7 feb. 2013

¿Viaje al futuro?

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      Amaneció un día claro de invierno. Una mañana fría, limpia y despejada. La propuesta de Luisjo resultaba sugerente como siempre. Nos había propuesto un viaje al pasado. Aquí cerca de Arévalo como en otras ocasiones. En Domingo García para visitar unos petroglifos del Paleolítico y alguna sorpresa más. Nunca agradeceré lo suficiente a este amigo los paraísos que nos descubre, cercanos pero sorprendentes, a los que podemos volver, una vez conocidos, siempre que queramos.
         Hace tiempo que dejamos de contar pues descubrimos que no es el número o la cantidad lo que importa, pero he de reconocer que esta mañana había muchos rostros nuevos, muchos, y eso es de agradecer. Los piltrafillas, en número suficiente, nos aseguraban un buen número de fotos. Tengo que reconocer que ya no lo hacen nada mal, incluso con un poco más de esfuerzo y dedicación aprenderán algún día a hacer fotos, digamos que decentes.
         Junto con las máximas autoridades, el señor Presidente y mister Chisp, nos acompañó un individuo de una especie que si no está protegida habría que solicitar su protección. Son de esa especie que cada día resulta más difícil encontrar y no resulta extraño que digan que se hallan en vías de extinción. Comparten sus conocimientos y aportan un equilibrio y serenidad al grupo que yo cada día valoro más. Debe ser que estoy envejeciendo.
       La ya tradicional comitiva, pues son ya unas cuantas las excursiones, correrías, andanzas, salidas o como cada cual quiera denominarlas, se puso en marcha. Algo hemos mejorado, cada día nos resulta menos complicado formar una fila india. Durante el camino intento retener el recorrido para cuando quiera hacerlo por mi cuenta o quiera enseñarlo a alguien. Y cuando estamos a punto de llegar a nuestro destino ya destaca en la llanura una elevación. No resulta extraño que la denominen Cuesta Grande, pues el hombre antes estaba provisto de un sentido común que le permitía poner nombres a las cosas de forma sencilla, casi evidente.
         Durante la ascensión del otero ya se apreciaban los primeros síntomas. El lugar me pareció mágico. Recordé lo que el maestro Arribas suele decir de lo de las fuerzas telúricas y aquí en la Cuesta Grande, se puede apreciar en primera persona. A los vestigios del Paleolítico se le han sumado otros de épocas más recientes lo que explica la especial atracción que a lo largo del tiempo ha despertado este otero en los hombres.

