19 abr. 2013

Prefiero compartir a competir


      Mi muy querido amigo:

    Pocas han sido las ocasiones en las que vuesa merced ha faltado a alguna de nuestras frecuentes, y ya pronto tradicionales, correrías por las tierras de Arévalo y la Moraña. Pero en esta ocasión su elevado concepto de la palabra dada, ejemplo a seguir por todos nosotros, le impidió asistir a un viaje, otro más, no solo en la distancia sino también en el tiempo. Una expedición de vacceos a las tierras de los vetones. No me creerá vuesa merced, pues es de esa naturaleza, pero tengo que decirle que sin duda ha sido la expedición más nutrida de cuantas hemos realizado. A pesar de las ausencias notables, de gente importantísima como vos, hubo que añadir la no presencia de la mayor parte de los piltrafillas que se dedican a esto de la fotografía. Lo que generó cierta inquietud en nuestro nunca suficientemente ponderado Presidente, ¡Oh Capitán, mi Capitán!; pero como por algo es que ocupa el cargo que ostenta y desempeña mejor que nadie, tiró de cámara y junto con dos aficionados, no me atrevo a llamarles maletillas, un tal Pedro y otra que llaman Pilar, aunque solo para trabajar, salimos del paso para traer a sus ojos incrédulos y los de otros muchos de esa condición, la prueba testimonial de la brava gente vaccea que se atrevió a viajar al territorio de los vetones.
   
     Con una mañana primaveral, que la organización había contratado previamente, iniciamos nuestro camino hasta las tierras vetonas. Del viaje nada le contaré pues extrañé su cabalgadura, no porque la que nos transportó fuera mala, que era de más categoría que la vuestra, todo hay que decirlo; pero extrañé ese sonido insistente que la suya tiene, suerte de pitido repetitivo y ese aroma a tabaco quemado, que vuesa merced tiene por costumbre consumir. Ya ve que en mi condición de exfumador no he olvidado ciertos aromas.

           Cuando llegamos a Villaviciosa y paramos junto a su castillo que según me pareció observar hoy se dedica a menesteres del hospedaje, hice un rápido balance de las fuerzas que habíamos congregado, no llegábamos al centenar como es costumbre, por lo que se aconsejaba una actitud  de prudencia, evitando cualquier beligerancia de grupo tan reducido en tierras extrañas que no hostiles, pues fuimos recibidos con hospitalidad, aunque nos cobraran por un café de aldea más que uno en la capital del reino de las Españas. Todo dicho sin ánimo de ofender.
      
     Pronto se inició la ascensión a todo un territorio desconocido para mí pero que nuestro guía, El Arqueólogo, conoce como la palma de su mano. Debe saber vuesa merced que hay gente que a todo se dedica, éste busca en los sustratos terrestres restos de otras épocas, pretéritas en demasía, y lo que encuentran lo limpian, lo guardan y luego ya tranquilamente, lo interpretan y escriben libros sobre ello. Llegan a saber lo que comieron esos antiguos hombres, y mujeres, lo que hacían y cómo lo hacían, pues aparecen objetos, sus restos más bien, y quedan huellas de sus modos de vida, de sus edificaciones, de sus ritos, de sus usos y costumbres. Y de aquello que no saben con certeza o les genera alguna duda, pues anteceden la expresión “se cree que” y todo solucionado. Al fin y al cabo supongo que se refieren a ellos mismos, pues los demás nos creemos todo lo que nos dicen pues nada sabemos de muchas cosas.

          La extensión del castro es enorme, según El Arqueólogo pudieron llegar a vivir unas cinco mil personas en algunos momentos de su historia, relatada en etapas, conforme avanzábamos en el recorrido, se detenía y explicaba con enorme capacidad pedagógica la vida de aquellas gentes y lo que con ellas ocurrió al llegar a la meseta los romanos. Para El querubín que sabe Latín las dudas se acumulaban y aunque no decía nada le notaba inquieto. Ya durante la hora del almuerzo, pues debe saber vuesa merced que en esas tierras también es costumbre almorzar, y degustando el vino verdejo de la cercana Orbita, nos explicó sus dudas sobre ciertos detalles. Como sabéis, no tengo conocimientos para aclararos estos menesteres, así que será cuestión de tiempo y de lecturas el intentar encontrar la luz al respecto. En cualquier caso, es todo un privilegio recorrer el yacimiento arqueológico con las explicaciones expertas de tan buen anfitrión. Los aromas por otra parte, además de la compañía de vacas y caballos que pastaban en los alrededores, aportaban unas notas bucólicas muy de agradecer, pues debe saber vuesa merced que de sombras andan escasos en esos pagos, tanto es así que nuestro nunca suficientemente ponderado Presidente, ¡Oh Capitán, mi Capitán! se quemó la tez, tropezó varias veces y llegué a temer por su integridad física, lo cual comprometería nuestro sueño, puesto que no tenemos todavía relevo dispuesto; así que le recomendé precaución y paciencia, al tiempo que le aplicábamos una conveniente crema solar protectora, que no nos viene bien que se queme en exceso.

