6 abr. 2012

Sobre la mitología de los yacimientos arqueológicos de La Moraña.

     “Allí lo que pasó es que se celebró una boda a la que todo el pueblo fue invitado, todo excepto una anciana que no pudo asistir por su estado de salud. Los comensales comieron en abundancia y bebieron agua de un pozo sin saber que estaba envenenada. Y es que una salamandra había caído en su interior, contaminando el agua. En poco tiempo todos los habitantes del pueblo murieron excepto la vieja que pudo contar lo acontecido. Desde entonces, allí no vivió nadie y las casas se fueron derrumbando hasta desaparecer”

     Esta historia, o mejor leyenda, en diferentes versiones, ha sido trasmitida por gentes de toda la provincia de Ávila y otros puntos de Castilla y León así como algunas comunidades limítrofes y sirvió para explicar la desaparición de un núcleo de población. En nuestra comarca es utilizada a la hora de referirse a los despoblados de Palazuelos, Bañuelos, Mingalián y un largo etcétera.
     La mitología popular ha ido ideando explicaciones para aquellas realidades que se intuían pero a las que era difícil dar un sentido. Existe una mitología de la arqueología y no nos referimos a las teorías sobre la construcción de las pirámides de Gizeh o de las esculturas de la Isla de Pascua sino a lugares mucho más cercanos a nosotros. En La Moraña esta mitología acerca de los yacimientos arqueológicos existe y las leyendas cuentan con tantas versiones como personas las transmiten. A continuación, pondremos como ejemplo de estos usos, los “antiguos pueblos”.
     En época medieval, la llegada de población desde el norte peninsular incrementó el número de aldeas.    Se puede decir que se “superpobló” la zona y las áreas más fértiles fueron rápidamente ocupadas o ya lo estaban así que los últimos en llegar tuvieron que conformarse con las tierras de inferior calidad. Por cada pueblo actual, existían dos y hasta tres asentamientos. Muchos eran meros caseríos, poblados por unas tres familias y apenas una veintena de de personas. Esto les hacía frágiles demográficamente y una hambruna, una epidemia o, simplemente, que alguna de las familias no tuviera descendencia, provocaba que quedaran al borde de la desaparición. Y, de hecho, fueron desapareciendo, algunos con apenas 100 años de existencia.
     Pero su huella quedó en la memoria colectiva. Los vecinos de Fuentes de Año saben perfectamente dónde estaba Raliegos y los de Langa que en el paraje de Valtodano o Narros hubo sendos antiguos pueblos o que Labajuelo estaba muy cerca de Aldeaseca. Y esto no se debe solamente a que, generación tras generación, la historia ha ido de boca en boca sino también porque, en muchas ocasiones, el arado ha extraído del subsuelo restos de muros, de tejas o de cerámicas que han servido para ubicar estas antiguas aldeas.
   
En los casos en los que aún restan vestigios visibles el asunto es más lineal: quedan restos de la torre del campanario como en Bañuelos, en La Puebla (Madrigal) o Piteos o de una fortificación o torre vigía como en Astudillo (Rasueros), Yecla (Horcajo) o el Torreón de Cuenca (Palacios de Goda). Allí no resta duda alguna de que había un asentamiento. Pero restaba buscar una explicación acerca de porqué desaparecieron aquellos núcleos de una forma tan misteriosa… y sí, se suele dar una explicación catastrofista y radical. 
     Como anotamos al principio, la leyenda más extendida es la de la boda con final trágico aunque no siempre el agua fue contaminada por una salamandra (pobre bicho inofensivo) ya que puede ser por una culebra (Crespos), un perro muerto (Cisla) e incluso pudo ser la propia vieja superviviente la que lo hizo (una bruja) o un amante despechado por la novia que se esposaba.
     Entre la pléyade de avatares que se cuentan destaca el que narran en Tiñosillos para explicar porqué Bohodoncillo se despobló por completo. En este caso fue una plaga de hormigas o termitas que destruyeron las viviendas obligando a trasladarse a los habitantes al vecino pueblo de Tiñosillos. Curiosamente, hay informadores que aseguran haber encontrado allí enormes termitas “que no cabían en una caja de cerillas”.
     En realidad, los vecinos de estos despoblados no necesariamente perecían, simplemente se trasladaban a los pueblos más cercanos en busca de protección o fruto de casamientos. Las casas, de materiales muy endebles, iban desapareciendo y la iglesia, si la había, se mantenía en pie unas décadas o algún siglo. Algunas han llegado hasta nuestros días en forma de ermitas. La mayor parte han desaparecido pero, en ocasiones y antes de su desaparición integral, el patrimonio aprovechable se trasladaba a la parroquia más cercana. Y ahí vuelven a surgir leyendas asociadas. Es común que, aparte de alguna talla (por ejemplo, la talla de San Cristóbal preside el retablo de la iglesia de Cillán y provendría de la antigua parroquia del despoblado de San Cristóbal), lo más destacado fueran las campanas. En Barromán cuentan cómo las campanas del antiguo pueblo de Bañuelos se llevaron a la iglesia y éstas, recordando su origen, tañían de forma milagrosa, el día del patrón de esta bien documentada aldea desaparecida. 

