1 jun. 2015

Nunca miedos, jamás mentiras

El plan era sencillo: recorrer el arroyo Carias procedente de Martín Muñoz de la Dehesa, Rapariegos y Codorniz, desde su encuentro con el arroyo de la Mora, junto al cementerio de la localidad de Arévalo, hasta su paso con la calzada de Rapariegos. Unos cinco o seis kilómetros y su correspondiente vuelta al punto de partida. Pero la falta de un elemento de vital importancia para los escarceos en la Naturaleza que esta asociación, La Alhóndiga, propone, nos hacía tener un cierto temor. El Señor de los bichos es mucho señor y sin su presencia nos sentimos inseguros en un entorno tan desconocido para la mayoría y que él nos descubre y enseña de forma pedagógica y paciente.


Habíamos trasnochado algunos a cuenta de un individuo peculiar. Un fraile carmelita, todo bondad y energía, que nos había envuelto en su discurso teresiano la víspera. Yo personalmente estaba todavía con algunas de sus palabras resonando en mi cabeza, pues no pude retenerlas todas lamentablemente. Es un fraile o cura o amigo al que no te cansas de escuchar, pues en sus palabras hay algo, puede que sea la Verdad, que te atrae. Nunca miedos, jamás mentiras…obras, obras, obras, obras… nos dijo que dejó escrito la Santa, que fue mujer sobre todo y que no necesitó estudiar a los hombres porque les adivinaba. Tal vez fuera por eso que nos presentamos donde los arroyos se juntan, el de la Mora y el Carias, todavía somnolientos, cerca de un centenar de personas sin saber muy bien a lo que nos íbamos a enfrentar, lo que podríamos encontrar y tan siquiera por dónde deberíamos caminar. Así de insegura es la Persona.

Había una novedad importante que cualquier cronista, aunque sea de medio pelo como es mi caso, no puede dejar de reseñar: Mister Chisp había vuelto a caminar con nosotros. Era una especie de prueba de resistencia para calibrar su estado físico. Nada de lanzar las campanas al vuelo, que a él no le gusta la algarabía ni el jolgorio, que es hombre tranquilo, excepto cuando conduce vehículos a motor pues entonces se transforma. Pero eso es algo que tendré que tratar de forma individualizada con él, a solas y con palabras quedas. Quedamos pues en que iba a probarse Mister Chisp así que el pasar por los caminos habría de ser de forma prudente y sosegada, sin aturulladas prisas que no son buenas para nada y menos en la Naturaleza. Y así empezamos la marcha, casi como el pueblo de Israel pero sin saber la tierra Prometida que buscábamos y guiados por nuestro particular Moisés, un tío de Palacios de Goda que tiene el corazón que no le cabe en el pecho y sabe de las cosas de los pueblos como pocos.

Empezamos junto al cauce del arroyo, siguiendo la linde hasta que pudimos adentrarnos en él, junto a cebadas consumidas por los recientes calores pasados y fuera de tiempo. Los que han arrebatado la cosecha pues las espigas en muchos casos apenas han granado. La maleza, por la abundancia de humedad y la escasez de pastoreo, inundaba todo el cauce haciendo dificultosa la marcha en algunos tramos, pero dejando bien a las claras varios aspectos que serán, de seguro, estudiados por mentes más claras que la mía.

El primero de ellos es que la codicia humana, ansia decía mi padre, es casi infinita y no lo es del todo porque el límite es el propio mundo pues nada se puede acaparar más allá de lo que existe. El hombre en su ansia e ignorancia todo lo acapara, todo lo quiere, sin saber el grave perjuicio que ocasiona al bien común. Habrá que enseñar, educar y formar ciudadanos si queremos tener futuro. Además de exigir que las leyes se cumplan y las autoridades actúen para devolver al bien común e interés general lo que es suyo y de lo que se han apropiado unos cuantos ansiosos que no tienen suficiente nunca. Nunca miedos, jamás mentiras…obras, obras, obras, obras…


