19 ago. 2014

Polvo de estrellas

Un par de horas antes de la cita recibí el mensaje de un amigo. En él me participaba que no podría asistir al encuentro programado, al tiempo que me deseaba que disfrutáramos de la velada y me recordaba que varios autores habían dejado dicho, ya hace mucho tiempo, que somos polvo de estrellas.
Con estos antecedentes nos presentamos en la plaza del Arrabal, lugar habitual de encuentro para el inicio de nuestras correrías. Allí tras unos minutos de intercambio de saludos comenzamos a organizar la comitiva. Hicimos el oportuno reparto entre los vehículos pero respetando las ancestrales costumbres, como la de que mister Chisp solo monta en su jumento.
Así, cual rey Leónidas, partió el señor Presidente de la Alhóndiga al frente de trescientos de los suyos, más o menos, al encuentro de las estrellas. La larga comitiva avanzó por la carretera de Donhierro hasta alcanzar su objetivo: Cantazorras. Estacionados los vehículos, apagadas las luces y recubiertas de papel celofán de color rojo las linternas, comenzamos a desplegar los mapas, el de la luna y el de la bóveda celeste; el telescopio del señor Presidente, que es el más grande,  y también el que más grande le tiene; y sillas, mantas y demás parafernalia necesaria para pasar un agradable rato contemplando el cielo infinito. Me acordé entonces de una canción de hace mucho tiempo, del grupo Los Pekenikes, “Cerca de las Estrellas”, en la que buscaban otro mundo, lejos del sol y de las estrellas. Y empezamos a intentar identificar las constelaciones que más o menos conocíamos o habíamos oído nombrar.
Gracias a la presencia de Aurora Boreal pudimos desentrañar algún que otro misterio. Con su docta guía nos acompañó en la tarea de identificación de constelaciones, además de su brillante luminiscencia, de ahí su nombre, tenía el poder de una impresionante linterna de haz de roja luz. Con él señalaba y nos enseñaba a encontrar en la bóveda celeste a las conocidísimas Osa Mayor y Osa Menor; y las menos conocidas Casiopea, Andrómeda, el Dragón, la Corona Boreal, y un largo etcétera que los más avispados habrán retenido en su puchero, pues tal vez dispongan de mejor caletre o no se despisten como un servidor. Porque al poco rato de contemplación estelar, allí sentado, éste que les cuenta, ya había empezado a imaginar lo que habría sido para los que poblaron ese cerro, allá por el Paleolítico o el Neolítico, junto a fieras y rodeados de un inmenso bosque, contemplar las estrellas en las noches claras como la que nosotros disfrutamos. Enfrentarse a ese espectáculo, incluidas las fugaces estrellas que pudimos ver y que ellos sin duda también verían, y que nosotros puede que tengamos más conocimientos sobre el funcionamiento de los astros, pero en contra hemos perdido mucho del conocimiento de la naturaleza que ellos poseían.
Cuando volvía en mí, ante la petición del señor Presidente o de cualquier otro a la voz de: “Alumbra aquí”; volvía a fijarme con detenimiento en las estrellas, llegué incluso a ver el planeta Saturno por el Telescopio Presidencial, con sus anillos y todo, y atendí a la explicación de Aurora Boreal sobre que lo que brillaba un poco más abajo de Saturno, hacia la línea del horizonte, era Marte, algo rojizo nos dijo, al tiempo que su poderoso haz de roja luz señalaba en el firmamento. Y me vino de “la Tierra de los Recuerdos” la canción de Georges Brassens que cantaba Paco Ibáñez, sí esa titulada “Saturno”. Y el sonido del violoncello y la ronca voz del maestro, que en mi recuerdo sonaban, me llevaron a imaginar cómo quedarían en ese momento, en esos momentos de contemplación estelar unas trovas o versos bien entonados. Se lo comenté al Juglar de Muñosancho por si picaba el barbo. Espero que el cebo sea atractivo y pique el anzuelo, y así un día nos subamos a Cantazorras, abrigados y con chocolate calentito,  o café, a escuchar versos, o alguna coplilla de las que se sabe y tanto me entretienen.
 Así, soñando y buscando en la claridad de la noche la masa del pinar de Orán, Saturno nos envió a un hijo suyo, Saturnino.
