28 jun. 2009

La Tagarnina

Estoy seguro de que quien lea este título dirá inmediatamente: “¿qué será esto?” Es posible que alguien, por excepción, no tenga que acudir al diccionario porque lo sepa, sobre todo si es guatemalteco; no sé si en Dénia habrá alguno. Lo cierto es que estamos en unos días (cuando estas líneas vean la luz ya habrán pasado) en los que “eso” se prodiga en demasía por aquello de los excesos de comida y, naturalmente, de bebida, ¿han cogido ya el hilo?, se lo he dejado fácil.
Citaba yo cuando escribí sobre los vinos de España, allá por el último verano, a un escritor festivo paisano y amigo, dueño de una pintoresca bodega y autor de composiciones poéticas y en prosa dedicadas al dios Baco y a lo relacionado con él. De una de ellas he tomado la dichosa palabreja para epigrafiar este artículo que trata, precisamente de la borrachera. Marolo Perotas, al que me refiero (ya desaparecido hace algunos años), a lo largo de un extenso poema, nos deleitó citando nada menos que setenta denominaciones distintas de la embriaguez -¿de dónde las sacaría?- No puedo aguantarme las ganas de brindar a los lectores la oportunidad de conocerlas y espero que no se cansen leyéndolas. Ahí van: tablón, mona, turca, toquilla, gabardina, moña, chilaba, pelerina, cogorza, zaramago, tropezona, túnica, nodriza, poderosa, mata, castaña, celedonia, tulipán, pellica, moco, babosa, peto, diana, tomate, babilonia, pítima, merluza, mascarilla, cernícalo, tormenta, filoxera, mostaza, tajada, trenca, morcilla, atmósfera, vitrina, jumera, paraguas, tea, valentona, alfombra, soplatera, TAGARNINA, trompa, farol, garrapata, peleona, torta, moscorra, tenca, cazadora, moña, guinda, embriaguez, librea, floresciente, luminosa, melopea, curda, miserere, emperadora...
Despediré el entrañable recuerdo que conservo del poeta con dos pequeños fragmentos del poema que dicen:

El vino crea cientos de amistades
y es el estomacal por excelencia,
limpiando de prejuicios la conciencia
le dice al más pintado las verdades.

Es locuaz, saludable, emprendedor,
eufórico, vehemente, vaporoso,
tónico, digestivo, prodigioso
y amigo de la juerga y del amor.

Pero vamos a dar un giro a estas humoradas porque, sinceramente, no era éste el estilo ni el fondo que pretendía yo emplear por las situaciones y consecuencias que las tagarninas de estos días pasados trajeron consigo y no sólo las de éstos, sino de todo tiempo. No puedo olvidar el impacto que me produjo la escena de un joven cargando al hombro a otro compañero que estaba incapacitado para mantenerse en pie dado su tremendo estado de embriaguez. Trataba de llevarlo a su casa e introducirlo en el ascensor, una vez superado el pequeño tramo de escaleras previo a aquél. Dos actitudes contrapuestas dignas, por tanto, de distinta consideración. Una, la del joven ebrio, penosa por su falta de sensatez y que infundía lástima evidente; la otra, la del abnegado amigo que no dudó en dejarlo en su domicilio a costa de ímprobos esfuerzos y sacrificios, que no podía menos que despertar la admiración de los demás. Eso sí fue un alarde de solidaridad. Era el día de Navidad. La fecha y la circunstancia son significativas a la hora de encontrar una explicación del hecho, que no justificación, Pero ya se sabe, la irreflexión se apodera de las personas en momentos presuntamente eufóricos y conducen a estas cosas.
En este caso el protagonismo se lo lleva un joven pero no sería justo particularizar porque, sin olvidar los insanos “botellones”, no se puede excluir a la población adulta que, en no pocas ocasiones, aunque no de forma gregaria, sino individualizada, prodigan el consumo de alcohol hasta extremos difíciles de comprender. Tengo una imagen en la memoria, siendo adolescente ya, que es uno de los muchos episodios semejantes que se dan en la sociedad por esa causa: en una pequeña ciudad de Castilla, donde todo el mundo era más o menos conocido, un modesto menestral no precisamente remilgado a la hora de echarse un trago al coleto, se había excedido aquella tarde festiva y, en situación tambaleante, acertó a pasar bajo el balcón del juez de Instrucción quien, a la sazón, estaba asomado al mismo. Aquel buen hombre (pues, pese a su inveterada costumbre, lo era) se encaró con el magistrado y, al estilo de algunos enjuiciados por la Audiencia Nacional, se puso a lanzar toda clase de improperios contra él. Naturalmente, como entonces estaba vigente el delito de desacato, antes de diez minutos estaba en la cárcel.
Pero el vino, la cerveza o la ginebra ya hacían las delicias de ilustres personajes de la historia. Es curiosa la mención de las famosas “schubertiadas”, en los comienzos del siglo XIX, donde el grandioso compositor austriaco, autor entre otras muchas obras, del Ave María, la Serenata y la Sinfonía Inacabada, se reunía con sus amigos y mientras hablaban de infinidad de temas, “libaban” sin tacha hasta el punto de que las conversaciones derivarían en algo incongruente, como es de suponer.
Estos relatos no dejan de ser puramente anecdóticos pero, lo verdaderamente serio y preocupante son esas estadísticas alarmantes que nos dicen que la edad a la que se inician los jóvenes en la bebida, cada vez se hace más prematura. Alguno de mis artículos terminaba con una exclamación contundente que ahora repito: ¡Qué pena!
Jesús GONZÁLEZ FERNÁNDEZ
(Publicado en CANFALI MARINA ALTA, de Denia, el 12-01-2008

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