20 nov. 2012

MARÍA ANTONIA DEL RÍO ARNEDO

Iglesia-Convento de Santa Rosa, en Arequipa, donde 
reposan los restos mortales de María Antonia del Río.
MARÍA ANTONIA DEL RÍO ARNEDO
-AREVALENSE ILUSTRADA-

            -Adolfo Yáñez-

            La amnesia es una enfermedad muy extendida en España y de la que tampoco las gentes de Arévalo nos vemos libres. ¿Cómo explicar de otro modo el olvido absoluto en el que tenemos a muchos paisanos que, por lo que fueron o por lo que hicieron, merecerían ser recordados siempre con orgullo y hasta con afecto?
            Hoy quiero evocar brevemente en estas páginas la figura de una insigne arevalense que, cuando el analfabetismo imperaba en la sociedad y se cebaba con especial virulencia en las mujeres, alcanzó notables cotas de ilustración. No sólo utilizó con soltura el propio idioma, sino que estudió lenguas extranjeras de las que tradujo obras que aquí obtuvieron luego, gracias a ella, gran éxito editorial. Dispuso de coraje para enfrentarse a los poderosos. Supo ser excelente esposa y excelente madre. Reunió una magnífica biblioteca y ese amor suyo por los libros se lo inculcó a hijos que acabarían siendo gloria de la cultura española. Uno en particular, Luis de Usoz y Río, gozó de erudición, fue admirable editor, famoso hebraísta y ferviente cuáquero, colaboró con Jorge Borrow en la introducción del protestantismo en España y acrecentó la valiosa biblioteca materna llegando a reunir cerca de diez mil volúmenes antiguos que hoy se conservan en la Sección de Libros Raros de la Biblioteca Nacional.
            María-Antonia nació en Arévalo el 1 de octubre de 1775. Era hija de Lorenzo del Río y Dávila, regidor perpetuo de nuestra ciudad (al igual que sus ascendientes los Río Ungría) y de Martina Arnedo y Ximénez de Antillón. La educación que recibió en su ciudad natal, como acabo de indicar, era poco frecuente en las mujeres de la época y la complementó con lecturas en francés, por lo que, siendo todavía adolescente, se impregnó de valores próximos al ideario ilustrado de pensadores como Rousseau.
            A la muerte del progenitor, marchó con su madre a Madrid, donde tradujo por primera vez al español una novela del marqués Jean-François de Saint Lambert, filósofo y amigo de autores “malditos” como Voltaire, D´Holbach, D´Alembert o Diderot. Se trataba de un creador liberal, materialista, adicto al enciclopedismo y ateo, aunque de cara a la galería adornase sus ideas con vagos deísmos. La obra de Saint Lambert que tradujo María-Antonia (propia de la Francia prerrevolucionaria) tuvo que ser un tanto edulcorada por ella para que pudiese pasar la inflexible censura de una España en la que los vetos inquisitoriales impedían cualquier atrevimiento ideológico. Pero la joven arevalense, que no había cumplido todavía los veinte años, salió triunfante de esta inicial aventura literaria y, con posterioridad, acometería nuevas traducciones de Jeanne-Marie Le Prince de Beaumont. También dio a luz escritos propios.
Casó con José-Agustín de Usoz y Mozi, hijo de un oficial de la Contaduría General de Indias y graduado en Leyes. El año mismo de su enlace matrimonial, el marido obtuvo una plaza como Oidor en el Tribunal de la Real Audiencia de Charcas, en el Río de la Plata, y la pareja se dirigió hacia Chuquisaca, en el sudeste de la actual Bolivia. A lo largo de doce años, allí disfrutaron de una existencia apacible en la que María Antonia del Río se dedicó, ante todo y sobre todo, a ser esposa y madre, pues le nacerían cuatro hijos: Mariano (que perteneció luego en Madrid a la Junta Directiva de la Sociedad para propagar y mejorar la educación del pueblo), Luis (del que he hablado más arriba), Santiago (protestante, como Luis, anglófilo, polígrafo y catedrático en Compostela) y María-Francisca Usoz y Río.
Nuestra arevalense no volvió a traducir obras de envergadura, pero efectuó traducciones menores, leyó mucho y publicó artículos en el primer periódico de Buenos Aires, El Telégrafo Mercantil, bajo un significativo seudónimo, “La amante de su patria”. Fueron trabajos en un medio en el que también colaboraban personajes como Manuel Belgrano, Domingo de Azcuénaga o Pedro Cerviño.
Los testimonios que nos han llegado sobre María-Antonia por parte de quienes la conocieron en Chuquisaca nos hablan de una mujer sociable, enamorada de su esposo al que cuidará con esmero en su deficiente salud, defensora de un modelo de mujer abierta igual a la honradez tradicional que a la instrucción más moderna y avanzada, atenta a los avatares políticos de España y a los aconteceres del Virreinato de la Plata. Cuando el marido cayó en desgracia y fue destituido por el general Goyeneche, ambos debieron abandonar en 1810 su confortable posición social y partieron hacia el destierro. Serían ya los últimos años en la vida de la arevalense, años llenos de penurias, persecuciones y enfermedades. Recorrerán sucesivamente Oruro, Sicasica, Caracato, La Paz, Paria, Cochabamba y Arequipa, ciudad en la que María-Antonia murió el 3 de junio de 1815 y donde fue sepultada en la iglesia de las monjas dominicas de Santa Rosa, junto a la reja del coro. Allí siguen los restos mortales de esta olvidada paisana que supo ser inquieta y culta, educadora de hijos que alcanzaron consideración internacional, una paisana fiel a valores que podríamos considerar eternos y adelantada a su tiempo en conceptos que, al parecer, ahora acaban de descubrir con siglos de retraso muchas vociferantes feministas de nuestros días. 

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