22 abr. 2012

Rendir cuentas al Rey

Aquella fría mañana de 1751, la taberna de Cabizuela estaba más revuelta de lo habitual. No había nada que hacer en el campo y varios vecinos esperaban expectantes la llegada de un forastero. Pocos días antes había llegado al pueblo una misiva en la que se les apercibía de la llegada al pueblo de Fausto de Cossio, un Juez Delegado de la Corona.
Según decía aquella carta se quería hacer un catastro para reunificar todos los impuestos y cerrar, de una vez por todas, el sistema feudal para pagar tan solo al reino.
Junto a un jarrillo de vino estaban "los Juanes", como así se los llamaban. Eran Juan Ruano y Juan Gómez, alcaldes del pueblo y sus pedanías (Los Galindos y Santiago de La Quemadilla). Con ellos conversaba Don Diego Vaquero, cura del pueblo, y hombre fedatario para estos trámites.
El juez amarró su caballo y entró en la taberna.
Tras numerosas presentaciones, el escribano que acompañaba a Don Fausto se sentó en una banquetilla y comenzaron las preguntas.
Los hombres del pueblo contestaban a todo como buenamente podían.
El término del pueblo era de 2700 obradas (2 leguas al Norte, 4 al Sur, y 4 de circunferencia). Limitaba con El Bohodón, San Pascual, Cabezas, Constanzana, Pedro Rodríguez, Papatrigo y Cordovilla.
Todo tierras de secano, excepto algunas huertas, pinares, viñas y prados. Las tierras de dejaban una vez cada cuatro años de barbecho para poder cosechar cebada, trigo, garrobas y centeno.
Por ese aprovechamiento debían de pagar el diezmo tercio, diezmo primicia, tercias y cuartilla a los Curas de Ávila, los del Colegio de San Gregorio de Valladolid, a las Monjas de Santa Ana, y algo más para la Catedral de Santiago de Compostela y para la construcción de la Iglesia de Cabizuela, fastuosa obra de granito que nunca se llegó a acabar.
Se molía en el molino del Arevalillo, propiedad del Marqués de Monterrón.
La cabaña ganadera estaba compuesta por vacas, bueyes, ovejas, caballos, mulas y cerdas de cría.
Había 48 cabezas de familia, que vivían en 62 casas, aunque aquí incluyeron la casa del Concejo, la carnicería y la fragua.
Como gastos comunes del pueblo, tan solo pagaban al alguacil, a una cuadrilla que limpiaba el pozo común, a los curas por oficiar, y las fiestas de San Bartolomé, San Cristobal y San Marcos. Además se pagaba a la casa de los locos de Valladolid y a la Santa Casa de Jerusalén.
En el pueblo, además de la taberna, había un mesón regentado por Manuel De La Iglesia. Pero la lista de oficios continuaba con un cirujano, un herrero, un sastre, varios jornaleros, labradores, ganaderos y, por desgracia, tres pobres de solemnidad.
Acabaron las preguntas, y, al irse el juez, la taberna quedó vacía. Tan solo "Los Juanes" y el señor cura permanecieron en el lugar hablando sobre lo ocurrido esa mañana. Dudaban sobre los beneficios para el pueblo de aquel interrogatorio. A fin de cuentas, el aroma de la olla llegó a su olfato, y se disolvió la reunión.

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