7 sept. 2012

Ascendimos al pico

Era aún de noche cuando el estúpido despertador salto de la mesilla anunciando la hora de levantarse. Las 6,30 de la mañana del domingo. Habíamos quedado a las 7,15 horas en la plaza del Arrabal de Arévalo. Era una buena hora para disponer de margen suficiente para estar a tiempo. La excursión era esta vez al pico Zapatero, cerca de Sotalvo.
Después de desperezarnos, lavarnos un poco, recoger las cosas, salimos de casa pasadas las 7 a reunirnos con el resto de aventureros. Aguerridos, despiertos, algunos ya esperaban impacientes la partida.
Pasada la hora y luego de llamarles, comprobamos con cierto desasosiego que ni Fabio, el que hace las crónicas, ni míster Chips, nuestro eterno optimista, habituales y de los más aplicados de los alumnos, iban hoy a acompañarnos. Dimos por hecho que les había asustado la aventura o bien que, como tiernos infantes, estaban amilanados y, lloriqueando, se habían quedado en la cama en este nuestro primer día de clase del nuevo curso. Contábamos sin embargo con la compañía de Fernando, que siendo un hábil y experimentado escalador se incorporaba a nuestras mensuales aventuras campestres.
Salimos pues más tarde de la hora prevista; habíamos quedado en Sotalvo a las 8,15 horas.
Llegados a la entrada del pueblo, después de un animado viaje en coche, comprobamos con cierto alivio, que ni Carlos Tomás, ni sus acompañantes habían aún llegado, con lo que al fin y a la postre sí habíamos sido puntuales.
Llegaron los de Ávila casi enseguida y, una vez despachados los saludos y presentaciones de rigor, iniciamos nuestro “paseo” hacia la cumbre del Zapatero.
Primero, en coche, marchamos por una empinada pista hasta la fuente de Aguas Frías, un precioso espacio de descanso y asueto en el que, una vez recogidas nuestras mochilas, dejamos nuestros coches.
Seguimos a pie un buen trecho. A poniente veíamos en detalle la cara suroeste del promontorio en el que se asienta el Castro de Ulaca.
Un poco más adelante nos adentramos ya en la zona de piornos y enebros. Debemos seguir el camino marcado por todos los que nos han precedido. Es importante seguir los hitos, piedras apiladas que han ido colocando avezados aventureros que han pasado un día y otro día por aquí.
La compañía sigue adelante. El pico se nos muestra allá a lo lejos, recortando junto a la Peña Negrilla o el Risco del Sol. Unos caballos nos observan curiosos, preguntándose quizá adónde dirigimos nuestros pasos en esta luminosa mañana de domingo.
Paramos a menudo. Nuestros guías, Carlos Tomás o Luisjo, toman la palabra y nos explican donde estamos, lo que vemos a nuestro alrededor, nos señalan que plantas nos rodean y nos hablan de ellas. Seguimos sus explicaciones. Algunos como buenamente podemos. Escuchar y hacer fotografías no es del todo compatible; si te entretienes a enfocar y disparar la cámara te quedas rezagado y ya pierdes la explicación.
La ascensión nos deja disfrutar, cada vez más, con el imponente panorama que queda a nuestros pies. En la inmensa llanura vislumbramos, entre la bruma lejana, incluso las torres de nuestra harinera. El Guggenhein de Arévalo, dicen entre bromas.
Poco a poco vamos acercándonos a la cumbre. Algunos más adelantados llegan hasta el pico y esperan, después de abrigarse un poco. Allí arriba el viento es frío. Un poco después llega el resto.
La vista es de impresión. Podemos contemplar el valle del Adaja, las Parameras, Gredos, la sierra de Béjar, las estribaciones segovianas. Carlos Tomás nos lleva con sus explicaciones a cada uno de estos sitios. Nos detalla los pueblos que salpican el mapa de imponente paisaje.
Al recuerdo nos vienen las páginas y las ilustraciones de La senda de Tumut: Las montañas del Oso, la llanura de los Rinocerontes, el valle de las flores de Alivés, las montañas del Sol, el río Agual, las grandes rocas de Amila.
Un ligero descanso y a reponer fuerzas. Unos, más avezados en esto de subir a las montañas, comen ligero: frutos secos, barritas o bebidas energéticas; otros damos buena cuenta de nuestro bocadillo de filete o tortilla con pimientos. Picamos en las repletas fiambreras algún torrezno o rodaja de chorizo, blanco o rojo, y a ratos apuramos algún que otro suspiro de la bota que ha subido Fernando.
La pequeña Violeta nos ofrece por tres veces ración de pistachos.
Acabada la pitanza iniciamos el regreso. Aprovechamos, los que no habíamos subido por ella, a bajar por una empinada cueva que forman los enormes bloques de granito. Aquí las bromas típicas dado que el paso entre las piedras nos hace tomar posturas poco adecuadas a la dignidad habitual que mantenemos.
Seguimos, casi siempre, el sendero marcado por otros. A veces te pierdes entre los piornos y tienes que reconducirte, tienes que buscar los hitos que marcan el camino.
Llegamos abajo, al prado, y paramos un momento para recuperar un poco las fuerzas. Algún móvil suena. Preguntan por la excursión, ¿todo bien? Las caras de satisfacción dejan entrever el orgullo que sentimos los novatos por haber podido llegar, casi al límite de nuestras fuerzas, hasta la cumbre del Zapatero.
Un poco más abajo llegamos a una pequeña balsa que recoge agua de manantial. Agua pura y fresca que, aunque carece de sales minerales, bebemos con deleite.
Por fin llegamos a los coches.  Las últimas explicaciones, un último vistazo a la fuente de Aguas Frías y una cálida despedida para terminar esta preciosa excursión no sin antes haber dejado casi apalabrada nuestra próxima salida. Si no surgen inconvenientes de última hora, en octubre tendremos una visita guiada al Castro de Ulaca, seguramente el mayor oppidum celta de toda la península ibérica.
Juan C. López

2 comentarios :

Anónimo dijo...

Vaya explicación Señor presidente, intensa hasta el punto de que casi me sofoco al leerla, del esfuerzo y de la satisfacción del logro conseguido. Enhorabuena pro esa coronación al pico. PIli.

Javier S. Sánchez dijo...

Bonito dibujo, con palabras, de la jornada. La montaña siempre nos devuelve con creces lo que le damos. Enhorabuena a los aventureros.