Conocí esa noche a este señor, cuya pedagógica forma de explicar las cosas me recordó a un amigo que ocupa ahora el lugar que le corresponde junto a las estrellas. Con claridad y sencillez explicó que las constelaciones giran 15 grados cada hora que pasa, por eso nos parecía que se habían movido, (claro que se mueven y nosotros con la Tierra, ¿verdad Pilar?) y cómo mediante nuestro puño podemos calcular su giro, siempre con el centro de giro en la Estrella Polar. Mientras todo esto y más nos explicaba, no dejaba de resonar en mi cabeza el estribillo de esa canción de Brassens: “…El tiempo no perdona nada.
Y en tu pelo una cana más…”. Inevitable pensar en el tiempo, su paso y su huella, al contemplar las estrellas y recordar a los nuestros, los que ya no están, familiares y amigos; al menos a mí así me pasa.
Contó una bella historia Saturnino, sobre Marte y sus satélites: Fobos(Miedo) y Deimos (Terror). Intentaré que nos la relate por escrito para poder compartirla con todos vosotros con sus propias palabras, pero entre tanto os puedo resumir su relato, inquietante por otra parte. Jonathan Swift en “Los viajes de Gulliver”, publicada en 1726, contó 150 años antes de que se descubrieran, que Marte tenía dos satélites; y ya en la antigüedad la Mitología daba a Marte la patria potestad de dos hijos habidos de su relación con Venus, llamados Fobos y Deimos, cosas de los dioses, de griegos y romanos; por lo que cuando en 1877 el astrónomo estadounidense Asaph Hall descubrió y vio por vez primera los dos satélites así les bautizó. Contó Saturnino, y ahí lo más inquietante, que Jonathan Swift pertenecía a un logia masónica y que tal vez de allí le viniera el conocimiento. Como ocurriera también con Kepler, quien a principios del siglo XVII ya dijera que Marte debía tener dos satélites, en función de un razonamiento subordinado a la "armonía numérica". Cosas de los sabios, de los masones y magníficamente contadas por buenos maestros. Así que, quién sabe si los títulos de canciones de Mecano: “Barco a Venus”, o “Hijo de la Luna” no resulten ciertas así que pasen unos centenares de años.
El mucho polvo acumulado en el cerro de Cantazorras quién sabe si no será el dejado por las estrellas a lo largo del tiempo, o como nosotros y nuestros antepasados, forma parte del Universo y es resto de los que poblaron estas tierras, y es así como funciona la cosa. En cualquier caso, ya estamos preparando la próxima visita, tal vez para el mes de noviembre para ver “Las Leónidas”, que así llaman a  una lluvia de meteoros que se produce entre el 15 y el 21 de ese mes. Que me he aficionado yo a esto de las estrellas y su contemplación serena y silenciosa, así como con recogimiento. Con chocolate y churros o con un gin-tonic a la luz de la luna, con mantas, sillas y mesas. Incluso si pica el barbo, El juglar de Muñosancho tenga a bien preparar unos versos y recitarlos, allí al sereno con la claridad de la noche y su reflejo en el polvo que cubre el suelo. Lástimas de hogueras, hoy prohibidas, pero que en su tiempo deberían aportar una belleza añadida al paraje y a la bóveda celeste en noches claras y despejadas; con el crepitar del fuego y su reflejo en los ojos de hombres y mujeres ávidos de saber y deseosos por desentrañar los misterios del Universo.
Y con estos pensamientos y ensoñaciones aparte de otros muchos, allí estuvimos un buen rato, extasiados, al igual que nuestros antepasados que habitaron esos cerros hace cientos de años, contemplando la bóveda celeste. Asombrados, asaltados por las dudas, la incertidumbre, la curiosidad y el ansia por saber. Planteando ciento y una pregunta a nuestros maestros la Aurora Boreal y al hijo de Saturno. Tomando clara conciencia de nuestra insignificancia en un universo tan inmenso. Aprovechando el momento,  porque dentro de 5.000 millones de años el Sol se expandirá  y todo habrá terminado. Para otros, estuvimos “haciendo el bobo y pasando frío”, pero ya saben vuesas mercedes que "La Alhóndiga" hace cosas diferentes para gente diferente.
Fabio López
(Fotografías de Alberto Gil, 
David Pascual y Julio Pascual) 

1 comentario:

chispa dijo...

Reconocerás que cada vez hacemos cosas más raras. Lo cierto es que, al final me gustan, me lo paso bien y aprendo algo, aunque muy despacio, y siendo un poco pesado. Lo que no tiene perdón de Dios, es lo del Chocolate....Os imagináis todo esto que perfectamente define Fabio, con un Chocolatito calentito y con porras?. No quiero pensarlo más, se me hace la boca agua. Propongo para la próxima asamblea, la creación del departamento de Catering que se encargue de estas pequeñas cosillas.