     Me explican que el hombre comenzó habitando las zonas más altas, protegidos de los miedos que suponían las zonas boscosas. Eran unas épocas en las que sus miedos, los de la especie humana, eran mayores que sus seguridades. No es de extrañar que en este caso así sucediera pues pisando los enormes bloques de pizarra que emergen en medio de la llanura, no resulta difícil imaginar el paisaje pretérito, el que esos hombres habitaron. Rodeados de frondosa vegetación allí en las alturas se encontrarían más seguros. Buscando el calor del sol en una mañana como ésta en la que nosotros visitamos su asentamiento. Fascinados tal vez por las fuerzas de una Naturaleza de la que formaban parte. Desde lo alto se divisa toda una extensa llanura alrededor, hoy de labrantíos antaño de bosque feraz y plagado de alimañas. Su huella, la que han dejado grabada en las pizarras poco tiene que ver con las más recientes que recuerdan a las quintas de los mozos de los pueblos. Ellos lo hacían para que la caza, su sustento, fuera pródiga en éxitos. Como señal de admiración a esos enormes animales a los que pese a temer y respetar consideraban hermanos. Ello, el Yo y el Superyó no eran conocidos, imagino, y el egoísmo individualista no había aparecido sobre la faz de la tierra. Era el Clan, la Tribu, el Grupo el que verdaderamente importaba, y en caso de tener que elegir entre la vida de un individuo y la de otro, era una cuestión de instinto de supervivencia no de maldad.
         Con el paso de los siglos fueron los humanos utilizando el cerro de forma similar a sus antepasados, solo que introducían modificaciones según evolucionaba la sociedad que conformaban. Enterramientos escavados en la roca viva o la construcción de una ermita. Todos ellos -petroglifos, tumbas, ermita- con una misma orientación: mirando al sol naciente. Por eso puedes ir ahora a la Cuesta Grande, sentarte sobre los enormes bloques de pizarra y mirando a oriente sentir la magia del lugar. Un tiempo a solas para encontrarnos a nosotros mismos. Para plantearse esas eternas preguntas vitales que cantara Siniestro Total: ¿Quiénes somos?, ¿De dónde venimos?, ¿A dónde vamos?...Olvidarte de todo lo que sabes, crees o intuyes. Realizar un ejercicio de regresión al hombre prístino, el que era parte de la Naturaleza y no el que ahora se cree dominador de cuanto le rodea. Sentirás la admiración primitiva por el milagro del nuevo día. También los miedos que pueden provocar las tormentas, con truenos y relámpagos. Pero sentirás un enorme peso sobre tus hombros, el que te hace comprender tu ínfima condición humana en este Universo.
Cuando tuvieron que abandonar la ermita cuyas ruinas hoy contemplamos, mientras analizamos la forma de construir aquellos edificios, los materiales que empleaban, su orientación y todo cuanto el grupo que me acompaña tiene a bien desmenuzar, explicar con paciente pedagogía hasta su correcta comprensión; dicen, que los que allí tuvieron que abandonar el templo hablaron con su dios y que el eco de sus palabras aún resuena cuando el viento sopla con fuerza sobre el otero desprotegido. Me han contado los que lo han oído que es un rezo u oración, monodia de desconcierto: “Si nuestro Dios es el verdadero, ¿por qué nos ha abandonado?”.
Puedes también acercarte con tus hijos, si los tienes, pues no hay peligro para ellos. Visitar un lugar donde poder observar, en primera persona, cómo desde hace 15.000 años y a lo largo del tiempo han ido quedando las huellas del paso de los hombres en ese cerro. Aprenderán sobre la fugacidad del tiempo. «Tempus fugit, sicut nubes, quasi naves, velut umbra», tal vez les diría el Querubín que sabe latín o algo parecido.
Me cuentan que cuando los Romanos llegaron a la Península Ibérica vinieron provistos de más seguridades que miedos y por eso abandonaron los cerros y bajaron las gentes a vivir en los valles, junto a los ríos y ya roturaban los campos con afán de extender sus cultivos todo lo que pudieran. Esto, claro está, puede ser cuestionado por quien lo crea oportuno. En este grupo multidisciplinar hay una única cosa cierta, todo se puede cuestionar, argumentando convincentemente lo que cada cual quiera. Hace falta por cierto un Geólogo. Pudimos comprobar que las dudas que se despertaron en un momento dado solamente pueden ser resueltas por un experto. Será generosamente recompensado. Como todos los demás lo son por otra parte.
De regreso al valle, como los romanos, paramos en Ortigosa del Pestaño. La comitiva, que no me extraña que algunos califiquen como subversiva, se detuvo para contemplar los postes que sirvieron para llevar el progreso de la luz por aquellos pueblos. Visita a la estación de tren abandonada por donde pasan unas vías a las que han quitado traviesas y raíles, mientras no muy lejos de allí discurre la flamante vía del AVE, ejemplo de estulticia de una España no muy lejana, la de aeropuertos sin aviones y trenes tan veloces que no suben los viajeros. Trenes que recorren cientos de kilómetros de tierra abandonada. Campañas publicitarias para que las gentes tengan a bien subir a tan raudos trenes: “¡Que me lo quitan de las manos!”,” ¡Barato, barato!”. Metáfora trágica del Progreso y el Abandono. La del Desarrollo y el Despoblamiento. Hemos perdido pan y perro que diría mi abuelo.
La lluvia amarilla, que escribiera Julio Llamazares, borra los recuerdos. Pero nosotros todavía nos resistimos a olvidar unos recuerdos de tiempos pasados, de cuando el fuego unía más que la amistad y que la sangre. “Las palabras servían, como siempre, para ahuyentar el frío y la tristeza del invierno.”, dicen que sucedía en aquel tiempo. Tiempo de hombres primitivos pero firmemente enraizados en la Naturaleza.
Por eso el domingo, tuve la sensación de viajar a la vez al Pasado, como había propuesto Luisjo y al Futuro. El futuro de una llanura transida de dolor por el abandono y transitada por veloces trenes que pese a ello no alcanzan la velocidad de la estupidez humana actual. ¿Evolución? ¿Desarrollo? ¿Progreso? Permítanme que dude mientras espero que aparezca un geólogo. Nos hace mucha falta.
        Fabio López

5 comentarios :

Luis J. Martín dijo...

Quizás los descendientes de los arevaceos descritos en la senda de Tumut fueron los que grabaron sobre la roca sus pensamientos o sus deseos para que sus sucesores no les olvidaran. Pues, si después de la muerte nada queda salvo los recuerdos, aquí su recuerdo permanece vivo y nosotros fuimos testigos de ello. La estupidez vino después. Y los humanos modernos somos testigos expertos.

chispa dijo...

Pues yo, estuve allí, y vi Petroglifos, tumbas, ermitas y piedras, pero me debí dejar en casa mi parte mística y bucólica, junto con el almuerzo y solo conseguí apreciar una ligera brisa, al final, que según dicen, es muy buena para el cutis. Eso si, con estos elementos, siempre se aprende algo; me llevaron a un sitio al que nunca habría ido yo solo, y me lo pasé como un enano... aunque no dejamos rematado el tema del Majuelo.

juan dijo...

El trabajo del viticultor. Todas las condiciones favorables citadas se echarían a perder si el hombre no hiciese bien y con sentido común su trabajo. Lo primero es hacer las cosas a su tiempo y en los trabajos de campo esto es fundamental; hay que podar en su momento, arar en su momento, sulfatar en su momento... de lo contrario todo se echa a perder.
Además de hacer las cosas a tiempo hay que hacerlas bien y para ello es preciso saber que hay que hacer.
Empecemos por la poda; se debe tener muy en cuenta el equilibrio de la planta y no cargar la cepa para que ni esta no sufra ni la uva mengue en calidad. La cepa verdeja se poda dejando dos varas no muy largas y algún pulgar. Con una poda equilibrada y no cargada de la variedad verdejo ya tenemos una seria promesa de un buen vino.

Anónimo dijo...

Fabio, eres un fenómeno. Cuando leo cada salida que narras es como si viera una película. (A pesar del contrapunto que pone Chispa en su comentario). Caco

Anónimo dijo...

Yo no sé qué es mas interesante, si lo que nos enseña Luisjo,las profundas reflexiones de Fabio mezclándonos pasado, presente y futuro o la duda existencial de Chispa que podríamos llamar perfectamente duda cartesiana otal vez en este caso duda pétrea o petroglifa. Ángel Ramón.