7 ene. 2017

La calle del Horno

Palacio de Lópe de Río.
Colección Diputación de Ávila.
Esta vía angosta y sórdida, empedrada con reluciente canto pelón, sujeto por tosco bordillo en la acera de la diestra mano y suelto por el lado izquierdo, por el que corren trozos de mezquinas y barrosas tapias, comienza en la histórica plaza del Real —hoy del generalísimo Franco— y termina en la típica de la Villa, llamada un poco tiempo de Felipe Yurrita.
El primitivo nombre de la calle que vamos a describir le tomó del horno de los Hungrías, adquirido por la Compañía de Jesús en el siglo XVI, a raíz de ser dueños los avispados Teatinos del molino harinero sobre el Adaja y de numerosas casas y solares en los aledaños del Teso Viejo, de la calle antigua de San Martín y de la encuestada de Entremedias.
La tahona de los Jesuitas era muy celebrada, pues además de abastecer de pan a su colegio, surtían a gran parte de los vecinos de la Villa y socorrían a pobres y viandantes cuando los panaderos particulares y los de los pueblos inmediatos no fabricaban lo suficiente para cubrir las necesidades de la población.
Expulsada la Compañía en 1767, el horno pasó a ser propiedad del orondo don Antonio López y más tarde del «tío» Lucio de la Mota, a la sazón cabo de los serenos, de esos serenos bigotudos del Ochocientos que cantaban las horas y se «liaban» a garrotazos con los bebedores que se pasaban de la raya.
El horno y sus casuchas tristonas y reviejas fueron derribadas en 1914 para construir su espléndida y confortable morada don Manuel Martín Sanz, aquel alcalde serio, justiciero y económico que nació en Melque (Segovia) el 1851 y murió en la casa de sus ilusiones el 10 de abril de 1924. Casa de graciosísima y chistosa leyenda gitanesca.
En la entrada de la calle, de la que forma parte el jardín del Ayuntamiento, se encerraban los novillos, luego de ser corridos y apaleados por los entusiastas en aquellas famosas y accidentadas capeas que se celebraban en la espaciosa plaza del Real los días del Apostol Santiago y las Virgen de Agosto, los que, como es sabido, los pedía el pueblo alborotado y enardecido el día de nuestro mártir y glorioso Patrón San Victorino.
La casa señalada con el número 2 fue levantada a expensas de don Ignacio Osorio, padre de aquella simpática y bellísima dama, doña Sira, que casó con el notable y elocuente jurisconsulto don Manuel Zancajo Baig.
Fabrica de Pastas.
Colección Marina Martín.
En la señorial mansión, de salas amplias y patio puramente castellano, se hicieron las reformas estrictamente precisas para fundar el primitivo colegio de Nuestra Señora de las Angustias.
Suspendido este por «chinchorrerías» pueblerinas, aposentáronse los salesianos en el inmueble en 1944, mientras se determinaban las obras del magnífico, soberbio y despejado edificio que hoy ocupan. El caserón, poseído en nuestros días por el conocido y competente industrial don Florentino Zurdo Antonio, está destinado a fábrica de pastas para sopa, cuya inauguración se hizo el 9 de febrero de 1949. Colindante está la casa llamada de Correos, porque en ella estuvo a principios del siglo en curso el servicio de correspondencia, y en ella tomó posesión de administrador, hace la friolera de cuarenta y cinco años, nuestro particular amigo don Ángel Carmona.
En dirección a la calle de la Fragua hace esquina la residencia que fue de don José Carraffa, de aquel hombre alto, corpulento y bonachón que tanto se distinguió tocando el violín en las veladas musicales celebradas en el Centro Instructivo allá por el novecientos, al lado del gran pianista y director de la Banda Municipal, don Vicente Alonso Arias.
Anteriormente se estableció allí el colegio de Santo Tomás de Aquino, dirigido por don Alejandro Paradinas, siéndonos muy grato enumerar, entre los discípulos más aventajados, al inspirado poeta Hernández Luquero, al celebérrimo escritor taurino Maximiliano Clavo y al popular becario Antonio Gay Villa, estos últimos fallecidos recientemente,
Medianera a la de Lópe de Río.
Colección Diputación de Ávila.
En la actualidad vive bajo el mismo techo don Samuel López Aldea, sacerdote ejemplar, erudito, virtuoso y vigilante y defensor de las antigüedades y de las bellezas artísticas de nuestro pueblo.
En 1916, a petición de don Vicente de Río Careaga, general de División y ayudante de su majestad el rey don Alfonso XIII, por la insensatez e incomprensión de la Corporación Municipal, o por estimar la idea del caprichoso soldado, se cambió el rótulo histórico, castizo y bello de la calle del Horno por el de doña Guadalupe Cervantes Sáez, sencillamente porque esta señora, en una catástrofe hispanoamericana auxilió y facilitó recursos a un centenar de españoles con la abnegación y el cariño que saben hacerlo millares de piadosas  damas cuando se trata de obras benéfico-sociales o de favorecer a cualquier infortunado, dándose aquí el caso paradójico que entre los damnificados no había ni un solo arevalense.
Don Vicente, en su desaforado deseo, bien podría haberse acordado de otros ilustres y destacados arevalenses.
Marolo Perotas.
Octubre de 1956

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