      Destacable es un magnífico altar de sacrificios que allí pervive. Tentados estuvimos a realizar un sacrificio, que en ausencia de corderos adecuados elegimos un señor que pasaba por allí, pero no parecía estar muy de acuerdo con nuestra propuesta, por lo que como no nos gusta forzar a nadie en contra de su voluntad dejamos que continuara su paseo. Fijé mi mirada en el Señor del Hierro pero me devolvió una mirada enternecedora. Durante un breve lapso de tiempo realicé cálculos de la progresión que experimentaría el valor económico de su obra, los inconvenientes que presentaba la situación para que pareciera un accidente, pues el sacrifico en nuestra sociedad está mal visto por las leyes aunque nos piden a diario que realicemos sacrificios; lo que duraría el dolor de la viuda y demás parentela, y otros mil asuntos que conviene tener en cuenta antes de realizar este tipo de actos… Volvió a mirarme y me dieron ganas de abrazarle, por lo que desistí en mis intenciones de realizar el ritual, además de encontrarnos fuera de nuestros territorios y no sabría cómo interpretarían nuestros actos. He decidido dejar el asunto de momento, pero es muy de tener en cuenta el incremento del valor económico que sus obras experimentarían en caso de su lamentable pérdida.
       
     Pájaros pocos y todos más bien negros como suele ser su gusto. Una media docena de buitres que sobrevolaban la zona, ávidos ante la hilera de tiernos y no tan tiernos humanos que se desgranaba en la cuesta conforme ascendíamos. Llegaron a pensar algunos que algo les quedaría para llevarse al pico. Pero me adelanté a sus naturales intenciones haciéndoles saber que éramos el grupo de los de La Alhóndiga y de inmediato remontaron el vuelo y se olvidaron de nosotros. Como puede comprobar vuesa merced, nuestra fama ha llegado hasta tan apartados territorios.

       Muchas, muchísimas cosas fueron las que aprendimos a lo largo de la mañana, pero comprenderá que no pueda relatar aquí todas ellas, solo las que considero más importantes. Parece ser, según nos aclaró El Arqueólogo, que la Diputación no existía en aquellos tiempos, cosa que cuesta de creer pero que facilitaría mucho la vida de aquellas gentes, que por otra parte pasaban la mayor parte de su vida subidas en caballo, sobre todo los hombres, y que la austeridad era su modo de vida. Gente curtida y acostumbrada a una vida dura por lo que los romanos cuando tuvieron el gusto de conocerles inmediatamente recelaron de ellos y les trasladaron a vivir a lo que hoy es la capital de la provincia, y les sometieron hasta nuestros días.

   Habrá ocasión de que nos acompañe vuesa merced en una próxima visita pues quedamos con El diablillo Guarda Forestal que habríamos de volver en el futuro a pasar más tiempo en lugar tan mágico, para pasear, comer y sestear como si fuéramos terneros o potrillos. Aunque nada será igual, allí permanecerá la huella de los Vetones para que las generaciones futuras sepan de unas gentes que, aunque no bajaban del caballo, vivían libres en espacios abiertos y sus mentes imaginaban infinitos prados donde llevar su ganado a pastar. Hasta que llegaron los romanos y todo cambió.

Fabio López

3 comentarios:

Luis dijo...

Para ser vaccceo, este Fabio tiene trazas de vettón. Porque, entre vacceos, no acostumbramos a llamarnos de usted. Por lo demás, excelente crónica Señor Don Fabio.

chispa dijo...

No sé si Vacceo o Vettón, pero es raro... muy raro...y por tanto en peligro de extinción. Debemos conservar esta gente ahora que podemos. Ya sé que puede ser caro, conservar gente de esta enorme y exquisita humanidad, pero debemos poner todos los medios a nuestro alcance.

Anónimo dijo...

Tienes razón, Chispa,que de estos quedan pocos.Tiene la curiosidad por el pasado y siempre se proyecta hacia el futuro.Desde los poetas romanos hasta lo último que se publica en la red...
Ángel Ramón