31 ene. 2014

El puente de Valladolid y el cementerio

El puente de Valladolid y el cementerio de Arévalo son los protagonistas de los "Recortes de Historia" que nos acercan este miércoles desde la Asociación Cultural "La Alhóndiga de Arévalo". El escrito es de la serie "Cosas de mi Pueblo" de Marolo Perotas.

28 ene. 2014

Nueva entrada en nuestra página documental

De las Actas de las Jornadas de Onomástica, Toponimia, celebradas en Vitoria-Gasteiz en Abril de 1986 extraemos la ponencia de Antonio Llorente Maldonado de Guevara titulada: "Topónimos Abulenses y repobladores vascones"



27 ene. 2014

Toponimia menor

Carrafuentes, Carrancha, Carrarévalo, Fuente de los Lobos, Cuesta del Judío, Charca de la Cigüeña, Arroyo del Pontón, Pinar de Tío Matesanz, Caño de Mamblas, Majuelos de Rubén, La Vega, La Ermita, La Senda, La Dehesa, La Solana, La Cañada, El Prao Ratón, El Soto de Fuentes,  y un largo etcétera de nombres que llenan el mapa de nuestras tierras y que muchos de ellos están llamados a desaparecer y a borrarse de la memoria colectiva de nuestras gentes en las próximas generaciones, si es que no han desaparecido ya.
Merece la pena, por tanto, que hagamos un breve recorrido por nuestros términos municipales para comentar y clasificar estos topónimos que los lingüistas llaman “toponimia menor” para distinguirla de la “toponimia mayor”, que es la que sirve para denominar a los núcleos de población. Existen varios tipos de topónimos que, atendiendo a sus características, los vamos a  clasificar así:
1º.- Accidente geográfico: El Valle, Valdelayegua, El Monte, El Cerro, La Cuesta, La Costanilla de Ataquines,  Alto de…, El Otero, La Fuente de la Castellana, Los Manantiales, La Balsa de los Lavajos, El Hoyo, La Hoyadilla, La Zanja, El Arroyo de la Mora. Observemos en este apartado y en los siguientes que la mayoría de los nombres, aunque aquí aparezcan en solitario, van completados con otro nombre que define más concretamente el topónimo.
2º.- Cualidad o naturaleza del suelo: Los Estragales, Los Salobrales, Los Barros, Los Cantos, Los Arenales, Las Negras, Las Orañas, El Trampal, La Cárcava, El Guijar, Las Malatas, Deshonrayugueros, Centenera, Pocarenta…Vemos que la mayoría que se incluyen en este apartado, al tratarse de tierras de mala calidad, tienen una clara connotación negativa y se trataba de tierras pobres o difíciles de labrar, como alguna otra que he leído al azar y que denominaban El Purgatorio, El Infierno
3º.- Vegetación: El Tomillar, El Juncal, El Escobar, El Retamar,  El Encinar, El Pinar, El Tallar, El Espino, Las Carrasqueras, Los Morales, Las Mimbreras
4º.- Animales: Las Conejeras, Las Zorreras, Las Culebras, Los Galgos, Los Grajos, El Gato, El Caballo, La Burra, La Perdiz,  La Urraca, Fuente de la Paloma.
5º.- Vías de comunicación:  La Cañada, El Cordel de las Merinas, La Colada de las Cervigueras, Carrávila, Carralanava, Calzá Vieja, Calzá Pajares, Calzá Toledo, Camino de Peñaranda, Camino de Martín Muñoz, La Senda, El Sendero. Aquí es importante observar la  riqueza y variedad lingüística de nuestra lengua para señalar un mismo concepto. Las tres primeras palabras estaban relacionadas con la trashumancia en tiempos de la Mesta y cada una de ellas estaba rigurosamente regulada en cuanto al servicio y dimensiones. El lector ya habrá observado en las dos siguientes que la voz “carr” significa camino.
6º.- Construcciones cercanas: El Palomar, El Tejar, La Fragua, El Pozo, El Molino, La Ermita, El Telégrafo, La Estación, La Casilla, La Cabaña, Las Bodegas.
7º.- Influencia eclesiástica: La Era del Cura, Lavajos del Obispo, El Picón de las Monjas, Las Capellanas. Durante toda la Edad Media y hasta bien entrado el siglo XIX la propiedad de la iglesia era una de las mayores en nuestros pueblos. No es de extrañar pues que hayan dado el nombre a muchos lugares. No sólo la propiedad territorial, sino la extraordinaria influencia de la religión llegaba hasta nuestros caminos en forma de topónimos tales como Las Cruces, El Calvario, El Alto Cristo, La Cruz de San Marcos, lugar hacia donde se dirigía la rogativa el día 25 de abril pidiendo la lluvia de primavera para los campos.
8º.- Despoblados: Toda la Tierra de Arévalo está plagada de despoblados, la mayoría son de la época medieval y algunos han llegado hasta el siglo XVIII, sin que se haya perdido la noticia ni del nombre, ni del lugar.:  Bodoncillo, Mamblas,  Navalperal del Campo, Moraleja de Santa Cruz, Bañuelos, Valtodano, Raliegos, Mingalián, La Yecla, Villarejo, Valverde, Valverdón. A veces unen su nombre al resto arqueológico que aún perdura, como La Torre de Astudillo, El Torrejón de Montejuelo, Torreón de la Puebla… Otros despoblados son más antiguos, están totalmente arrasados y su nombre no ha llegado hasta nosotros por pertenecer a la época romana o prerromana. A pesar de todo, el labrador que ara las tierras observa las grandes piedras de construcción o la brillante cerámica que levantan sus arados y lo relaciona intuitivamente con nobles construcciones y por eso surgen nombres como Palazuelos, Tejada, Ilejas (iglesias)…
9º.- Variaciones de cultivo: Hasta el siglo XIX las tierras del concejo generalmente se reservaban para prados que alimentaban la abundante ganadería imprescindible para la labor. Estaba muy bien regulado qué clase de ganados y en qué época podían entrar a pastar. Así nos quedan nombres como Prao Concejo, Prao Boyal, Prao Cabrero, o el más genérico de La Dehesa. Con la desamortización y la expansión cerealista del XIX muchas de estas tierras se enajenan y se roturan y así surgen Los Rompidos, nombre que se repite con frecuencia en muchos pueblos de la comarca. Otras veces se ha cambiado el tipo de cultivo y todavía mantienen el antiguo como ocurre con Las Huertas, Los Majuelos, Las Viñas.
Hemos presentado una pequeña muestra de los topónimos más representativos de nuestra tierra, pero en cada pueblo hay cientos y cientos de ellos no escritos en los libros ni en los mapas y que corren peligro de perderse. Con ello seríamos un poco más pobres, pues cada nombre de estos, además de la riqueza lingüística, encierra muchos siglos de historia compartida, historia que nunca más ha de volver.
Ángel Ramón G. González

