Maruja Mallo
Heterodoxa y olvidada. Irreverente. Libre. Transgresora. Podríamos seguir añadiendo adjetivos sin encontrar el que identifique a una mujer muy por delante de su tiempo tanto en biografía como en obra. Inquieta e intimista, seductora y reflexiva. Maruja Mallo, indefinible, se postula en el arte gracias a los vínculos con la vanguardia tras su ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Allí conoce a Salvador Dalí de quien heredará ese surrealismo en el que se ha tratado de encuadrar su obra, y con quien comparte una personalidad arrolladora que se manifestaba en la continua provocación. Él la define como “mitad ángel, mitad marisco”.
Coincide con el pintor de Figueras en la Residencia de Estudiantes, donde entabla amistad con Pepín Bello “El artista sin obras”, el cineasta naturista Luis Buñuel o Federico García Lorca. Mantuvo una relación tormentosa con Rafael Alberti, lo que no impidió una magnífica colaboración entre ellos, como el decorado que la artista realiza para la obra “La pájara pinta” del poeta gaditano. Mallo, mujer en un mundo de hombres pues hasta la Residencia era exclusiva de intelectuales varones.
Amigos ambos de Pablo Neruda, Maruja Mallo y Miguel Hernández van a mantener un idilio pasional del que también surgirá un interesante intercambio de criterios estéticos.
Cuenta ella misma que “Un buen día, a Federico, a Dalí, a Margarita Manso —otra estudiante— y a mí se nos ocurrió quitarnos el sombrero. Y al atravesar la Puerta del Sol nos apedrearon, insultándonos como si hubiésemos hecho un descubrimiento como Copérnico o Galileo." Esta anécdota dará origen a las denominadas recientemente como las “Sinsombrero”, grupo de mujeres que se rebelaron contra un orden establecido que las restaba voz y visibilidad.
La obra de Mallo sufre una mutación constante en relación con una vida agitada y en continua búsqueda. A mediados de los años veinte, superada la fase académica en San Fernando, toma un rumbo de renovación y libertad. En Tenerife (1927) muestra sus primeros signos de transgresión. De vuelta a Madrid avanza en una etapa creativa y en sus “Estampas” muestra objetos fuera de la realidad, como en un juego subconsciente. La ruptura con Alberti desemboca en una aproximación al surrealismo. Al final de la década entra en la Escuela de Vallecas, grupo que reivindica lo rural; Maruja Mallo, como en un espejismo lo lleva a un punto casi escatológico.
Entra entonces en un período de gran creatividad, ilustra obras, dibuja viñetas en diferentes revistas y también elabora decorados para obras teatrales.
Tras una breve estancia en Francia, obtiene la cátedra de dibujo. Será en el instituto de Arévalo donde impartirá cases de Dibujo libre y Composición. (1933-34). En su despedida protagoniza una escena que da muestras de su rebeldía e irreverencia: “Parecía un día cualquiera. Las beatas castellanas de Arévalo estaban congregadas, como de costumbre, en misa. En unos segundos, un revuelo y Maruja Mallo sobre una bicicleta dentro del templo. Anticlerical, inteligente y provocadora no se le ocurrió mejor manera de decir adiós a Castilla y a su trabajo como profesora-funcionaria”. (El Faro de Vigo).
Comprometida con la república, colabora con las Misiones Pedagógicas; cuando estalla la guerra se ve obligada a huir a Portugal y de allí a América. Su obra es ensalzada en Buenos Aires y también en Uruguay, Chile, Brasil y Estados Unidos. Recrea la naturaleza sudamericana en su etapa “cósmica”. Es su serie “Marinas”.
Vuelve a España en 1961 y permanece en el anonimato hasta la muerte del dictador en 1975. Se convierte entonces en la musa de la “movida”, años ochenta.
La exposición retrospectiva de su obra en el Museo Nacional Reina Sofía (hasta el 16 de marzo) muestra de modo cronológico la obra de la artista de Viveiro (Lugo). Aunque ella decía: “No soy gallega, soy celta”.
Entendemos que la opinión más autorizada sobre su obra es la de Lorca: “Estos son los cuadros que he visto pintados con más imaginación, con más gracia y con más sensualidad”.
Quizás sea el momento de que Arévalo también devuelva a Maruja Mallo a la luz, pues, como dice Adolfo Yáñez en su “Heterodoxos y olvidados”, forma parte de esos “personajes interesadamente dejados en la penumbra”.
Javier S. Sánchez

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