11 jul. 2015

La calle de San José al Teso

Colección Emilio García Vara
Aunque en el último plano de nuestra ciudad, magníficamente trazado por don Antonio González Arnao, el año 1921, con motivo de las obras de alcantarillado y abastecimiento de aguas, aparece con el nombre de San José a San Martín, yo, tanto por carecer de espacio, como por ser poco amigo del rebautizador de calles, la dividiré en dos partes y la seguiré llamando de San José al Teso, como se la denominó primeramente, dejando para el número próximo el trozo restante, o sea hasta la acicalada iglesia de San Martín. El nombre de la calle que estas líneas encabeza, se debe  la ermita de San José, que como es sabido, en tiempos muy remotos se levantaba al norte de la casa que habita en la actualidad doña Florentina Benito (a) La Pinilla, y que algunos equivocados han venido creyendo que fue morada del famoso Alcalde Ronquillo, cuando la verdad histórica y la narración escueta de mi querido amigo Eduardo Ruíz Ayucar nos demuestra que el criticado personaje arevalense vivió varios años en la plaza del Real, y mayormente al lado opuesto de la villa, o sea hacia el río Arevalillo, en la plazuela del  Chocolate, por debajo de la hostería de Sergio, apodado también «Chocolate».
Frente por frente de la acreditada chacinería de «La Pinilla», el 1946, don José Luis San José Martí instaló una fábrica de hielo con su correspondiente cámara frigorífica para guardar las barras sobrantes de las cincuenta y tantas que en verano consumíamos diariamente los arevalenses.
El hielo viene a costar a unos treinta y cinco céntimos el kilo, y es natural que el mayor consumo lo hagan la industria y el comercio.
A mediados del siglo XV, pasando las «Las Almenillas» y la desaparecida puerta de San José , titulada anteriormente de San Martín, había a la izquierda de la encuestada calle unos solares propiedad de la noble familia de los Tapias, que se extendían hasta la plaza del Teso, en cuyos terrenos, don Antonio de Tapia construyó su casa solariega, convertida más tarde en Estafeta de Correos y Servicio de Postas.
Cronistas e historiadores nos dicen que el correo, en su primera época, fue de la Corona, y que las gentes que no podían pagar un «veredero», equivalente hoy a un peatón, se valían para enviar sus cartas de los correos reales, de los mensajeros que despachaban los mercaderes o de las personas amigan cuando viajaban.
Después, Isabel la Católica estableció en Castilla el período de arrendamiento, y como en el inmueble que estamos describiendo se siguieron haciendo los servicios necesarios, es por lo que algunos despistados han creído y continúan creyendo que el mencionado caserón fue residencia de la reina Isabel. Nada más lejos de la verdad, pues a juzgar por los minuciosos estudios que han hecho los más doctos y eminentes historiadores de la vida de tan augusta señora, ésta se crió en el palacio de su padre, don Juan II, en la plaza del  Real, posterior convento de las monjas Bernardas,  y cuando ya mayorcita recitaba versos o celebraba fiestas, lo solía hacer en el remozado castillo.
Allá por el año 1762, siendo corregidor de la villa don Francisco de Lozano, se estableció en correos el sistema de buzón, el cual, para mayor comodidad del vecindario, fue trasladado hace unos noventa años a la calle Santa María, mismamente en el sitio que ocupa el colegio de Nuestra Señora de las Angustias, acertadamente dirigido por don Manuel Goyenechea.
El desalquilado edificio fue tomado en arriendo por el expósito Matías San Cristóbal, de oficio botero. La botería iba de mal en peor y el inconsciente menestral, impulsado por sus malos instintos, incendió la casa, con la mujer dentro, en septiembre de 1912, marchándose tranquilamente de viaje en busca del «seguro». La mujer, empujada por las llamas, pudo ser salvada en medio de una atmósfera abrasadora.
El fuego sólo respetó la portada, que era de piedra sillería y de estilo castellano, siendo adquiridas las piezas del zócalo y del dintel por el ilustre general don Vicente Ríos, depositándolas este señor en el patio del palacio que habitaba en la plazuela de San Pedro, construyéndose en el lugar del siniestro las casas señaladas con los números 9 y 11.
A la derecha corría la ronda del Adaja, formada por la orilla interior de la muralla y una tapia paralela del mayorazgo de Velázquez, levantándose sobre los ciclópeos y venerados muros un destartalado caserón, en el que don Valentín Castaño, luego de convertir en teatro la planta baja, instaló el «Cine Cervantes».
A medio decorar se inauguró este modestísimo local, el domingo 27 de marzo de 1927, proyectándose la formidable película española «A fuerza de arrastrarse», basada en la comedia del mismo nombre del insigne Echegaray, reforzando el programa la orquesta «Voluntad» compuesta por los redactores de «La Llanura».
La Llanura. Septiembre de 1928. Fragmento.
De prisa y corriendo se hicieron las demás obras de arreglo y el viernes de feria del mismo año celebramos los chicos de tan popular semanario el baile de la Prensa, no superado hasta hoy por ninguna institución ni sociedad. Guirnaldas, ramaje, flores, telas orientales, tocador de señoras, limpiabotas, mujeres, muchas y muy bonitas. ¿Recuerdas Escobar? Chocolate a las cuatro de la madrugada y terminación a las seis menos cuarto, «sin la menor estridencia y la más exquisita corrección», como decía nuestro llorado jurisconsulto Manuel Zancajo.
Por espacio de cuatro años el señor Castaño proyectó en su salón variados e interesantes programas mudos, pero como la lectura no estaba al alcance de todas las inteligencias, y menos a las de los niños, vióse obligado a instalar la sincronización de películas con discos, que la mayoría de las veces, estos rayados y aquellas cortadas, no se ponían de acuerdo, por lo que el público ante tamaña imperfección silbaba y pateaba en los asientos. Terminada la guerra del 36, «Garbancito» y «Pepinillo», empresarios de buena voluntad, pero con poco dinero, nos dieron a conocer el cine sonoro, muy mejorado por el señor Fraile, quien no pudiendo sostener una absurda competencia se ausentó de Arévalo, encargándose de la explotación de la sala don Félix García, propietario de cines en Segovia, Nava del rey y otras capitales.
Un contrato convencional con don Enrique Esteban, dueño del Ideal Cinema, dio el cerrojazo hace tres años al Cine Cervantes, permaneciendo cerrado hasta que lo manden las circunstancias o algún fervoroso simpatizante del Séptimo Arte.
Marolo Perotas
Octubre de 1954

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