10 dic. 2009

Un delicioso nihilismo

Un poema de Stephen Mitchell nos evoca a San Jerónimo, en su estancia de Belén, inclinado sobre su mesa de trabajo y preguntándose «cómo la palabra de Dios podría ser encerrada entre las pastas de un libro; pero escuchando a la vez toda la vibrante vida/ de Belén que está allá afuera». Esto es, la vida de la aldea: una carreta de bueyes que pasa, una muchacha peinándose, un niño llorando, «la tierra de hojas muertas», y el aroma del pan recién cocido «de la panadería de calle abajo». Pero aquel hombre de estudio, allí cerrado, sabía muy bien, naturalmente, lo que ocurría en el mundo, y calculaba mejor que muchos el alcance de lo que ocurría, y el mayor desastre que podía sobrevenir.
El león con el que Durero, y otros pintores, le habían pintado en aquella apacible estancia querían simbolizar el poder de su inteligencia y su intransigencia con la cobardía y la estupidez del tiempo. Aunque, desde luego, podía resultar también encantador, y, en plena vejez, se mostraba joven e ilusionado, y como capaz él solito de levantar una nueva Roma.
Era un polemista terrible, y no se había ahorrado sus cóleras contra el poderío de la Roma, que a sus ojos era una sentina de maldad, vicio, y corrupción; y pareció sentir algo así como satisfacción de su caída, pero en realidad le dolió muy adentro y escribió: «Se ha extinguido la clarísima lumbre de las tierras todas; truncada ha sido la cabeza del romano Imperio; en una sola ciudad ha perecido todo el orbe. ¿Qué queda a salvo, fenecida Roma?».
Pero enseguida comenzaron a afluir a aquella aldea de Belén inmigrantes que habían podido huir de aquella Roma, y Jerónimo se quedaba pasmado de que un tal pueblecillo se convirtiese de súbito en el ámbito de acogida y consuelo: «Todas las cosas nacidas mueren –escribe–; y envejecen todas las cosas que tuvieron crecimiento. ¿Quién iba a creer que Roma, construida, engrandecida sobre las victorias del universo mundo, se desbaratase y despeñase, y que ella, que fue madre de sus pueblos, fuera también su sepulcro? Pero, ¿quién iba a decir que, día tras día, la santa Belén acogería como mendigos a grandes personajes de uno y otro sexo, que antes chorreaban riquezas?».
Porque hasta allí habían llegado, entre otras varias docenas de gentes muy altas y antes ricas como, por poner un ejemplo, Paula, que era de la estirpe de Agamenón, y de los Paulos y Escipiones; y, naturalmente, también gentes pobres y sencillas, igualadas todas por la misma inmensa desgracia, pero no vencidas. Y Jerónimo era el primero que no se resignaba a ninguna esclavitud, y escribió a su amigo Heliodoro, en una carta de pésame por la muerte de su sobrino Nepotiano: «El orbe romano se derrumba, pero nuestra cerviz erguida no se dobla» como aquella caricatura de emperador que era Atalo se había humillado hasta el desprecio y la burla de Alarico.
Jerónimo invitaba a la resistencia y esperaba también la grandeza de una nueva Roma, si se echaba a andar por «la vía romana» como la ha llamado Rémi Brague; esto es, pensando y actuando con la clara conciencia de que «ser romano es tener, aguas arriba de sí, un clasicismo que imitar y, aguas abajo, una barbarie que someter». Y así la mejor herencia de Roma sigue ahí. Lo que pasa es que, nuestros tiempos, como los tiempos de la vergüenza de Roma, están llenos de condescendencias con la estupidez y con el mal.
Es decir, los tiempos en que las élites políticas eran diarios huéspedes del banquete de Trimalción desempeñaban sus responsabilidades como en los combates de carros en el circo, y el rey godo Teodorico afirmaba sarcásticamente que los romanos necios querían ser bárbaros, pero los bárbaros inteligentes querían ser romanos.
Como, ahora, la Europa renegada de su cultura y convertida en una calabaza hueca con una vela dentro, no quiere imitar ni someter nada; sólo sestear en un delicioso suicidio nihilista.
José JIMÉNEZ LOZANO

1 comentario :

Anónimo dijo...

Hola,

Una vez más sencillo y casi encogido. Le he cazado de casualidad, en medio de la llanura :-)

No me ha quedado muy clara la historia de S. Jerónimo, la verdad, pero da igual, lo compensa la prosa franca y nada nihilista del maestro Jiménez Lozano.

Escucho radiohead mientras escribo el comentario y estos sí que son nihilistas :-) Mi admiración.