26 jul. 2015

Soy de Arévalo

Siempre lo he sido. Aquí nací en el 61 y aquí sigo. 
Podría haber sido de cualquier parte pero soy arevalense. Podría añadir el tópico de que lo digo con orgullo. El caso es que, no sé bien que es, no sabría definirlo, pero sí siento algo especial al reconocerme arevalense.
A veces me pregunto por qué me quedé en Arévalo si podría ser de cualquier otro sitio a poco que me lo hubiera propuesto, ¿qué me da Arévalo?, aunque quizás la pregunta debería ser, ¿qué le doy yo?
Me gusta vivir en Arévalo. Recorrer sin prisa sus calles. Contemplar sus monumentos. Pasear por sus campos, sus pinares y sus ríos. Observar la naturaleza que nos rodea y aprender de todo lo que nos muestra, siempre diferente.
Me gusta mi pueblo, admiro su patrimonio natural y cultural, que es mucho y variado. Sé que comparto esta admiración con mucha gente, amigos, conocidos y, también, desconocidos. Por eso, desde el respeto que me produce aquello a lo que admiro, me causa rabia e impotencia contemplar cómo se deteriora o, incluso, se pierde con lentitud pero con constancia una buena parte del patrimonio arevalense. 
Sé que hay a mucha gente que le molesta que diga que la ruina se ha institucionalizado en Arévalo. Incluso, me han dicho que hago un flaco favor a mi pueblo con tal afirmación. Pero, paseo tras paseo, es lo que veo. En más ocasiones de las que me gustaría reconocer, cuando un monumento empieza a deteriorarse el único fin que le espera es la ruina. Triste, sí, doloroso, también, pero terriblemente real. Y eso a pesar de los avisos que siempre unos u otros dan o damos sobre su estado. 
O me equivoco, o en Arévalo no existe ni un Plan de Conservación del Patrimonio, ni un Catálogo Monumental en el que se refleje el estado en el que se encuentran los principales edificios civiles y religiosos de la localidad, o el conjunto de casas en barrios históricos, así como las posibles intervenciones para impedir su deterioro, su ruina o su pérdida.
Tampoco en el aspecto natural, a pesar de que la riqueza y variedad ecológica es patente en muchos enclaves de Arévalo. Pocos pueblos castellanos tienen el escarpe de dos ríos con sus sotos ni están rodeados de abiertas llanuras y extensos bosques habitados por especies diversas y escasas. A pesar de esta riqueza y biodiversidad, ¿se protegen estos valiosos enclaves? No, al contrario, se urbanizan bosques y vías pecuarias, se deterioran hasta que, prácticamente, desaparecen. Los bellos escarpes de los ríos, ¿se intentan reforestar allá donde la pendiente lo aconseje? No, al contrario, se “plantan” con todo tipo de desechos convirtiéndose en vertederos lo que provoca, una y otra vez, peligrosos deslizamientos, incendios de ladera o, en el mejor de los casos, desagradables panorámicas muy poco turísticas. Se podría decir que el pueblo devora la naturaleza que le rodea, la aleja cada vez más en lugar de acercarla. Lástima.
O me equivoco, o en Arévalo no existe un Plan de Conservación de Espacios Naturales, ni un Catálogo Medioambiental en el que se describan los principales lugares con un valor natural elevado y donde se refleje el estado en el que se encuentran, así como las posibles intervenciones para evitar su deterioro o pérdida. Medidas encaminadas a dotar a la ciudad de una mejor calidad de vida.
El potencial de Arévalo es mucho pero de poco sirve si nada se hace al respecto. Muchas veces da la impresión de que Arévalo vive de espaldas a sus ríos, a sus pinares, a sus monumentos, a sus viejas casas y plazas ¿Cuál será el futuro del casco histórico, seguirá abocado al despoblamiento, al abandono, a la ruina? ¿Seguirán desapareciendo pinares como el de Amaya, o la Malla como se le conocía popularmente? Hasta tenía su propio dicho, recordad: “El que va a la Malla no falla” ¿Seguirá desapareciendo poco a poco la Cañada? Su condición de vía pecuaria y, por tanto, de espacio público, que a todos nos pertenece, de poco está sirviendo ¿Seguiremos dando la espalda a los ríos?
Se pierden pinares, se ignoran ríos, se ensucian laderas, se agrietan fachadas, se olvidan puentes, se hunden tejados…
Sí, soy de Arévalo, lo reconozco, siempre lo he sido.
Soy tan de Arévalo que, a veces, me duele.

Arévalo, enero de 2015
Luis José Martín García-Sancho
La Llanura número 69- Febrero de 2015

1 comentario :

Angelillo dijo...

Apoyo tu postura en defensa de todo lo bueno que tiene Arévalo y su entorno.
En las últimas visitas, he comprobado que ha mejorado algo en lo turístico y monumental.
En mi adolescencia, pasé 3 años como interno en el Colegio Salesiano.
¡Conservemos y mejoremos Arévalo, Ciudad Mudéjar!