El otro aspecto a destacar es que se puede palpar que cuando el hombre retrocede en la ocupación del espacio físico, es la Naturaleza la que de inmediato lo ocupa. Abandonados el pastoreo y casi los pueblos, la vegetación avanza y con ella los que siempre poblaron estas tierras, animales salvajes que mantienen en perfecto equilibrio el ecosistema, no como el hombre. No puedo relatar la gran cantidad de bichos y pájaros que con sus trinos acompañaron nuestro caminar, salvo destacar la presencia de numerosas huellas de jabalíes, conejos y demás fauna. El avistamiento de alguna liebre, incluso una, ya de esas viejas liebres que sobreviven a los cazadores, que se permitió observarnos en una relativa cercanía, conocedora de sus capacidades, para mirarnos casi desafiante en retarnos a una carrera que sabía ganada de antemano.
Una garza que volaba de charca en charca eludiendo nuestra molesta presencia, algún que otro milano y varias cigüeñas que pastaban en los prados próximos a nuestro paso. Hasta que de pronto un pareja de corzos, sí los duendes del bosque, primero el macho y seguido su hembra, salieron de entre la fresca maleza que ocupa el cauce del arroyo. A menos de diez metros de nosotros y tal vez sorprendidos del numeroso grupo de humanos que pasaban por allí, lugar por el que de seguro haría muchos años que no se veía tantos animales de la especie humana, parlanchines y despreocupados. De haber ido menos, seguro que ni se mueven de su fresco acomodo seguros de su invisibilidad. De inmediato giré la cabeza para comprobar que Mister Chisp les había visto en esta ocasión, él que nunca les ve, y sí les pudo ver, como todos, con una nitidez similar a la preciosa foto de David Pascual. Aunque todo fue muy rápido la imagen quedó perfectamente grabada en nuestras retinas y superado el sobresalto inicial algo quedó en nuestro ánimo, como de alegría. Nunca miedos, jamás mentiras…obras, obras, obras, obras…

Y con unas cosas y otras transcurrió la mañana. Almorzamos en un prado a la sombra de unos álamos o chopos negros, junto a los restos del despoblado de Palazuelos, con la vista de Rapariegos y de su ermita. Cuánto añoro a Ángel Ramón, a mi  Querubín que sabe latín. Con la compañía de unas cuantas cigüeñas que pastaban tranquilas en una mañana agradable y soleada. Y el regreso, por el camino de Arévalo, el que sale del mismísimo centro de Martín Muñoz de la Dehesa y que nos acerca desde oriente a nuestra ciudad con la impresionante visión de su castillo y sus siete torres.

En un juego de luces indescriptible que provoca percepciones que pueden llevar a confusión sobre la lejanía o cercanía de cada una de sus iglesias o de la altura de sus torres, cambiante todo conforme el día avanza; llegando a su culmen a esa hora incierta del atardecer, cuando el sol juega a ocultarse de torre en torre y se asoma por entre los huecos de San Martín o Santa María. Mister Chisp llegó con bien, dice que algo cascado, pero en perfecto estado de revista, lo que le hace estar apuntado desde este mismo instante para la próxima.
Al tiempo que quedan reclutadas todas aquellas personas que ponen como pretexto su mala condición física. Son paseos tranquilos y en los que se pueden contemplar cosas que te harán exclamar: “Cosas veredes.”. Vimos además cómo nos ven desde la autovía y el ferrocarril los que por allí pasan, nuestro mejor escaparate. Razón de más para mimarle y tenerle siempre atractivo. Y llegando casi a su fin el paseo, seguían resonando en mi cabeza las palabras del carmelita de Alba de Tormes al que estoy deseando volver a ver. Nunca miedos, jamás mentiras…obras, obras, obras, obras…

Fabio López.
Las fotografías de corzos corresponden a David Pascual Carpizo.
Resto de fotografías Juan C. López.

1 comentario :

Luis J. Martín dijo...

El señor de los bichos, aunque no pudo ir por estar liado con otros bichos, había contratado a una pareja de corzos para que sesteara entre la fresca vegetación del arroyo. Especialmente destinado para el deleite de Mister Chips que esta vez sí los vio, ¡por fin! Ha costado pero el resultado es satisfactorio.