino Cermeño, quien ordenó a los trabajadores del Plus el urgente derribo, el año 1889, siendo también víctimas de la inconsciente piqueta tres lienzos de muralla, cuyos materiales se utilizaron en el arreglo de algunas calles y en el relleno de la «Carretera del Hambre», que, como todos sabemos, es la que une el puente de Medina con el del Cementerio, construida el año del cólera y que debo su remoquete al hambre que pasaron los enflaquecidos y paupérrimos braceros de nuestro pueblo en aquellos meses de la terrible invasión colérica.
Desde este arcaico y melancólico puente, lleno de lágrimas, de suspiros y de las afecciones más puras, se ve como una grandiosa maceta el Cementerio Municipal. 
(Extracto de una crónica de Marolo Perotas)

En los años 70 del pasado siglo XX, se construyó un nuevo puente junto a este. Sus constructores tuvieron la peregrina idea de empotrar la salida de este nuevo puente contra la cabecera norte del antiguo de Valladolid, iniciando de esta forma un proceso de destrucción que la ha llevado al estado deplorable en que se encuentra hoy. Por el grave riesgo de derrumbamiento total que sufre está incluido en La Lista Roja del Patrimonio de Hispania Nostra.

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