27 mar. 2011

De recibo


Como sabréis los que seguís nuestra revista La Llanura, en el editorial del número de marzo se invita a todos: ciudadanos, asociaciones, grupos políticos, entidades y a cualquiera que lo crea conveniente a enviar a nuestra revista comentarios, opiniones, propuestas y todo aquello que consideren de interés para nuestra ciudad. Se están recibiendo cartas, artículos, opiniones a las que daremos cabida en nuestra Llanura de abril. Entre ellas nos ha llegado una que, por supuesto, se publicará en el próximo número, pero a la cual acompañan cincuenta fotografías, ni una más ni una menos. Creemos que por el interés de los documentos gráficos y ante la imposibilidad de colocar las cincuenta tomas en la revista, merece la pena que las podamos ver y compartir. Hemos creado para ello un pequeño vídeo que inicia esta entrada, con las más representativas.

Viendo las fotografías nos viene a la memoria muchos mensajes, muchas ideas. De entre ellas queremos destacar lo siguiente:

La canción The Wall (El Muro), que acompaña al vídeo, nos sugiere que estamos creando nosotros mismos un muro alrededor de Arévalo, un muro de suciedad y porquería.


Rememoramos una hermosa frase que procede de un pueblo indio americano:

"Sólo después que el último árbol haya sido cortado,
Sólo después que el último río haya sido envenenado,
Sólo después que el último pez haya sido pescado,
Sólo entonces descubrirás que el dinero no se puede comer."


O estas otras sacadas del famoso discurso del jefe indio Seattle dirigido al hombre blanco:

Los muertos de los blancos olvidan la tierra en que nacieron cuando desaparecen para vagar por las estrellas. Los nuestros, en cambio, nunca se alejan de la tierra, pues es la madre de todos nosotros. Somos una parte de ella, y la flor perfumada, el ciervo, el caballo, el águila majestuosa, son nuestros hermanos. Las escarpadas montañas, los prados húmedos, el cuerpo sudoroso del potro y el hombre..., todos pertenecen a la misma familia.

Le es indiferente una tierra que otra porque no la ve como a una hermana, sino como a una enemiga. Cuando ya la ha hecho suya, la desprecia y la abandona.
Deja atrás la tumba de sus padres sin importarle. Saquea la tierra de sus hijos y le es indiferente. Trata a su madre -la Tierra- y a su hermano -El Firmamento- como a objetos que se compran, se usan y se venden como ovejas o cuentas de colores. Hambriento, el hombre blanco acabará tragándose la tierra, no dejando tras de sí más que un desierto.

Quizás sea porque soy lo que vosotros llamáis "un salvaje" y, por eso, no entiendo nada. La vista de vuestras ciudades hiere los ojos de mi gente. Quizá porque el "Piel Roja" es un salvaje y no lo comprende. No hay silencio alguno en las ciudades de los blancos, no hay ningún lugar donde se pueda oír crecer las hojas en primavera y el zumbido de los insectos. No hay un solo sitio tranquilo en las ciudades del hombre blanco. Ningún lugar desde el que poder escuchar en primavera el brote de las hojas o el revolotear de un insecto. Tal vez sea porque soy lo que llamáis "un salvaje" y no comprenda algunas cosas...

Mi pueblo puede sentir el suave susurro del viento sobre la superficie del lago, el olor del aire limpio por el rocío de la mañana y perfumado al mediodía por el aroma de los pinos. El aire es de gran valor para nosotros, pues todas las cosas participan del mismo aliento: el animal, el árbol, el hombre, todos.

Lo que le ocurre a la Tierra también le ocurre a los hijos de la Tierra. Si los hombres escupen en el suelo, se escupen a sí mismos. Nosotros sabemos que la tierra no pertenece al hombre, que es el hombre el que pertenece a la Tierra. Lo sabemos muy bien, Todo está unido entre sí, como la sangre que une a una misma familia. El hombre no creó la trama de la vida, es sólo una fibra de la misma.

Puede que esto nos sirva de reflexión. También puede que no. De todas formas, todos: ciudadanos, asociaciones, empresas, entidades, grupos políticos, responsables de las administraciones,  todos, deberíamos dedicar algunos minutos y pensar en esto.

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