25 ene. 2014

Entre el Adaja, el Cega y el macizo de Santa María la Real de Nieva

Víctor explicándonos el yacimiento del Tormejón
Campiña y pinares en el cambio de era
El historiador caucense Víctor Cabañero obtiene un sobresaliente con su tesis doctoral sobre el periodo que va del siglo II a.C al II d.C.
El inicio de la era cristiana es una época fascinante para cualquier historiador. En ella ha buceado durante cuatro años Víctor Cabañero, actual presidente de la Asociación de Amigos del Museo de Segovia. Fruto de esa investigación ha redactado su tesis doctoral, titulada “Entre el Adaja, el Cega y el macizo de Santa María la Real de Nieva. Un periodo de cambio. Siglos II antes de Cristo - II después de Cristo”, por la que el pasado 16 de enero recibió en la UNED la calificación de sobresaliente.
“Quería aportar un granito de arena al conocimiento del territorio donde he tenido la suerte de nacer”, señalaba ayer este caucense, quien revelaba que su trabajo le ha permitido comprobar el “cambio significativo” producido entre el siglo II a.C y el II d.C.
Tras un estudio detallado del medio físico objeto de la tesis, Cabañero ha diferenciado dos etapas. La primera, del siglo II a. C al inicio de la era cristiana. De ese periodo, este historiador ha analizado las fuentes literarias y, sobre todo, las arqueológicas, para intentar descubrir el patrón del poblamiento. “Los asentamientos —dice Cabañero— son pequeños, y están en relación con las necesidades de producción agrícola y ganadera de los núcleos principales”. Sin embargo, a raíz de las campañas militares de Tito Didio y las Guerras Sertorianas, se produjo “una reorganización sin precedentes” en el territorio, de la que únicamente se libró Cauca. Desde ese momento, el cauce derecho del Adaja y el izquierdo del Eresma se convirtieron en los emplazamientos preferidos para los asentamientos. “Se eligieron entonces enclaves situados a dos o tres kilómetros de un río principal, con cursos de agua estacional en el entorno inmediato y con humedales”, prosigue Cabañero.

