12 dic. 2013

Jaime Gil de Biedma, Arévalo, el caso de la mano cortada y El Paseo. Artículo en círculo.

Una calurosa tarde del verano de 1.982 compré en Arévalo, en el quiosco de la plaza, un espléndido número monográfico de la revista cultural “Camp de l´arpa”, que aún conservo, dedicado al poeta Jaime Gil de Biedma. Recuerdo que me senté con ella en un banco de El Paseo y la leí morosamente, a la benefactora sombra de su hospitalaria arboleda y de las muchachas en flor.  Hoy sin embargo me pregunto qué demonios hacía yo con apenas veinte años gastando mis modestos ahorros en una minoritaria revista de poesía en lugar de en el Playboy. Claro que hoy ya no existen revistas como aquella, ni poetas como Gil de Biedma, ni muchachas en flor. Y si me apuran, ya casi tampoco existe El Paseo, lamentablemente saqueado.

Jaime Gil de Biedma (1929-1990) es considerado el poeta español más influyente de la segunda mitad del siglo XX y el más destacado de la llamada Generación del 50. Ligado a la cultura catalana y anglosajona, del círculo de Gabriel Ferrater, Juan Marsé o Carlos Barral, descendiente de una familia de la alta burguesía barcelonesa e importante ejecutivo – nadie es perfecto- de la Compañía de Tabacos de Filipinas. 

Lo que yo ignoraba es la estrecha relación que había entre Gil de Biedma y Arévalo. Sabía que la familia pasaba largas temporadas en la cercana Nava de la Asunción (donde se encuentra enterrado), en una bonita casa de campo con piscina que durante muchos años fue testigo de legendarias veladas más o menos literarias.“Una casa a la que, sin saber por qué, acabo siempre por volver”, dejó escrito el poeta.

La emocionante noticia me llegó en el año 2.004 a través del libro Jaime Gil de Biedma. Retrato de un poeta, de Miguel Dalmau. En él se cuenta que, acabados sus estudios de Derecho, se presentó a las oposiciones para entrar en la Escuela Diplomática. En la página 55 del libro se lee:

“Perpetró una boutade digna de Dalí cuando le pidieron que glosara por escrito los encantos de aquella ciudad que como aspirante a diplomático encarnaba sus ideales. Mientras los otros opositores cantaban las excelencias de París, los parques de Londres, las ruinas de Roma o los palacios de Viena,  él redactó una impecable composición dedicada al pueblo de Arévalo”.

Y continúa Dalmau: “Ya desde la infancia esa pequeña localidad de la provincia de Avila se contaba entre sus lugares más queridos. Recordaba a menudo sus escaparates iluminados, y las tiendas de antigüedades que tanto agradaban a su madre. También le fascinaba el castillo, la Plaza de la Villa, las ermitas, las iglesias. Arévalo era rico en arte mudéjar y aún parecía flotar en sus calles el alma de los antiguos moradores musulmanes. Jaime había descubierto además sus delicias culinarias: el cochinillo, el cocido, las legumbres de la Moraña, los quesos, las tortas, las mantecadas. ¡Arévalo!. “¿Existía un destino mejor?. Quizá no para un espíritu como el suyo. Pero las autoridades académicas interpretaron aquel canto como un insulto y lo suspendieron”.

Me permito sugerir sin demasiadas esperanzas, como acto de necesaria gratitud y de legítima justicia poética, que Jaime Gil de Biedma sea nombrado oficialmente cónsul honorario vitalicio, lírico y póstumo de Arévalo. De cónsul de Sodoma – como él se proclamó -  a cónsul de Arévalo, su destino soñado.  
Otra prueba más de su especial vínculo con Arévalo me sorprendió hace solo unos días, por puro azar, escuchando uno de los archivos sonoros de Radio Nacional de España. Se trata de una conversación sobre literatura erótica mantenida entre Luis García Berlanga y Jaime Gil de Biedma, datada a mediados de los años ochenta. En un momento de la misma sale a colación el truculento caso de Doña Margarita Ruiz de Lihory, Marquesa de Villasante y Baronesa de Alcahalí. Fue ésta por cierto una mujer muy bella, culta y con una vida novelesca. Por ejemplo, durante la guerra con Marruecos ejerció de espía de Primo de Rivera, llegando a ser amante de Ab-el-Krim. En el lado oscuro de la marquesa estaba su afición por la magia negra y el sexo sin límites. Muerta en enero de 1954, la policía encontró en su casa un auténtico museo de los horrores. En un armario había un frasco lleno de alcohol y allí flotando estaba la mano derecha de Margarita.
El caso es que al salir el nombre del Marqués de Villasante, Gil de Biedma apostrofa con vehemencia:
- ¡Sí hombre, en Arévalo hay un palacio, que creo que ahora es Instituto de Segunda Enseñanza, que es el Palacio del Marqués de Villasante, antepasado de  Doña Margarita Ruiz de Lihory...! ¡En Arévalo!
Quizás se refiriera al Palacio del Marqués de Valdeláguila, construido en el siglo XVI por los segundos marqueses de Villasante y Condes de Valdeláguila, donde estuvo situada la añorada Fonda del Comercio. Sea como fuere, lo importante de la acotación de  Gil de Biedma es que ilustra hasta qué punto conocía y tenia presente a Arévalo. 

A propósito del Marqués de Villasante, Marolo Perotas escribió que el parque de Gómez Pamo, popularmente conocido como El Paseo, “está situado entre las Paneras del Rey, los restos venerables del ex con­vento de la Trinidad y la Huerta del Marqués, que para su recreo fundara a mediados del pasado siglo el últi­mo marqués avecindado en Arévalo, el respetable e ilustre prócer marqués de Villasante”, ascendiente por tanto de la singular Margarita. El caprichoso destino escribe a veces con renglones circulares: precisamente este es el parque en el cual yo me refugié una calurosa tarde del verano de 1.982, con la revista Camp de l´arpa  dedicada a Jaime Gil de Biedma, que acababa de comprar en la plaza. 
José Félix Sobrino
La Llanura nº 32 - Enero de 2012 

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