17 jun. 2014

Visita cultural por el barrio de la morería de Arévalo

A las 11:15 horas del domingo 15 de junio, nos reunimos a la puerta de la iglesia del Salvador, que por cierto acababa de abrir para poder ser visitada, en torno a 40 personas interesadas en compartir el paseo cultural de este mes de junio y que en esta ocasión nos iba a llevar por las calles y plazas que conformaron la antigua Morería de Arévalo. La excursión estaba convocada por “La Alhóndiga” de Arévalo, Asociación de Cultura y Patrimonio.
Después de una pequeña introducción sobre la iglesia del Salvador y el palacio de Cárdenas, edificios históricos que jalonan la plaza hablamos del espacio que ocupaba la Morería, que se extendía de Este a Oeste desde las cuestas del Adaja hasta las del Arevalillo. Limitaban el espacio: al Norte el Arrabal y las iglesias de San Juan y Santo Domingo, al Sur el Camposanto y las iglesias del Salvador y la desaparecida de San Andrés.
Entramos en el patio cubierto del palacio de los Cárdenas y contemplamos este espacio rehabilitado que se presta a realizar aquí conferencias, exposiciones y conciertos musicales.
De nuevo en la calle, cruzamos a través de la calle de las Tercias Reales la calle Larga, dejando a nuestra derecha la de Avanciques. Nos detenemos un momento para recordar las sentidas palabras que el gran Unamuno le dedicó a Mamerto Pérez Serrano, hijo de nuestra noble ciudad y que un día le dio nombre a la prolongación de la calle Larga. No sabemos por qué, hace ya tiempo, decidieron quitarle su nombre y llamarla también calle Larga.
Seguimos hasta la plaza de San Andrés. En algún lugar de este espacio urbano estuvo la iglesia que da nombre a la plaza. Desapareció, según cuentan las crónicas, en 1585. En ella se conserva, recientemente restaurado con buen criterio, el palacio de Baltasar Briceño, más conocido como La casa de la Francesa.
Seguimos hasta la plazuela del Paraíso. Conformaba esta junto con el resto de calles y placitas, el antiguo Albaicín. Algunos documentos, aportados por el profesor Serafín de Tapia y del premio Cervantes José Jiménez Lozano, este último en su libro Guía espiritual de Castilla, nos hablan de estas calles que venían o cruzaban por el Albaycín.
La visita nos lleva ahora hasta las cuestas del río Arevalillo. Desde allí contemplamos la imponente alameda en todo su esplendor. A nuestros pies el molino Valencia o "Quemao" y los puentes de los Barros y de Medina. Comentan los asistentes sus vivencias de niños a la vera del río. Se habla también de la tradición morisca, hoy casi desaparecida, de disponer en ambas riberas los huertos familiares autosuficientes. Un poco más adelante se hace referencia al "Rincón del Diablo", al origen de este curioso nombre y a los restos de la antigua muralla que, aún a duras penas, permanecen en pie por encima del citado puente de los Barros.
Salimos por la calle Figones al cruce con la de Principal de la Morería. Nos acercamos a San Juan. En el espacio que hay ante la iglesia nos preguntamos por esa extraña cruz sogada que adorna la hornacina existente en la entrada al Centro Parroquial. Tiene una forma antropomórfica. Se hace referencia a que los canteros medievales parece que siempre querían significar algo con algunas de sus enigmáticas esculturas graníticas. 
Seguimos hasta la plaza del Arrabal y luego, por la calle de Sombrereros, entramos en la calle Larga. Estamos en el antiguo Mentidero. La casa de los caballeros Gutiérrez Altamirano y su portada esquinada con un balcón excepcional, una casona morisca que hace esquina entre Sombrereros y calle Larga, las laudas funerarias embutidas en los muros de otra de las casas semiderruidas que hay en esta calle.
En la plaza de Don Justo, antigua plaza de Perexil, se habla del posible origen del nombre del Mentidero. Entramos en el patio que se conserva en la casa de las Milicias Concejiles. Aquí Pedro nos explica la especial arquitectura del edificio, los usos que pudo tener la edificación y el estado actual de la misma. Hablamos, en este especial entorno puramente morisco, recordamos al Mancebo de Arévalo, el misterio que rodea su figura y la importancia de su obra, la Tafçira escrita en castellano con caracteres arábigos. Se recuerda a Moshe Ben Sen Tob de León, rabino y filósofo sefardí castellano, autor del Libro del Esplendor o Zóhar.

Salimos de nuevo a la calle Larga. La visita acaba ya. Agradecimientos, saludos de despedida y quedamos, aún sin concretar lugar, para nuestra próxima visita que será seguramente en las últimas semanas del próximo mes de julio.

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