21 ene. 2014

La casa de las milicias concejiles

Sobre las milicias concejiles, populares o municipales de nuestra Edad Media, hay estudios de bastante enjundia, los de Carmela Pescador, María Dolores Cabañas, Antonio Sacristán y Martínez o James F. Powers, además de otros varios autores y autoras que se ocupan del asunto de manera secundaria pero que, aún así, aportan datos y reflexiones a veces de bastante entidad.
La historiografía oficial, la que se enseña en la escuela “pública” y en la universidad “pública”, se niega a admitir la verdad sobre esta parte de nuestra historia, en la que el pueblo, armado y autoorganizado para defender las libertades del municipio, que eran la parte sustancial de las libertades políticas, económicas y civiles de esa época, resultaba ser el protagonista.
Incluso la expresión “milicias concejiles” es tan desconocida que cuando se pronuncia, también ante personas de amplia cultura, es escuchada con sorpresa e incredulidad: tal es el asombroso grado de falseamiento del pasado a que se entrega el Ministerio de Educación y sus paniaguados.
Así las cosas, en la villa de Arévalo existe todavía un monumento denominado incluso en las guías turísticas “casa de las Milicias Concejiles”. No quedan muchos restos materiales más. En Zamora, en la salida de la muralla conocida como Puerta de Olivares, hay una inscripción de 1230, medio borrada por la erosión, que se refiere a la épica actuación de las milicias (concejiles) de Zamora en la liberación de Mérida del imperialismo islámico el antedicho año. No hay otras referencias arquitectónicas, que yo sepa, salvo en la documentación de la época, donde sí son citadas con profusión, para desesperación de la historiografía mendaz, monetizada y trapacera de nuestros días.
La conocida como “casa de las Milicias Concejiles” de Arévalo es, en realidad, un edificio de confusa adscripción. Lo que se observa hoy es, con casi total seguridad, del siglo XVI, cuando las milicias concejiles dejaron de estar activas a finales del siglo XIII, salvo algunas excepciones. En todo ello hay un notable grado de confusión, que la investigación realizada para escribir este comentario no ha podido aclarar. Es posible que en el lugar existiese un espacio edificado para la concentración de las milicias, o con más probabilidad para la celebración de sus asambleas, lo que es congruente con su ubicación extramuros del Arévalo medieval. Tal vez ese edificio fuese remodelado sucesivamente, hasta perder casi del todo su fisonomía primera aunque conservando su nombre original.
Las milicias concejiles eran la organización armada de los varones de la villa, esto es, de todo los vecinos. Estaba a las órdenes del concejo abierto, o trama de asambleas soberanas en la que se agrupaban hombres y mujeres. El concejo mandaba sobre las milicias concejiles, que eran su brazo armado. Cada año el concejo, o sea, la asamblea de las vecinas y los vecinos, designaba al jefe militar que debía mandar aquéllas. Era el adalid.
Las funciones de las milicias concejiles, populares o municipales, eran defender la libertad y soberanía del municipio con las armas en la mano. Ello exigía un adiestramiento constante, que se hacía en el palenque, y una exhibición de su preparación para el combate defensivo y ofensivo, que tomaba el nombre de alardes, en los que el adalid revisaba el estado de armas y caballos, y comprobaba la preparación para la lid de los milicianos.
Los caballos y las acémilas provenían de las yeguadas comunales, que pastaban en los prados propiedad del concejo, esto es, de la totalidad de las vecinas y los vecinos. Para organizarse, las milicias se reunían en asamblea, aprobaban Reglamentos, decidían quienes se ocupaban de hacerlos cumplir cuando la asamblea no estaba reunida y establecían qué bienes y socorros debían otorgarse a las familias de quienes murieran en la batalla, así como a los que resultaran heridos o mutilados en ella. La eficacia militar de esta formación armada de soldados no profesionales, puesto que todos eran vecinos (un varón por cada casa habitada) es legendaria.
Sus integrantes eran valerosos combatientes por la libertad municipal, la defensa del comunal, la soberanía del concejo abierto, el derecho consuetudinario y luego foral, la convivencia entre las diversas religiones y la libertad de las mujeres.

