23 dic. 2009

Vivimos en una pecera

Cuando menos te lo esperas la vida te sorprende; una visita inesperada; la llamada de un amigo del que hace tiempo que no sabes nada. Incluso asuntos menos agradables como una muerte repentina. Son muchas las cosas que nos pueden sorprender, sacarnos de nuestra rutina. Parece que vivamos ensimismados pensando no sé muy bien en qué.
Vamos cada día al trabajo, el que lo tenga ¡claro!; saludamos a las mismas personas y afrontamos el día a día como si supiéramos lo que nos va a suceder. Actuamos como pequeños dioses que controlan todo lo que sucede. ¡Pobres ignorantes! Nada está bajo nuestro control. Ni siquiera nuestro propio cuerpo que es lo más íntimo y personal. Pero nos creemos capaces de cambiar todo lo que nos rodea solamente con nuestra voluntad, con nuestro simple deseo.
Pero ni siquiera elegimos hacia dónde nos dirigimos. Elegimos, o al menos eso creemos, entre las opciones que nos presentan. Pero de igual modo que los peces en la pecera, nuestro escenario está determinado de antemano. Nos dan a elegir entre unas opciones que alguien ha decidido antes que nosotros.
No nos permiten elegir otros escenarios posibles. Como en una pecera, las plantas, las rocas y el color de la arena ha sido determinado. A partir de ahí, podemos nadar hacia un lado u otro. Hacia arriba o hacia abajo. Pero los cristales invisibles pero sentidos nos determinan el límite de nuestro deambular. Ellos, los cristales, detienen nuestro avance. Retrocedemos y volvemos a elegir hacia dónde dirigirnos. Ilusión de libertad.
Comemos lo que nos proporcionan, cuando y como quieren. El corazón palpita sin cesar, afortunadamente. La sangre sigue corriendo por las venas, infatigable, llegando a todos los rincones de nuestro cuerpo. En el pueblo la sensación de vacío aumenta. Cada vez quedan menos habitantes. El tiempo se acaba. Abajo mientras, el agua continúa subiendo. Por el hueco de la escalera me llega el eco de sus voces. Libertad gritaban desde lo alto.
Cuando avanzamos hacia el matadero lo que impresiona no es la gran cantidad de gente que lo hace, sino el silencio. Un enorme silencio nos acompaña. ¡Pobres estúpidos! Pensamos que si nos mantenemos en silencio, si no llamamos la atención de los guardianes, escaparemos al final que nos espera.
Ya no somos ignorantes, pues sabemos lo que sucede; dejamos de ser estúpidos, pues sabemos que no conseguiremos nada salvo engañarnos a nosotros mismos. Pasamos a ser peleles, humanos entregados, sumisos, incapaces de utilizar lo único que nos distingue, al menos eso creo de los peces, la capacidad de pensar. Raciocinar es la única posibilidad que tenemos de salir de la pecera, de salvarnos del matadero.
Estamos todavía a tiempo de despertar de esta vanidad. Viviendo el día a día de modo más humano. Preparados para cualquier cosa que nos pueda suceder. Sorprendiéndonos gratamente de todas y cada una de las cosas que nos ocurran. Mirando a los ojos de los otros. Despacio y sin miedo. Mirando al fondo de sus ojos. Buscando la complicidad en sus gestos. Animándoles a mostrar su sonrisa más sincera y sencilla. Escuchando cuando la ocasión lo requiera y hablando a quien necesite de nuestras palabras; palabras de ánimo o de consuelo; palabras humanas que desean escuchar, que les humanicen o les hagan sentir más humanos.
No es mal momento para empezar, al fin y al cabo es Navidad y dentro de poco empieza un año nuevo. ¡Ánimo! ¡Cambiemos nuestras vidas! Salgamos de la pecera.

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