4 dic. 2013

La tercera etapa

Son poco más de las 7,15 y ya suena el despertador. Es domingo. Hoy hemos quedado para hacer la tercera etapa de “La senda de Tumut”. Este tramo va desde Tiñosillos hasta el descansadero que junto al puente del Adaja hay en la carretera de Sanchidrián a Salamanca.
La pequeña Nela, una de mis dos gatas, entra gruñendo y a toda prisa en mi habitación. Tiene hambre y, con cierta exigencia, reclama el desayuno.
Un poco tarde, me he entretenido más de lo que pensaba, salgo por fin hacia la plaza del Arrabal.
Al llegar compruebo resignado como ni Fabio, que ya lo había avisado la noche antes mediante “wasap”, ni Chispa, que no había avisado de ningún modo, acuden a la cita. ¡Traidores! Recordad, bellacuelos, que hay más días que tajadas de longaniza.
No somos muchos, pero sí hay nuevas incorporaciones. Subimos en los coches y marchamos hacia nuestro destino. Decidimos ir primero hasta el descansadero y desde allí hacer el camino rio abajo.
Llegados al destino aparcamos los coches y empezamos. Marchamos ahora por las calles que iban a formar parte de la paralizada urbanización de Villanueva de Gómez. Ese absurdo proyecto urbanístico que supuso la tala de miles de pinos para terminar siendo una urbanización fantasma. “El daño de Inveralde”, preclaro monumento a la incompetencia de esa caterva de zoquetes que ocupan las poltronas de lo público y a la ambición desmedida de ellos mismos y de otros que les aúpan y sostienen.
Seguimos adelante acercándonos al borde de la cuesta del río.
Un rato después bajamos. Queremos llegar al molino del Chorrillo. Luis quiere que veamos los restos derruidos de un puente. Los más viejos de Villanueva nunca le han conocido en pie, pero los restos que quedan aún muestran que era un puente potente. Elementos graníticos yacen semi-hundidos en el cauce y forman un pequeño estanque de agua represada que busca liberarse y salta ruidoso entre las piedras.
Un poco más allá encontramos el caz que desde río arriba sirvió para llevar el agua hasta el molino ahora abandonado.  Una derivación levantada en ladrillo servía de compuerta para el riego de la huerta.  La “Morísca” se llamaba. Hoy es una alameda. Los arboles, altos y sin hojas, se asemejan en algo a esos generadores eólicos que “adornan” los, en otro tiempo bellos, paisajes de algunas de nuestras sierras.
El molino está en ruina. Nos explica Luis que a él le han contado que un grupo de cazadores hicieron una lumbre, para calentarse suponemos, y la techumbre se incendió quedando el edificio en el lamentable estado en que lo vemos.
En la pared oeste, la que está mejor conservada, aparece, grabado en la argamasa, el nombre del molino: “Molino del Chorrillo”. También el mortero muestra el impacto de disparos. Rastro inconfundible de rabia incontenida de más de un cazador frustrado.
Nos acercamos a ver el manantial que da nombre al molino. La pequeña fuente entrega al río parte del agua que recoge la gran duna arenosa sobre la que se asientan nuestros pinares.
Aprovechamos la parada para comer nuestro almuerzo. Como afirma Juan Jesús, afirmación que contiene una gran dosis de razonamiento, la Cultura sin almuerzo “no es lo mismo”.
Una vez terminadas nuestras viandas entramos en la estolda a ver el rodezno, los engranajes y otros restos de maquinaria casi enterrados entre las ruinas del molino.
Reemprendemos el camino.
Un rato más tarde aparecen los Cortados Rojos o el Vado del Adaja, como conocen a este sitio en Pajares. Un lugar que, aunque lo hayas visto otras veces, no deja de sorprenderte. El paisaje rojizo contrasta con el verde de los pinos de uno y otro lado del valle. Las cámaras fotográficas no descansan un momento. Este lugar merece la pena ser repetidamente fotografiado.
Luego de disfrutar un buen rato de los Cortados seguimos caminando entre los pinos. Procuramos no perder de vista el cauce del río.
Llegamos, un rato después, al lugar en que hemos dejado nuestro coche escoba. Es el coche que debe llevarnos a recoger a los otros coches que se han quedado a unos 11 km. río arriba.
Luego de un viaje de unos 15 minutos ya hemos llegado. Algunos marchamos hacia casa. Otros quieren ver, antes de regresar, las enormes balsas que iban a recoger las aguas residuales de la urbanización.
Quedamos en vernos en la próxima etapa. Será en enero y nos llevará a descubrir aquellos otros molinos que se levantan en las márgenes del Adaja entre Zorita y Mingorría. Lugares mágicos por los que transitaremos en nuestro periplo por esta Senda de Tumut. Un viaje por etapas en busca de las primeras fuentes de nuestro río “Agual” allá donde termina el valle de las flores de Alivés.

Juan C. López

3 comentarios :

Luis dijo...

Gracias por tan detallada crónica. Seguirenos avanzando hacia las fuentes de la columna vertebral de nuestra tierra que es el Adaja, el Agual de los arevaceos.

Anónimo dijo...

gracias Juan Carlos, ha sido como pasear junto a Luis, y junto a vosotros. Pili.

Luis dijo...

Hay palabras presciosas que se van a perder pues están asociadas a un oficio que ya no se practica. La palabra estolda no está recogida en el DRAE. Pero es la más usada para referirse a la parte inferior del molino, donde se encuentra el rodezno o rueda hidraúlica, en cambio si hacen referencia a esta parte del molino las palabras infierno o cárcavo que, al parecer son menos utilizadas en la jerga molinera, antaño muy extendida e importante tanto en su aspecto social como económico.