En Arévalo existe al menos otro edificio más que nos lleva a ese mundo asambleario, miliciano y concejil, esto es, rotundamente popular. Es la Casa de los Sexmos, de los siglos XIV-XV según los entendidos. Sexmos eras las seis partes en que la Tierra de Arévalo se dividía para su organización y autogobierno. En cada uno de ellos se agrupaban las aldeas próximas entre sí. Todas éstas reunían su asamblea concejil, donde se debatían los problemas incluidos en el orden del día, tomando decisiones por mayoría simple. Si éstas afectaban a la totalidad de la Villa y Tierra de Arévalo, cada aldea designaba a dos portavoces (no representantes) que obligados por el mandato imperativo, acudían a las reuniones de los voceros de todas las demás aldeas del Sexmo. En tales encuentros se designaba a un equipo de portavoces que llevaban las decisiones de cada uno de los Sexmos a los encuentros que en Arévalo tenían lugar regularmente entre los enviados por cada uno de los Sexmos y los de la villa. Las reuniones se realizaban en la Casa de los Sexmos, que aún está en píe, en un lugar más céntrico del casco medieval, la Plaza de la Villa, un espacio magnífico, en el cual la imaginación puede recrear el mundo popular medieval sin mucho esfuerzo.
Félix Rodrigo Mora
(fragmentos)

15 ene. 2014

La Llanura número 56

Ya es 15 de enero y por eso ya está en la calle nuestra Llanura número 56. 
Este mes viene con nuevas propuestas. Desde nuestra asociación queremos trabajar por la creación de un Centro de Estudios de la Tierra de Arévalo y Moraña. También por conseguir una Casa de la Cultura en Arévalo.
Música en Arévalo... (de baile) es el recuerdo de tiempos pasados que nos trae Carlos Ruiz Ayúcar. 
La actualidad cultural, como siempre, en la página 3.
Fernando Gómez habla en la página 4 de Los papeles del archivo municipal.
A continuación Ricardo Bustillo Martín nos escribe, de manera magistral, sobre el añorado José Antonio Arribas.
Las páginas centrales las hemos reservado, en esta ocasión para José María Manzano que nos trae uno de su excepcionales y amenos artículos relacionados con la Mitología y la Psiquiatría.
Toponimia Menor es el trabajo que Ángel Ramón Gonzalez aporta este mes con el fin de que no olvidemos los nombres de los parajes que conforman el territorio que nos contiene.
De Patrimonio y grietas trata el artículo de Juan C. López que ocupa este mes la página número 9.
La Poesía viene en enero de la mano de Ángel Luis Sánchez Fernández, Ricardo Bustillo Martín, Fabio López y Maria Paz González Perotas.
La página 11 nos trae una entrevista a Alba García Herráez, joven abulense, Licenciada en Arte Dramático y residente, por culpa de esta crisis que nos arrebata a los mejores, en la ciudad de Lima (Perú).
Y por fin, un corto pero sustancioso artículo de Eduardo Ruiz Ayúcar. Se publicó en el número 12 de la revista Cultura de Enero de 1934 y su título es "Arévalo y el turismo". Acompaña a este artículo la portada de una Guía Turística de Arévalo dibujada por Calabrés.

Para su descarga:

13 ene. 2014

... como N. P. S. Ignacio vivió en Arévalo.

Símbolo Copia de la relación, que está al principio de la Historia de este Colegio de Arévalo, en que se da noticia como N. P. S.n Ignacio vivió en Arévalo.


«Para consuelo de los del Colegio se pone que N. P. Ignacio, fundador de la Compañía vivió en este lugar algunos años.      
Y fue desta manera que el Contador mayor de los Reyes Católicos, llamado Juan Velázquez, Caballero muy principal, fundador del monasterio de la Encarnación de esta villa, siendo persona de gran calidad y muy amigo de Beltrán Yáñez de Oñaz y Loyola, padre de N. P. Ignacio envió á pedir le diese uno de sus hijos, para que él con su favor le ayudase y tuviese en su casa; y así le envió á Iñigo de Loyola su hijo menor; y estuvo en casa del dicho Contador, unas veces en la Corte y otras veces en Arévalo, hasta que el dicho Contador murió sin poderle dejar acomodado como deseaba. La muger del dicho Contador, que era señora muy principal, dió á Iñigo de Loyola quinientos escudos y un par de caballos, en los cuales el dicho Iñigo se fué al duque de Nájera; y de allí se fué al castillo de Pamplona. Todo esto lo contó Alonso de Montalvo, como testigo de vista, al P. Antonio Láriz. Era este caballero muy rico; y él fundó la capilla principal de S.n Francisco en esta villa, que está ahora debajo del altar mayor; y este caballero era paje del Contador cuando N. P. Ignacio vivía en su casa; y era muy amigo deN. P. Ignacio; y le fué á visitar, cuando en Pamplona estuvo malo de la pierna, y le vió curar de ella; y lo contaba, antes que se imprimiese y se escribiese la Historia, como en ella se refiere.