     A nivel popular, las gentes del campo han sintetizado la historia del país en muy pocos capítulos. Prácticamente la cosa se queda en la llegada de los romanos, la invasión de los moros y La Francesada (la Invasión Napoleónica). Esta simplificación se debe a la precaria escolarización y a los postulados educativos de la Dictadura Franquista. En este período se sobrevaloró el papel de los celtibéricos (los primeros españoles) frente a los romanos y se vilipendió a los árabes (infieles). Por supuesto, los “gabachos”, ladrones de iglesias e incendiarios de viviendas, eran considerados verdaderos demonios. Ante esto, cuando se pregunta a una persona de cierta edad quién pudo vivir en un antiguo pueblo, se suele dar a alguno de estos anteriores. Si es una cueva o bodega, fueron los moros los que allí se refugiaron y enterraron un tesoro. Si aparecen tumbas en alguna parcela de labor, también suelen ser de moros (por ejemplo, en Horcajo de las Torres). Si predominan los fragmentos cerámicos, se suele hablar de romanos (Arévalo u Orbita).
     Los moros eran habitantes míticos pero tampoco se les consideraba como algo negativo sino que contaban con cierta áurea legendaria. Cuando aparecía una bodega desconocida se advertía a los niños que no bajasen por si se encontraban con “un moro o una mora” pero no porque les fueran a hacer daño sino porque eran sus antiguos moradores (Madrigal). De hecho, tenían fama de sabios y son abundantes las fuentes denominadas Fuente del Moro o la Mora, manantiales que destacaban por sus buenas aguas y que éstos habrían descubierto o construido.
     Pero quizás la leyenda más popular, repetida hasta la saciedad en localidades como Arévalo, Barromán, Madrigal, Rasueros, Montuenga y un sinfín de otros de nuestros pueblos, sea la de los pasadizos o túneles que comunicaban la iglesia con conventos, el río o las casonas de los más principales. Estos corredores servirían para resguardarse ante un peligro, huir o alcanzar otro punto sin ser observados. En Arévalo, los pasajes comunicarían el castillo con diversos templos y también los habría entre los conventos, en este caso con fuerte contenido picarón ya que servirían para que “los monjes visitaran a las monjas de noche”.
     En este caso, la realidad se mezcla con la leyenda: sí es habitual que haya pasajes pero, en muchas ocasiones, son bodegas de corredor o canales de suministro de aguas (en la capital de La Moraña los conductos de traída de aguas llegan a tener alturas de casi dos metros) pero no solían ser pasadizos como tales. En general, los informadores conocen a alguien que accedió a uno de estos misteriosos pasajes o ellos mismos lo hicieron pero bien huyeron despavoridos ante alguna visión (huesos, sombras, etc.) bien se apagó el candil que portaban o tuvieron problemas para respirar.
     Y para cerrar, no podía ser de otra forma, el omnipresente “puchero de oro”, aquella olla en la que algún antiguo guardó un patrimonio en oro que todos dicen conocer pero ninguno puede situar con exactitud. Puede estar en el interior de una tapia (Arévalo), bajo el enlosado de una cocina (Gutierre-Muñoz), en un corral (Fuente el Sauz) pero preferentemente en estas mismas dependencias dentro de una antigua casona (Fuentes de Año) o convento como lugares donde se acumuló la riqueza en el pasado.
      Con estas sucintas pinceladas hemos pretendido reflejar la curiosidad que despiertan los vestigios arqueológicos sobre una población enraizada a su tierra y la necesidad de buscar una explicación a su existencia. A partir de ese momento, la mente humana comienza a desarrollar hipótesis muchas de las cuales, tienen un elevado sentido poético o, al menos, pintoresco.

Jorge Díaz de la Torre

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