Lo mismo que decía Alonso de Montalvo contaban en su tiempo otras personas antiguas; en especial [á] el Padre Alonso Esteban, que siempre ha sido y es muy devoto nuestro, se lo contó á él Doña Catthalina de Velasco, hija del Contador; á la cual N. P. Ignacio escribía después de ser general y fundador de la Compañía, reconociendo la casa en que había estado; por lo que piadosamente podemos creer que por oraciones y méritos de N. P. Ignacio se fundó este Colegio en esta villa.- Antonio López.

El inventario de los bienes, hecho por muerte del Contador Juan Velázquez, se empezó en lunes á 7 de Setiembre de 1517 años, declarando ser dentro del término de los 30 días después de la muerte del susodicho. Consta del libro de Pertenenzias de el Molino al f. 65, buelta».

11 ene. 2014

Casa de los caballeros Altamirano

La casa de los Caballeros Altamirano se encuentra en la esquina que forman las calles Larga y Pasaje al Paraíso.

Estado actual de las cubiertas. Fotografía de Clara Isabel Arribas Cerezo.


Supuesta partida de bautismo

Supuesta partida de bautismo de fray Juan Gil (la 5.a del folio 118): «En xxv de noviebre de iUdxxxj batize a gil, fijo de lujs gutierres, texe / dor; fuero sus padrinos Juo de aro [Arévalo], sastre, e fernado, sastre, e por / qs verdad, lo firme de mj nonbre.—diego de / arenas».

7 ene. 2014

Manuales para mozas de cántaro

Las mozas del cántaro de Francisco de Goya
«Traían los manuales las niñas de cántaro debajo del brazo, las fruteras y las verduleras los leían cuando vendían y pesaban la mercancía», dice un texto, que, a pocas luces y entrenamiento que se tengan de la hermenéutica literaria, se ve enseguida que no es de este tiempo; Y no tanto por lo de «las niñas de cántaro», que las hay —aunque en el ámbito de lo que «los más listos» llaman «la España profunda» con cierta altanería, pero en lo que a lo mejor no se equivocan nada— como por lo de leer, incluso si hay tanta gente que, afortunadamente lee en el metro o en el tranvía, suponiendo que sea un libro lo que leen, que tampoco es cosa de presumir de antemano. El desconcierto nos llega, cuando nos percatamos, a seguido, de que ese texto de Gonzalo de Arriaga, se refiere a lo que ocurría de la segunda a la cuarta decena del siglo xvi, y los manuales en cuestión trataban de asuntos de oración.
El hecho que Arriaga cuenta exige, desde luego, un pausado comentario en sus diversos aspectos, pero, si ponemos los ojos en lo que es más obvio, nos resulta inevitablemente algo muy melancólico, ciertamente. Esos manualitos siguen existiendo. Con frecuencia, o más bien casi siempre, están escritos por hombres y mujeres de mucho saber, y con un arte en el decir y el escribir, que es pura maravilla. Algunos de ellos son quizás la escritura más limpia en nuestra lengua, que jamás se ha hecho —pongamos por caso el Tratado de la oración de Luis de Granada—, y otros, como Las Moradas de Teresa de Ávila, un puro castillo de cristal levantado en el aire, con noticias de un amor secreto y no perecedero; y nombraremos todavía El carro de las donas para aludir a otro librito, que es delicia y hondura, frescor y removimiento en los adentros. Pero había miles de estos pequeños, grandísimos libros.
Y así era aquella España. Todo eso se leía en el mercado, y lo leían las lindas mozas de cántaro, cuando iban a la fuente; no solo las damas, o las monjas, o los muy graves caballeros. El recuerdo de ello es, como poco, un test cultural para nosotros. Inevitable.